Fundación Domingo Malagón: El olvido no es alternativa de futuro;
tampoco lo es, sin duda, para el presente

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90 Aniversario de la proclamación de la II República  en España  

La República brindaba una ocasión perfecta para acometer en nuestro  país las transformaciones necesarias que lo hubieran equiparado con las  ocurridas en Europa tras la I Guerra Mundial; es decir, la sustitución de gran  parte de las monarquías e imperios por gobiernos democráticos estructurados  en torno a un sistema del que ya formaban parte las fuerzas obreras, unas  fuerzas que se sentían por fin, tras la experiencia de la Comuna parisina,  agentes activos de la nueva sociedad emergente.  

Si en los diversos países de nuestro entorno esta evolución marcó su  devenir posterior, consolidado tras su triunfo sobre el fascismo al terminar la  II Guerra Mundial, en el nuestro tal proceso fue inverso; quedó frustrado por  la acción de los elementos más reaccionarios (ejército, iglesia católica y  organizaciones fascistas) propiciando una cruenta guerra y una posterior  dictadura militar de cuatro décadas de régimen represor, criminal, autoritario,  y tiránico.  

La guerra española no fue consecuencia del mejor o peor desarrollo del  sistema democrático republicano, sino del fracaso de un intento de golpe de  estado. La dictadura sí que es consecuencia de la guerra y de las imposiciones  políticas, sociales y culturales de los vencedores. Este fue un binomio de  crueles consecuencias para la mayoría de la población, cuya implicación  política se vio cercenada, sus derechos violentados, y sus ideales perseguidos.  

Reivindicar hoy la memoria de la II República no es otra cosa que  apostar por la consolidación de una democracia avanzada y por la defensa del  relato que sustenta nuestra historia y la de Europa. Su puesta en duda desde  algunos presupuestos es negar la verdad de la historia de nuestro país,  indispensable para avanzar en la profundización de la democracia.  

Noventa años después de aquella esperanza, la democracia  parlamentaria que nos otorgamos al aprobar una constitución democrática en 1978 requiere una apuesta por avanzar en aquellos valores que quedaron  entonces incompletos, aquellos con que hemos de dotar de identidad a  nuestro país; un país construido como una sociedad de base ciudadana, una  patria en la que la implicación política viene del pasado para eliminar en el  presente privilegios y desigualdades; un colectivo conocedor de su historia  para consolidar un futuro de progreso igualitario y de continua mejora.  

Madrid, 14 de abril de 2021.



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