Arturo del Villar||
Escritor, poeta, editor y periodista. Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio||
Con motivo de la exposición “Azaña, intelectual y estadista”, que se exhibe en la Capilla del Oidor de Alcalá de Henares, los medios de comunicación de masas han puesto de actualidad su figura en estos días. Es conveniente revisarla, porque todavía suscita grandes odios entre los elementos de derechas, y especialmente de la extrema derecha, como sucedió durante su vida.
La exposición quiere presentar su personalidad histórica en el doble papel de escritor y político que la define. Cuanto se haga en este sentido resultará poco para compensar la permanente campaña de descrédito orquestada por los militares monárquicos sublevados en 1936, que ha dejado huella en la sociedad. Los rencores que producía su actuación política se mantienen entre algunas gentes 80 años después de su muerte en el exilio francés, protegido por la Embajada de los Estados Unidos Mexicanos.
Su talla intelectual se dio a conocer con la proclamación de la República el 14 de abril de 1931. Hasta entonces era un político sólo apreciado por los políticos, y un escritor sólo leído por los escritores. La República alteró la sociedad española en todos los órdenes, y permitió que Manuel Azaña se convirtiera en el transcurso de pocos días en el árbitro de la vida nacional, con gran sorpresa de algunos y con el resentimiento de muchos. Pasó a ser la encarnación de la República, y quedaron unidos los nombres de República Española y Manuel Azaña. Fue el protagonista indudable de esa nueva etapa, en la que se alteraron los fundamentos tradicionales de la sociedad hispana. En esos años republicanos alcanzó sus mayores éxitos políticos y literarios, y llegó a ser el ídolo de las multitudes.
Una vida discreta
Al mismo tiempo que continuaba su trabajo como funcionario público, estuvo atendiendo a sus dos vocaciones íntimas, sin demasiada actividad, debido a una cierta pereza de la que él mismo se acusó. Le resultaba muy cómoda esa aurea mediocritas en la conducta diaria, con las charlas de café y tertulia en el Ateneo. Hasta que se vio obligado a desempeñar un cargo público de alta responsabilidad en el Gobierno provisional de la República.
El 14 de abril de 1931 marcó el inicio de la etapa más importante y agitada de su vida, que le obligó a dominar su dejadez anterior para intervenir con decisión en los asuntos públicos del nuevo régimen político elegido por los españoles. Era preciso cambiar las estructuras de la monarquía degenerada por la chulería de Alfonso de Borbón, entretenido con la práctica de deportes, el estupro de las vasallas de buen ver, y la acumulación de una fortuna bien colocado en entidades financieras extranjeras, según costumbre hereditaria de la dinastía. Otra vez España recobraba la honra.
Había comenzado su actividad pública en los inicios del siglo XX, cuando empezó a publicar sus opiniones en revistas y diarios. Más tarde dirigió dos revistas, una literaria, La Pluma (1920—23), y otra política, España (1923-24). Consiguieron gran calidad intelectual, pero pocos lectores, porque le importaba comunicarse con un público intelectual que siempre es inevitablemente reducido. En 1926 le concedieron el premio Nacional de Literatura por una biografía de Juan Valera, tema igualmente minoritario.
Como secretario del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid desde 1913 desarrolló gran actividad para prestigiar a la llamada docta casa, de la que fue elegido presidente en 1930. Los socios, con la complacencia del presidente, contribuyeron a preparar la llegada de la República, por lo que se enfrentaron en desigualdad de condiciones al dictador militar en el que fió el rey para conservar su trono, el general Primo. A los caracteres anunciados en el título del Ateneo había que añadir el de Político, porque hubo en sus salones más discusión que en el Congreso de los Diputados.
Su atención a la escritura se contaba reducida antes de la proclamación de la República. Tenía editados dos folletos sobre temas jurídicos, otros tres de asuntos políticos y dos más sobre la historia del Ateneo, un ensayo sobre la política militar francesa, un libro de prosa lírica basado en sus recuerdos de estudiante interno en El Escorial, dos ensayos sobre Valera, una colección de ensayos literarios, una tragedia y un entremés.
Es una bibliografía modesta para un hombre que llevaba vividos 51 años y tenía una excelente formación cultural, conseguida por medio de lecturas muy variadas en tres idiomas, el francés y el inglés además del castellano. Junto a las publicaciones originales señaladas hay que añadir las traducciones, algunas realizadas por contrato editorial y otras por su gusto.
La forja de un político
Ingresó en 1913 en el Partido Reformista recién fundado por Melquíades Álvarez, con otros intelectuales notorios. Fracasó en las campañas electorales en las que intervino entonces, debido al caciquismo endémico de la política española durante la restauración monárquica. Al negarse la dirección del Partido Reformista a combatir la designación del general Primo como dictador en 1923, lo abandonaron Azaña y otros afiliados, con la intención de enfrentarse al dictador y al rey que lo manipulaba a su gusto. Aunque el general Primo pronunció una frase que se hizo proverbial, “A mí no me borbonea éste”, la verdad es que lo borboneó hasta que dejó de serle útil, y entonces le quitó los poderes que le había regalado.
Pese a que le dictadura hizo honor a su nombre en la persecución y castigo de los disidentes, Azaña y otros políticos desencantados con la realidad de aquellos días fundaron en mayo de 1925 un partido denominado entonces Acción Política, nombre cambiado enseguida por el más exacto de Acción Republicana. Con él se unió al año siguiente a otros grupos para constituir la Alianza Republicana, en desafío a las asechanzas del dictador y sus seguidores, tan fanáticos como él, y bien armados.
Para soslayar las persecuciones llevadas a cabo por las autoridades militares o militarizadas contra los disidentes, los republicanos debían actuar con mucho sigilo, a menudo en secreto. Así lo hizo Azaña en 1924 durante una estancia en A Coruña, como funcionario del Ministerio de Gracia y Justicia, para formar parte de un tribunal de oposiciones a Notarías. Clandestinamente se ocupó de la impresión de un folleto titulado Apelación a la República. No se había encontrado en Madrid un taller que aceptase el encargo, por miedo a la represión feroz de la dictadura, y en A Coruña un valiente lo hizo, tomando grandes precauciones con la ayuda de un intermediario, sin que Azaña y el impresor se vieran nunca. Igual reserva observó para trasladar el paquete a Madrid, desde donde se distribuyó.
Por la Alianza Republicana fue uno de los firmantes del llamado pacto de San Sebastián el 17 de agosto de 1930, en el que se sentaron las bases del Gobierno provisional de la República, que pondría fin a la decadente monarquía borbónica. Y el 28 de setiembre intervino en el gran mitin republicano celebrado en la plaza de toros de Madrid, al que asistió una multitud que llenó el recinto y aplaudió con entusiasmo los llamamientos de los oradores a terminar con el régimen despótico personificado por Alfonso XIII, y proclamar la II República Española.
Al fracasar la insurrección prevista para el 15 de diciembre algunos integrantes del Gobierno provisional se exiliaron, otros fueron encarcelados, y Azaña se escondió en casa de su suegro, en espera del acontecimiento que ya todos consideraban inevitable: el final de la monarquía borbónica, hundida en sus miserias.
El político del pueblo
De modo que Azaña tuvo una participación resaltable en el cambio de régimen, lo que unido a su prestigio motivó que se le encargara el Ministerio de la Guerra, en esos momentos el más conflictivo, debido a que algunos militares se mantenían partidarios de la monarquía. Durante el siglo XIX los militares marcaron el rumbo de la política española, como presidentes de partidos políticos y el desempeño de diversos ministerios, aparte del asignado a la Guerra que les correspondía por derecho propio, y también presidieron gobiernos y ocuparon la regencia.
Fueron militares los organizadores de la Gloriosa Revolución que mandó al exilio a la reina Isabel II en 1868. Y también los que dieron lugar a la restauración borbónica el 28 de diciembre de 1874. Unos quitaban y otros reponían, pero siempre eran los militares los dueños del poder político por derivación del militar. Estaban acostumbrados, por todo ello, a considerarse el verdadero poder político, tan grande que podía expulsar a una reina y proclamar a un rey según su conveniencia.
Un civil colocado al frente del Ministerio de la Guerra tendría que consultar a los generales su opinión antes de tomar decisiones importantes, pero Azaña decretó lo que le parecía más útil para la nación, sin pararse en otras consideraciones. Su primera intervención consistió en pacificar el levantisco Ministerio de la Guerra, para que estuviera al servicio del pueblo.
Las decisiones militares de Azaña gustaron a unos y molestaron a otros. Ya el 10 de agosto de 1932, los descontentos organizaron un alzamiento, que gracias a la capacidad decisoria de Azaña fracasó aquella misma noche. Si antes del 14 de abril de 1931 el nombre de Azaña no sobresalía entre los jefes republicanos, desde entonces se fue incrementando su popularidad, hasta llegar a ser considerado la encarnación de la República. Su oratoria sencilla y directa, sin florituras ni renuncios, provocaba tanto entusiasmo que llegó a reunir medio millón de personas en un mitin a cielo abierto en el madrileño Campo de Comillas, el 20 de octubre de 1935, a pesar de transmitirse por radio. Era el político del pueblo.
El trabajo político le obligó a abandonar el literario. Durante el tiempo de encierro en casa de su suegro estuvo escribiendo una novela que no llegó a terminar, y así quedó. El literato debió someterse al político, ya que ese trabajo redundaba en beneficio de la República, su máxima preocupación, por no escribir la única. Las insidias de sus oponentes políticos llegaron a devaluar su obra literaria, que por ello no obtiene en los tratados la valoración merecida. Su labor intelectual se centró en la política, que era lo mejor para España, porque grandes escritores hay muchos, pero no grandes políticos.




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