Tras los indultos, nuevo debate tridentino, entre ateos y creyentes

Damián Rodríguez Sanjurjo||

Trabajador manual preocupado por todo lo que le rodea||

 

 

Tras la liberación de los políticos “presos”, o “presos” políticos, según sea el interlocutor con el que tratemos el asunto en cuestión, es probable que volvamos en la sociedad Catalana al cansino, sobado y tortuoso debate, al parecer eterno, del encaje catalán en el resto del estado, o, simplemente, el futuro del territorio en las diversas formas que existen de organización política, ya sea en forma de estado independiente, federación, confederación o ampliación de autonomía o algún privilegio como el “concierto económico”, sea lo que nos depara el “apasionante” y “variado” tema del desenlace del “proces”.

Como un debate bizantino sobre el sexo de los ángeles, o un concilio ecuménico celebrado en Trento, la sociedad de esta orilla del Mediterráneo se encuentra presa entre dos lenguajes políticos diametralmente opuestos: el lenguaje no nacionalista basado en la “ciudadanía”, no esencialista, y el lenguaje nacionalista, preso de la metafísica de la “esfera cultural” y la superposición de los derechos culturales e históricos –si eso existe en realidad sería tema para otro artículo– que se priorizan sobre los individuales.

No solo el uso de diferentes valores y lenguaje político hacen difícil el diálogo. Entre la razón y la fe se hace cada vez más estrecho el margen de maniobra para un “entendimiento”, o al menos un “parón”, en la intensidad de la oleada nacional-secesionista, el dogmatismo y la estigmatización del no creyente, la cosificación solo satisfecha con la conversión o la eliminación social, como mínimo, del no creyente. Por otra parte, en el bando no secesionista se agota cada vez más la paciencia para soportar el alto voltaje político impuesto por los que quieren llevarnos, queramos o no, a Ítaca o al precipicio…

A mi juicio, no es ya tanto las posturas dogmáticas o la falta de realismo político, ni siquiera la radicalización de las posturas: simplemente, se hablan dos idiomas diferentes y no  tenemos un manual de instrucciones para hacer una traducción sólida que pueda desarrollar ni generar una solución, aunque sea temporal, a la bomba de relojería nacional-secesionista.

Quizás sean los rescoldos del nacional-catolicismo del pasado, atemperado por un sistema democrático occidental y su adscripción a un ámbito territorial menor. Pero, como en los concilios papales de la Edad Media o en un debate entre creyentes y ateos, el acuerdo entre razón y fe, creencia  y racionalidad, voluntarismo frente al análisis frío y cabal de la realidad o simplemente el uso del sentido común frente a la rabia o los actos impulsivos, se hace imposible. A mi entender, lo único posible y realista es la estabilización de la realidad política catalana en una tensa calma o entente; o, como se dice vulgarmente, “ir llevándolo”.

Frente al creyente, al parecer mucha gente, sobre todo fuera de tierras catalanas, no entiende la imposibilidad de cualquier tipo de diálogo, que no sea la aceptación incondicional de sus tesis. Ningún método, ningún privilegio, ni siquiera el punto medio en un acuerdo lo satisface. Y lo único que produce dicha actitud es empeorar la situación y poner a los no secesionistas entre la espada y la pared.

No menos importante, algunos políticos con talante de predicador o con un “cariz” mesiánico importante, contribuyen a acendrar la fe del creyente, donde - inasequible a la realidad, que es enemiga de Cataluña, al parecer-, tras la frustración del fracaso hace falta buscar culpables…los no secesionistas. Solo por culpa de ellos, exclusivamente de ellos, el Ferrari catalán va a medio “gas”, cuando, liberado de los “grilletes” estatales, podría ir a 200 por hora. Aunque muchos creemos que quizás en el proceloso mar de la política Internacional, nos quedaríamos en la cuneta como un coche para conductores sin carné.

La fe se ha reforzado con la segunda venida de los mesías de la llegada a Ítaca; de nuevo la diferencia de cosmovisión y lenguaje se hace palpable. Esperemos que Pedro Sánchez tenga otras cartas bajo la manga. A mi juicio, los indultos reforzarán la fe y radicalizarán aún más la postura del secesionismo. La fe mueve montañas y ante hechos milagrosos la creencia se refuerza.

Dejando aparte la cuestión política y social, e incluso humana, del asunto, los debates interreligiosos siempre terminaban con la conversión del contrario o su quema, ya fuese física o en efigie. Los creyentes, espero equivocarme, comenzarán una nueva cruzada, reforzada con la señal divina del indulto, al impío o no creyente; ya sabe lo que le espera.

En la monotemática y eterna “cuestión” catalana, donde el combustible ya ha sido rociado sobre gran parte de las nuevas generaciones de catalanes, el código de valores de entendimiento o de acuerdo se hacen cada vez más estrechos, en los que se hablan dos lenguajes políticos diferentes. Si alguien puede ayudar a traducirlo en algo positivo, que nos ayude ¡por favor!












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