Damián Rodríguez Sanjurjo||
Trabajador manual preocupado por todo lo que le rodea||
La historia repetida cíclicamente nos da muestras de errores que, en forma de bucle, fatalmente se van repitiendo y cuyo triste desenlace pocos, o nadie, hacen nada para evitarlo. Siguiendo la máxima aristotélica de la evolución de los regímenes políticos y la consecuencia del razonamiento del filósofo heleno, parece que estamos ante la evolución natural del régimen democrático. Esto es, en la demagogia y, si cabe, en la conversión en la actualidad de la política espectáculo, donde, como en un programa de variedades, se ven numerosos números circenses, donde, tras bonitos efectos, el sentido del mismo o las intenciones quedan ocultas tras un velo de la inanidad más absoluta.
El bucle retorna con el adorno posmoderno del mundo de la imagen y el “marketing”, donde la mariposa demagógica retornó y ha vuelto salir de su crisálida. Las generaciones anteriores, que tanto anhelaron la cima del “democratismo”, han dado paso a generaciones desencantadas donde las alternativas al sistema parecen seducir a muchos sectores de población, desde el populismo a las alternativas fracasadas del pasado, o bien la abstención pura y dura refleja que el espectáculo interesa cada vez a menos público. Pero a los actores no parece que les preocupe ver las butacas vacías quizás sin, o con escaso, público y con un buen apuntador puedan seguir un guión de un modo más improvisado y, quien sabe, quizás más conveniente para ellos.
Pero la demagogia no se produce en hechos puntuales o constantes de corrupción o mediocridad política, casuística común en todas las épocas y regímenes políticos. A mi a mi juicio, sí se da en el tratamiento superficial y frívolo, tanto de asuntos como el abaratamiento del despido, los referéndums o en informaciones transmitidas como si fuesen una anécdota entre vecinos, donde realmente la demagogia, unida a desinformación y al desinterés, que, cumpliendo la profecía Aristotélica, generan el cóctel explosivo con una cadena de hechos demagógicos fatigan al público. Una película, cuyo desarrollo y desenlace conocen ya de antemano. Los únicos interesados son los que, en la red de interés, ayudan a la ocultación y fiscalización de la actividad de nuestros políticos.
Nuestro público, que ha sido debidamente entretenido con los anuncios previos al espectáculo partitocrático, disfruta más con los avisos que con el espectáculo de títeres. Unos personajes que, colocados por personas o entidades que no son fiscalizadas por el pueblo, juegan hablando en nombre del público que abandona poco a poco la sala, sin saber lo que le puede ir en ver el final del espectáculo, en ocasiones, poco edificante.
La demagogia partitocrática envuelve suavemente a la anestesiada población que consume la morfina de las sociedades del bienestar en proceso de desmantelamiento, donde ni siquiera reformas laborales, precariedad laboral e imposibilidad de formar una familia nos sacan del pesado sueño de la estabilidad perpetua, ya sea en forma de ideas como el nacionalismo, el consumismo o, simplemente, el escepticismo, donde todo es aceptado como la consecución de un destino creado por un dios llamado fatalidad.
El resultado es obvio: desafección por saturación de frivolidad e ineficacia, angustia de que lo que pasa, sobre todo cuando es malo y no tiene arreglo posible, y, lo más grave, la destrucción del sistema por descrédito, o simplemente un nihilista y terrible aburrimiento posmoderno.
El sistema hegelianamente se destruye con una educación de saldo, el Estado controla y subvenciona a la sociedad civil, por lo que queda la misma a merced de la agenda que el Estado y su aparato marque en un momento concreto de la historia, o coyuntura política. La anestesia impide la reacción social; la partitocracia, sin desearlo, está marcando el perímetro de su tumba.
Las causas de esta degeneración producida por metástasis del sistema social occidental auguran la sustitución del mismo por lo que sea. Para bien o para mal, no lo veremos.




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