El nuevo cine árabe llega pisando fuerte

Ilsa Lund || Madrid.

Historias de ahora mismo, de los primeros meses de la guerra de Irak o del Egipto inmediatamente anterior al derrocamiento del dictador Hosni Mubarak, el novísimo cine árabe llega de la mano de unos realizadores jóvenes, muy jóvenes incluso, dispuestos a poner nombre y rostro a una realidad que, en muchas ocasiones, sigue agazapada en los reductos domésticos, pese a pertenecer a sociedades que han evolucionado en otros aspectos, o se esconde detrás del azogue de la imagen de una guerra interminable, transformada ahora en ocupación. Me refiero a las películas El Cairo 678, del egipcio Mohamed Dabi, y Son of Babylon del iraquí Mohamed Al Daradji, que tienen en común la oportunidad de hacer llegar su mensaje inmediatamente después de su realización. No quiero decir que vayan a quedarse viejas en seguida, ni mucho menos: el acoso sexual o las víctimas directas y colaterales de una guerra son temas de largo recorrido. Pero sí que vistos en caliente ganan mucho.

Son of Babylon

Son of Babylon, dedicada a todas las víctimas de la guerra de Irak, candidata al Oscar 2011 a la mejor película de habla no inglesa y ganadora ya de numerosos premios en festivales internacionales es una road movie que tiene previsto estrenarse en España el próximo 28 de octubre.

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Ambientada en plena guerra de Irak, comienza a las tres semanas de la caída de Sadam Hussein y relata el viaje desde el norte kurdo a las ruinas de arena del sur, en la zona de Babilonia, de una abuela y su nieto de doce años, Ahmed, en busca del hijo y padre respectivo, quien doce años antes fue reclutado a la fuerza por el ejército del dictador para participar en la guerra del Golfo y presuntamente se encuentra preso en Nasiriya. Pero también es, en palabras de su realizador, «la unión de dos generaciones, la mayor macerada en el sufrimiento, la joven que representa la esperanza en el futuro». En el viaje se van encontrando con otras personas en su misma situación: todos van de un lado a otro buscando algo o a alguien. «Lo hice por mi familia, por Irak, por una nación que existe aunque casi nadie la haya descubierto todavía». Y por el millón de personas desaparecidas en los últimos veinte años, en un país donde cada semana se descubre una nueva fosa común, a los que está dedicada esta epopeya del siglo XXI.

Son of Babylon (Irak, 2010)

  • Dirección: Mohamed Al-Daradji
  • Guión: Mohamed Al-Daradji, Mithal Ghazi y Jennifer Norridge
  • Reparto: Shazada Hussein, Yasser Talib y Bashir Al Majid
  • Montaje: Mohamed Al-Daradji y Pascale Chavance
  • Fotografía: Mohamed Al Daradji y Duraid Munajim
  • Música: Kad Achouri

Mohamed Al Daradji, de 33 años, creció en el popular barrio de Ciudad Sadr, en Bagdad, estudió producción de cine en Países Bajos, y Son of Babylon es su segundo filme. La génesis de la película hay que buscarla en la cruda realidad de las fosas comunes que se han ido descubriendo desde 2003, donde están enterrados muchos del millón y medio de iraquíes, aproximadamente, que desapareció durante la dictadura de Sadam. Se rodó en siete ciudades, desde Sulaymaniyah, en el norte kurdo, pasando por Bagdad, Kut, Hilla, Nayaf y Nasiriya, en el camino a Babilonia. El resultado es un recorrido por el país que Al-Daradji describe como el intento de redimir a una tierra «dañada por las lentes de las cámaras», dijo a la reportero Kate Connolly del diario británico The Guardian; un antídoto contra los boletines informativos que ofrecen, al público no iraquí, las únicas imágenes en movimiento del país.

A la abuela de la historia (Shazada Hussein) la encontró en un pueblo kurdo, una aldea de mujeres enlutadas (a los hombres los había exterminado el dictador), donde fue de puerta en puerta pidiendo que le contaran historias. Shazada testificó en contra de Saddam Hussein en el juicio de 2006 por la masacre de Anfal. Al muchacho (Yasser Talib) lo descubrió sentado en las escaleras de un concierto de música en una escuela. «Tuve que ser duro, para no resultar demasiado emocional. Hay una delgada línea en el Irak de hoy entre la ficción y la realidad. Tanto Shazada como yo estábamos siempre a punto de cruzarla».

Tras muchas peripecias en el rodaje, lógicas en una tierra en guerra, la película se envió a Londres por correo para que fuera procesada. Alrededor del 20% de lo filmado se deterioró en los controles de seguridad. Se estrenó en 2010 en el cine Semiramis de Bagdad, una joya arquitectónica que desde siempre exhibía solamente películas porno, una de las pocas salas que quedaban en pie en la ciudad. Al Daradji envió 2.000 invitaciones a las embajadas, políticos y amigos, y se hizo con una raída alfombra roja para el estreno. «Debíamos enviar un mensaje a la nación, decir que teníamos otra vez un cine propio». El proyector no funcionaba, tuvieron que pasar una copia en DVD: «Hasta el proyeccionista lloraba».

El mundo que Al Daradji dibuja con pinceladas audaces en Son of Babylon ha sido devastado por la guerra. De los edificios derrumbados se levantan remolinos de polvo amarillento, las carcasas de automóviles y tractores abandonadas en las calles las convierten en museos de esculturas de muerte, en la arena y en las vías del ferrocarril aparecen esqueletos enterrados junto a algunos papeles que dan fe de su identidad. «Las imágenes se sienten extrañamente cercanas, dolorosamente familiares», escribió en el diario Japan Times on line el crítico Kaori Shoji cuando se estrenó en Tokio.

No todo es tragedia. En la historia hay también una alegría en Ahmed que escapa al mundo de los adultos. «La suya es la generación que debe forjar su camino paso a paso —ha dicho Al Daradji—, al menos ya no están buscando a tientas en la oscuridad».


 
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El Cairo 678

El Cairo 678 denuncia del acoso sexual en la sociedad egipcia. La 678 es una línea de autobús de la capital y es también parte del título de la película, estrenada el pasado 8 de septiembre. El número, para su director, representa también el crescendo de la trama que, basada en hechos reales, es la historia de tres mujeres que sufren acoso sexual, al parecer una práctica muy habitual en El Cairo, donde hombres de todo tipo se meten un limón en el bolsillo del pantalón y a continuación se restriegan contra la primera mujer que encuentran a su alcance; el limón es una coartada, si la mujer protesta le echan la culpa de lo que «ha pensado que ocurría».

El Cairo 678 (678; Egipto, 2010)

  • Dirección: Mohamed Diab
  • Guión: Mohamed Diab
  • Reparto: Boshra, Nelly Karim, Maged El Kedwany, Nahed El Sebaï, Bassem Samra, Ahmed El Feshawy, Omar El Saeed y Sawsan Badr
  • Montaje: Amr Salah
  • Fotografía: Ahmed Gaber
  • Música: Hany Adel

Excusas no, los hombres egipcios, al menos los de esta película, excusas no piden nunca. A lo largo de las dos horas de proyección, de todo el género masculino que desfila por la trama se salva solamente un tipo, novio de una de las protagonistas, empleado de banca de oficio y cómico de vocación, que en el último momento da un paso al frente y se sitúa junto a la mujer que ama en la denuncia del acosador.

Son tres víctimas del acoso sexual de los depravados viajeros del autobús, pero también víctimas de la incomprensión de las personas más cercanas, padres, maridos, familia política, el comisario de policía y el oficial del juzgado: algunos de ellos actúan solamente en función del qué dirán los allegados, qué dirán los medios y qué dirá la sociedad egipcia, tan machista, tan profundamente machista que acusa de provocadora a una mujer que se sube al autobús con una falda hasta el suelo y el niqab cubriéndole cabeza y torso; otros lo hacen teledirigidos por convicciones supuestamente morales y religiosas. Les mueva lo que les mueva, tanto los primeros como los segundos se colocan siempre en contra de la víctima; en ocasiones incluso, la propia víctima es su peor enemiga al considerarse en cierto modo culpable.

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Al principio las tres mujeres apenas se conocen, sin embargo, el hecho de que una de ellas decida responder a los acosadores clavándoles una navaja en la entrepierna, causa que sus destinos se entrelacen y que la suerte de una dependa de las otras dos. Además, el suceso del hombre que se presenta en el hospital con las ingles ensangrentadas alcanza un impacto mediático tan considerable que la sociedad egipcia, al menos la mitad de ella, empieza a ver a la anónima vengadora como heroína nacional.

El principal mérito de la película es haber roto el silencio —como dice su director, Mohamed Dabi— en torno a un tema absolutamente tabú en Egipto, el del acoso sexual “tolerado” que padecen la mayoría de las mujeres egipcias, y haberse hecho eco de la primera denuncia judicial presentada por acoso en el país.

Una encuesta realizada en 2008 por el Centro Egipcio para los Derechos de la Mujer confirmó que el 98% de las extranjeras y el 83% de las egipcias habían sido víctimas de incidentes de acoso sexual, que iban desde simples tocamientos a ataques violentos. Sin embargo, para el realizador Diab las cosas están cambiando «desde la revolución. Ahora todo el mundo quiere defender sus derechos».

Esta es la quinta película de Diab como guionista y la primera como director; el invierno pasado no pudo asistir a su estreno en Europa porque se encontraba en la Plaza Tahir junto a los otros miles de jóvenes que acabaron con el régimen dictatorial de Hosni Mubarak.

 


 
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