El tribalismo, fase superior del nacionalismo

enCandela

María Rosa de Madariaga||

Historiadora||

Es un hecho que el nacionalismo llevado a sus extremos conduce al tribalismo, es decir, a pensar que “nuestra gente” es la mejor, y, por consiguiente, a ignorar o a rechazar a los demás.

La autosatisfacción de sentirse el mejor, ignorando a los demás, puede llevar a situaciones grotescas, sobre todo cuando uno se considera el ombligo del mundo, pero incomprendido, y por lo tanto, víctima de todo tipo de injusticias del Otro, quien, pese a pretender ignorarlo, está ahí bien presente, puesto de nos situamos, somos, existimos por oposición a él.

La autosatisfacción puede llevar también a situaciones esquizofrénicas de desdoblamiento de la personalidad, cuando queremos apropiarnos de glorias de aquéllos a los que ignoramos o denostamos. Baste un solo ejemplo para dar cuenta de ésta que podríamos llamar “dicotomía esquizofrénica”, consistente en transformar al genovés Cristobal Colón en un navegante de ascendencia catalana, y hacer, al mismo tiempo, de éste un aventurero “genocida” al servicio de la Corona de Castilla.

Todo esto viene a cuenta de la deriva del nacionalismo catalán hacia el tribalismo. “Mi tribu es mejor que la tuya”, parecen decir los voceros de esta mentalidad pueblerina, de “campanario” (de “clocher”), dirían los franceses. Tanta autosatisfacción revela en el fondo un complejo de inferioridad. Para ocultar sus deficiencias, sus incongruencias, el tribalismo necesita reafirmarse, autoproclamarse el mejor. “Fuera los que no piensen como los demás de la tribu, no compartan el pensamiento único de la tribu. Esos no son de los nuestros. Son nuestros enemigos”.

En la era de los grandes conjuntos geográficos, geopolíticos, algunos vuelven a la tribu. En vez de ir hacia adelante, van hacia atrás, como los cangrejos, retroceden. Pretenden ser muy modernos, vivir con vistas al futuro, a base de reinventarse un pasado glorioso que solo existe en su imaginación. Es como si remaran en contra de la Historia.

La verdad es que el cambio de jefe de la tribu no les aportó ningún beneficio a los de la tribu que responde hoy al nombre de los quimtorros. Al anterior jefe, huido para ir a refugiarse entre los de otra tribu europea, los de la nueva aliancitis flamencoide, mientras que algunos de los de su tribu aliada, la de los junqueros, daban con sus huesos en la cárcel, le sucedió un jefe tribal todavía más xenófobo y más hostil a todo lo que no fuese su tribu o sus aliados tribales, con los cuales se peleaba, por otro lado, por la hegemonía supratribal. Algunas actitudes de los quimtorros o de los junqueros nos recuerdan las de los paletos de ciertos pueblos de España divididos en dos barrios, el de Arriba y el de Abajo, que se pelean por ver quién de los de cada uno es más que el otro. Estamos asistiendo a un renacer del cantonalismo como el que asoló a España en 1873.

En la lucha entre estas dos tribus por ejercer su hegemonía sobre la otra y defender su “independencia”, como buenas herederas de las tribus que poblaban antaño aquel territorio del Nordeste de Hispania, los quimtorros acusan hoy a los junqueros de traidores y de no conservar en toda su pureza las esencias tribales primigenias de la raza. ¡Uf, estas tribus huelen a racistas que apestan! Claro, como todos aquéllos que rechazan al Otro por no ser de la misma tribu.

En nombre de la Libertad suprimen la de los que no piensan como ellos; en nombre de la Democracia aplastan los derechos de los que no comparten sus ideas. A eso conduce el tribalismo.

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