Francisco Fernández Buey y la Perestroika

Salvador López Arnal||

Profesor de la UNED||

Como no podía ser de otro, no fue la perestroika un asunto ajeno a las reflexiones político-filosóficas del autor de Conocer a Lenin y su obra. Fueron frecuentes sus incursiones en este asunto central para cualquier comunista democrático en los años noventa. Pretendo dar cuenta de las consideraciones y tesis centrales de Francisco Fernández Buey sobre esta temática. Empiezo por una nota editorial, escrita al alimón con Víctor Ríos, publicada en mientras tanto, nº 40, primavera de 1990, pp. 37-46, un escrito que, en mi opinión, pasó algo desapercibido injustamente. El texto está fechado el 8 de enero de 1990, pocos meses después de la caída del muro de Berlín y un año y medio antes de la desintegración de la Unión Soviética.



 

No era desde luego, comentan de entrada los colaboradores de mientras tanto, el final de la Historia en el sentido que venían dando a esta expresión el teórico Fukuyama y el práctico Departamento de Estado norteamericano. Ni era tampoco el final del comunismo marxista, respetable ideal, remarcan, “en cuyo nombre han dado su sangre, sudor y lágrimas varias generaciones de amantes de la libertad, pero, por desgracia, convertido en pseudorrealidad política y social por la imaginación calenturienta de las propagandas gemelas de la CIA y la KGB en los días aciagos de la guerra fría.” (la cursiva es mía).

Si la continuidad de la Historia peligraba, proseguían, ello era debido mayormente al arsenal de armas nucleares, químicas y biológicas que seguían existiendo y al expolio al que día a día sometían al planeta los amos de la Tierra, “sus gendarmes biocidas”. En cuanto al comunismo, admitían, no gozaba de buena salud en aquellos tiempos difíciles, pero, previsiblemente, seguiría siendo un ideal (y no sólo marxista) de aquella parte de la humanidad que “trabaja con sus manos mientras en esta Tierra haya explotación de unos hombres por otros, opresión de unos hombres por otros y alienación entrelazada con la explotación y la opresión.”

Lo que pasaba en el este de Europa era el final de una historia concreta, determinada y relativamente reciente. Era, con toda seguridad, el final de una historia que había tenido su comienzo en 1945, al final de la II Guerra Mundial, y era también, muy probablemente, el final de una historia que ya se estaba fraguando en los días en que había fallecido V. I. Lenin

el final de la ideología del “socialismo en un solo país” que -con el tiempo- acabaría engendrando aquel híbrido increíble, por innatural, que fue la ideología del “estado de todo el pueblo” injertado en el “socialismo real”.

Algunos querrían que eso fuera también el final de la historia que había empezado con la revolución de 1917 para así poder presentar ya ahora a los Romanov “con la misma ternura objetiva con la que algunos historiadores nos están presentando a la familia de Luis XVI con motivo del bicentenario de la revolución francesa”. Eran los mismos que exigían radicalismo en la condena del pasado revolucionario y, naturalmente, “moderación, prudencia y cautela ante la rectificación en curso, ante los cambios del presente”.

Y tal vez estos habrían logrado la inmejorable carambola conservadora consistente en borrar de la imaginación popular europea dos revoluciones de una sola tacada si no fuera porque “el impulso moral y la conciencia cívica” de los de abajo -en palabras recientes de Juan Goytisolo- han vuelto a dar una orientación revolucionaria al viento del Este que sopla estos meses. De manera que lo que al principio parecía una mera rectificación política desde arriba se ha ido convirtiendo poco a poco en “revolución pasiva” y ésta, a su vez, en verdadera revolución política en Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría y algunas nacionalidades de la URSS.

No era fácil indicar en aquellos momentos la dirección de los cambios pues para casi todos esos países se trataba de un proceso en marcha, aún muy reciente, “sacudido por aceleraciones bruscas e inesperadas que no sólo han sorprendido a la mayoría de los observadores occidentales sino que parecen haber rebasado también a destacados políticos y analistas del área en el que se desarrollan los acontecimientos”.

Tal vez el ejemplo más notable de lo señalado fuera el caso de Alexander Dubcek, el líder de la primavera de Praga de 1968 y en aquellos momentos presidente provisional del parlamento checoslovaco. Hacía poco más de un año, con ocasión de su nombramiento como doctor honoris causa por la Universidad de Bolonia, Dubcek había pronunciado un discurso tono elegíaco que no hacía presagiar ningún próximo cambio importante en su país.

Alexander Dubček, 1921-1992

El que fuera secretario general del PCCh justificaba en aquel momento la soledad del político resistente adoptando como divisa unas palabras (excelentes según los autores) de Francisco de Asís:

Dame, Señor, la humildad necesaria para soportar las cosas que no puedo cambiar, el valor suficiente para cambiar las cosas que se han de cambiar y la inteligencia debida para distinguir entre las cosas que uno puede cambiar y las que no se pueden cambiar.

No era el de Dubcek el único caso de dirigente político con experiencia que de improviso quedaba rebasado por la aceleración del ritmo histórico en los países del Este de Europa. Miklós Vásárhelyi, uno de los principales colaboradores de Imre Nagy en Hungría durante el período de 1953 a 1956 y conocido dirigente en aquel entonces de la Asociación de Demócratas Libres, había subrayado en la primavera de 1989, en una entrevista concedida A sinistra, “que la rapidez, la espontaneidad y, por tanto, el carácter impredecible estaban siendo rasgos del proceso que se desarrollaba en su país”. Sin embargo, a juzgar por lo que había manifestado en aquella entrevista, tampoco el colaborador de Nagy “podía sospechar siquiera el giro iniciado por el partido obrero socialista húngaro a partir de este mismo otoño”.

Por supuesto, no era motivo de descrédito el no haber previsto los acontecimientos en curso.

¿Quién -allí o aquí- iba a imaginar hace sólo unos meses que el sistema de partido único se hundiría o se cuestionaría en los países del Pacto de Varsovia a través de un proceso pacífico y cívico que, por el momento, no tiene más excepción que la que Rumanía? ¿Quién iba a pensar que el año 1990 empezaría sin muro de Berlín y señalado por la preparación de elecciones libres en la mayoría de aquellos países? Si a algo invita la constatación del carácter imprevisto de los hechos no es precisamente a desmerecer a aquellas personas que, como Dubcek y Vásárhelyi, adelantaron con su sacrificio conceptos e ideas que hoy finalmente parecen ser aceptados ya por la mayoría de sus conciudadanos.

Esa constatación invitaba a que reflexionen aquellos otros que creían disponer del método o de la técnica siempre adecuados para la predicción y la prognosis histórico-social. Por una ironía del destino las cosas más imprevistas habían ocurrido allí donde “los provectos teólogos del materialismo histórico-dialéctico se jactaban de dominar los recovecos de la historia pasada y la plana linealidad de la historia futura desde las doradas cumbres abismales de una Teoría sin igual.” Pero la fábula, añadían

tal vez valga también para los demás, pues no en balde ha sido precisamente en aquellos países de cuyos dirigentes se jaleaba no hace mucho en Occidente la independencia de criterio -China y Rumanía- donde se han vuelto las armas contra el pueblo y se ha derramado la sangre de los que en la calle exigían cambios.

Pese a las cautelas que hubiera que adoptar en tales condiciones, había sin embargo al menos tres aspectos que los autores querían subrayar. El primero: la importancia de la perestroika soviética para el conjunto de los cambios que se estaban produciendo en los países del Este. El segundo: la veracidad y la dignidad con que, en general, dirigentes y dirigidos están haciendo frente en esos mismos países (y en aquellos momentos) a un pasado reciente que había marcado a varias generaciones con la implantación institucional de la mentira. El tercero: la diversidad de los procesos en curso según los países, diversidad que tenía mucho que ver con factores históricos y geopolíticos, pero que, en cualquier caso, desmentía la apresurada visión del Este europeo como un “bloque” satelizado por la URSS, de la que dependería, además, el destino del conjunto de los países que aún conformaban formalmente el Pacto de Varsovia (disuelto, como se recuerda, muy poco después; no, en cambio, la alianza atlántica).

Por lo que había al primer punto, no había duda de que uno de los motores, tal vez el principal, de los cambios que se estaban produciendo había sido la reorientación o refundación promovida por Mijail Gorbachov, el secretario general del PCUS, desde 1985.

En su primera formulación, en el pleno del CC del PCUS celebrado en abril de aquel año [1985], esta reestructuración o refundación fue presentada como un medio para lograr una aceleración [uskorenia] general del desarrollo económico y social del país. Para decirlo con más propiedad: en su dimensión política interna, la perestroika era, junto con la trasparencia [glasnot] informativa y la franqueza en las relaciones entre dirigentes y dirigidos, un medio para la recuperación económica entonces considerada como urgente y necesaria.

Mijail Gorbachov, n. 1931

El hecho mismo de que la reestructuración o refundación fuera considerada como un medio para lograr el fin de la aceleración económica había despistado en un primer momento a no pocos analistas occidentales, que habían interpretado las intenciones de Gorbachov como una prolongación de la era brezneviana porque esta había empezado también con un proyecto de modernización científico-técnica y de aceleración económica. Pronto se hizo bien visible la diferencia. Para empezar, en el plano de las relaciones internacionales (tal como también ha destacado Rafael Poch de Feliu, el autor de La gran transición, un libro muy del gusto de los autores).

Pues desde el año 1985 la diplomacia gorbachoviana ha ido proponiendo toda una serie de medidas tendentes a la desnuclearización y a la desmilitarización con la intención de poner fin de derecho a la nueva fase de “guerra fría” que se abrió con la elección de Reagan como presidente de los EEUU de Norteamérica.

En los años transcurridos desde entonces, los nuevos dirigentes de la URSS impopulares de la perestroika no sólo habían seguido multiplicando las propuestas de desarme sino, cosa aún más importante, “las medidas unilaterales de reducción de armamentos”. Tanto era así que era ya entonces un hecho generalmente reconocido la notable disminución del gasto militar de la URSS durante este periodo. El propio Gorbachov, al abordar los problemas relacionados con el peligro armamentista y con los riesgos de crisis ecológica global, había hecho suya de manera explícita una parte sustancial del discurso que desarrollaron los grupos pacifistas independientes en toda Europa durante el lustro anterior.

Esto incluía, desde el punto de vista de los miembros del consejo de redacción de mientras tanto, “la exigencia einsteiniana de una nueva forma de pensar, de un pensamiento nuevo adecuado a la era nuclear”, y la idea, también pacifista, de construir en el respeto y la tolerancia la “casa común europea” (URSS incluida). Gracias a ello algunos de los más angustiosos agobios por los que tuvo que pasar la humanidad en la primera mitad de la década de los ochenta habían cedido o habían empezado a ceder.

Tampoco la reestructuración económica se había quedado en el proyecto de “aceleración” modernizadora de la era brezneviana.

Si aquella acabó convirtiéndose en un dejar hacer económico-social que favoreció ampliamente a la nomenklatura, multiplicó los casos de corrupción, hizo crecer el parasitismo y contribuyó a consolidar la despolitización, ya muy extendida en la población, la denominada perestroika económica de ahora está cuestionando seriamente las categorías básicas de la planificación burocrática y centralizada.

Sea cual fuere el propósito del equipo económico que había estado asesorando a Gorbachov durante este quinquenio, lo cierto era que, también en el plano interno, la perestroika había dejado de ser simple medio para acelerar las modernizaciones y estaba implicando numerosos aspectos de la vida social, política y cultural de la URSS. Más importante que todo eso: había abierto camino a un debate político como no se conocía desde los años veinte. Por el momento esa era tal vez la principal consecuencia de una “refundación” que se había iniciado con cambios de la política exterior y en la política económica estatal: el retorno de la política a la vida de los ciudadanos, subrayaban los autores.

Se entiende: el retorno de la política como campo específico de la actividad humana en el que se manifiestan, chocan y tratan de imponerse, mediante la confrontación pública, intereses de clases y de grupos, ideas y opiniones. Y cae con ello, como ha visto lúcidamente el historiador Leónidas Batkin, la politización de todo lo divino y lo humano por orden de la superioridad, la degradación de la política que era la politización unilateral de todo comportamiento en una población profundamente despolitizada, esto es, sin más ideas políticas que las permitidas por la policía.

Había que analizar en detalle, proseguían los activistas del CANC, las luces y las sombras -que también las había- de este amplísimo fenómeno político-cultural en que se estaba convirtiéndose la perestroika. Y había que hacerlo sin olvidar algunas repercusiones internacionales que empezaban a ser patentes:

De un lado, las reticencias de los gobernantes conservadores occidentales frente al ritmo rápido con el que están sucediéndose los cambios, sin alterar ellos mismos las prácticas imperialistas ni la configuración básica de su alianza militar; de otro lado, la preocupación de los desheredados del tercer mundo que temen ahora quedarse aún más solos con su hambre y que contemplan con comprensible miedo la arrogancia con que los EEUU de Norteamérica se comporta en los albores de la nueva distensión y la hipocresía con que casi todos los países de la CEE exculpan las actividades militares del Gran Amo. Desde esta perspectiva hay que decir, hay que decirnos, que solo un impulso moral y dignificador en el Oeste como el que viene del Este podrá hacer duradera la perestroika en el plano internacional. Pues no es de creer que cuando cae la vieja defensa de la “soberanía limitada” cínicamente afirmada pueda seguir manteniéndose su antiguo exacto contrario: la imposición de la “soberanía limitada” hipócritamente consentida.

Se decía que un segundo aspecto a tener en cuenta era la veracidad con que se expresan los “refundadores”, particularmente en la URSS, lo mismo cuando se refería a cuestiones internacionales que a los problemas internos. Y así era, en efecto. Algunos de sus ejemplos:

La autocrítica respecto de la intervención en Afganistán (y la consiguiente vuelta a casa de las tropas), la consideración de la invasión de Checoslovaquia en 1968 por los ejércitos del Pacto de Varsovia como un error histórico, la valoración del nuevo curso entonces impulsado por Dubcek como un antecedente de la actual perestroika, la denuncia abierta de la corrupción de altos dirigentes del partido comunista hasta hace poco en cargos relevantes en la URSS, la RDA, Bulgaria, Hungría y Checoslovaquia, la revisión de la propia historia con ojos limpios y la rehabilitación de las víctimas del despotismo en la época de Stalin son algunos ejemplos de que la verdad histórica y la franqueza en la crítica pueden llegar a ser algo más que palabras cuando se la decisión de cambiar las cosas.

Existían sin embargo, en opinión de los militantes de Izquierda Unida, varias concepciones de la perestroika, en la URSS y fuera de la URSS. La batalla que se estaba dando ya sobre el tipo de política económica a seguir en el próximo futuro, con la aparición, advertían, de defensores acérrimos del neoliberalismo más agresivo, era una muestra. Salían en ese debate las luces y las sombras de la reestructuración:

la crítica del burocratismo, pero también la loa del comunismo más descabellado; el traspaso de amplios poderes a los colectivos de trabajadores y la potenciación de la autogestión, pero también la reconsideración de la empresa como centro de la actividad económica y del espíritu empresarial como impulsor de toda economía; la invitación a restituir el poder a los soviets, pero también la tendencia a despedir a la mano de obra sobrante de las reconversiones industriales y a justificar como natural el desempleo; la exaltación del autogobierno, pero también las reticencias frente al ejercicio en concreto del derecho a la autodeterminación; la recuperación del debate político, la admisión del pluralismo y la introducción del pluripartidismo, pero también la mitifcación del “mercado libre” como panacea, con un énfasis sólo comparable al que suelen poner en ello los partidarios de las políticas reaganianas y thatcherianas [1]

No podíamos olvidarnos tampoco, sostenían los autores, que los cambios se estaban produciendo en los distintos países del Este europeo a través de caminos que no siempre coincidían y con orientaciones que sin duda estaban condicionadas por las diferencias nacionales. Había, también, rasgos comunes que se repetían en estos procesos y que permitían ver la situación, superficialmente, como un movimiento unitario en concordancia con la perestroika soviética:

la insatisfacción ante la deplorable situación económica de la mayoría de las poblaciones del área, la aspiración a la democracia política y, consiguientemente, la crítica al sistema de partido único, la reafirmación de la conciencia de la identidad nacional en pueblos separados a consecuencia de la guerra y en etnias enteras obligadas a emigrar por razones económico-políticas, la asimilación apresurada de hábitos y valores occidentales que los nuevos medios internacionales de comunicación han contribuido a difundir con una rapidez inusitada. La lista no es cerrada. Seguramente no son ésas las únicas características comunes que generan parecidas protestas y aspiraciones desde los Urales hasta la puerta de Brandeburgo.

También era verdad que había que estudiar con más detalle cuáles eran las prioridades según los países, cuáles eran las expectativas principales de sus gentes.

Pero mientras tanto, proseguían, destacaban en una primera aproximación las diferencias que particularizan los distintos procesos; diferencias respecto de la situación económico-social de partida, sobre la forma en que se estaba reestructurando la economía, sobre los métodos seguidos para lograr la democratización política y acerca del tipo de organización social para estados que eran casi todos ellos estados plurinacionales. Esas diferencias estaban condicionando la relación con la perestroika soviética o habían contribuido a que determinado país se viera mayormente condicionado por ella.

Así hay países -como la RDA y Bulgaria- para los que la profundización de la perestroika ha tenido un papel decisivo a la hora de sustituir a los grupos dirigentes, mientras que en otros -Checoslovaquia, Hungría- aquella solo ha contribuido a acelerar procesos que estaban ya en marcha y que tenían detrás una larga historia de luchas, o a ratificar situaciones en las que la oposición política había sido ya reconocida formalmente y se tendía al pacto social (Polonia).

Estaba aún por ver la función que la perestroika había tenido en las más reciente rebelión que había acabado con el régimen de Nicolai Ceaucescu en Rumanía, aunque según todos los indicios, en opinión de Fernández Buey y Víctor Ríos, también allí parecía haber sido esencial, material o idealmente, para las fueras que habían puesto fin a la tiranía.

También los caminos recorridos en la resistencia contra el sistema unipartidista y en la lucha en favor del único socialismo digno de este nombre, esto es, el socialismo pluripartidista, condicionaban ya entonces -y aún condicionarían más en el próximo futuro- las orientaciones políticas y económicas que se imponían en cada uno de esos países. Los caminos habían sido varios y muy distintos:

Desde la larga, dura, continuada presión sindical, desde abajo, de los polacos, favorecida por la solidez de las creencias religiosas y -como ahora se sabe ya muy bien- por el dinero del Vaticano hasta la intuitiva y apresurada formación de un comité de salvación nacional para acabar con el despotismo y llenar el vacío de poder en el país del conde Drácula; desde el lento trabajo de todo de los compatriotas de Kafka y del valeroso soldado Schwejk para minar los cimientos de un régimen mantenido por la fuerza de los tanques (y que acaba con la curiosa reconversión de los mismos que mandaban a Dubcek y Havel a la cárcel o al destierro votando solemnemente a estos como presidente de la República y del parlamento) hasta la “revolución pasiva” que los húngaros llaman “tercera revolución”, con el inesperado cambio de nombre y de programa del partido en el poder sin conceder apenas tiempo a organizarse a la oposición política alternativa; desde la lucha de los búlgaros contra las corrupciones de sus antiguos dirigentes hasta lo más inesperado de todo: el final del muro de Berlín, anunciado por dirigentes de los que sólo se esperaban afeites y retoques, un final procedido y seguido por grandes manifestaciones masivas como hacía tiempo que no se recordaban en Alemania.

Si en este cambio de fase, sostenían los autores, acabarían imponiéndose las ideas neoliberales de Walesa, de Kuron, de Gavril Popov, de Nicolai Chmeliov y de tantas otros o triunfaría, por el contrario, el programa socialista renovado que parece haber inspirado la perestroika soviética en sus inicios, era algo que se empezaría a saber ese mismo año de 1990: “las elecciones previstas en todos esos países para los próximos meses serán, sin duda, un primer indicio de la profundidad de los cambios que se quieren, de las expectativas y propósitos de las gentes y de las fuerzas políticas en presencia”. En todo caso una cosa estaba ya clara desde entonces: “las distintas perestroikas han puesto las condiciones de posibilidad para un debate plural acerca de las grandes opciones económico-sociales que se discuten también en los países del capitalismo tardío”.

Los cambios en la Europa del Este tendían a aproximar, por tanto, las condiciones políticas básicas para el gran debate del fin de siglo. Un debate que no sería sólo teórico. En él, por primera vez desde la época de Stalin, la izquierda de la Europa occidental -comunistas, socialistas, alternativos, libertarios, radicales- podía enlazar con los anticapitalistas del Este de Europa “sin la duda que entonces conducía al silencio, sin la conciencia desgraciada y el disgusto que producían la identificación del socialismo con el despotismo”. Caía el velo ideológico, las diferencias y las contraposiciones de intereses entre las clases y grupos sociales volverían a verse con más claridad a partir de ahora. Lo cual, en opinión de los miembros del consejo de redacción de la revista que había sido fundada y dirigida por Manuel Sacristán, “era un motivo para el optimismo de todos aquellos que en la larga lucha por el socialismo sólo conocieron sacrificios ante la opresión y la explotación”.

Las sombras que lo hacían sombrío no venían de ahí, en su opinión. Venían de la observación de los obstáculos que aún tendrían que vencer las perestroikas de los países del este de Europa, donde la glasnot tenía todavía que superar a la glasnot (“¡siempre la exageración de la “transparencia”! ¿Por qué antes bastaba con la “claridad”?”) para convertirse en aquello tan simple que era la libertad de palabra; pero sobre todo, añadían, las sombras venían del otro lado: de la prepotencia con que el capitalismo contemplaba los cambios en la Europa del Este, de la euforia con que proclamaba la superioridad absoluta del mercado y de la sumisión con la que las antiguas socialdemocracias se plegaban a los intereses del gran capital [la cursiva es mía].

Era en circunstancias así, al caer los velos ideológicos y manifestarse en toda su crudeza las viejas y nuevas desigualdades sociales, cuando socialistas y comunistas que no tenían nada de qué arrepentirse, debían sentirse orgullosos de la propia identidad. Caía un modelo muchas veces criticado por socialistas y comunistas con independencia de criterio desde hacía mucho tiempo, desde hacía cincuenta años. No era momento para someterse resignadamente (como de hecho ha ocurrido) a la nueva ideología del capital que trataba de vender a dólar los ladrillos del muro de Berlín a los hijos de los que lo construyeron.

Seguirá siendo difícil llamarse comunista en estos tiempos sin reivindicar simultáneamente y con toda franqueza, la rehabilitación de todos aquellos que pagaron on sus vidas la valentía de adelantarse a denunciar lo que ahora ce con el aplauso de todo. Por lo demás, ¿en qué época y en qué país no fue difícil llamarse comunista y ejercer de tal, cumplir con los actos lo que se dice de palabra? Aun con sombrío optimismo, puede afirmarse que tal vez no hubo otro momento mejor para volver a empezar, allí y aquí.

Por eso no era posible compartir la actividad de quienes, al final de esta historia, pretendían dejar caer el propio nombre para acercarse al socialiberalismo. La opinión de Francisco Fernández Buey y Víctor Ríos era otra muy distinta:

Después de las perestroikas, después de la lección que llega del Este de Europa, son ellos, los restos de las viejas socialdemocracia europeas, los que tienen que empezar a cambiar. Y hacerse más libres.

(Notas: 1) Los autores recomendaban el artículo de J. M. Chauvier en Le Monde Diplomarique, octubre de 1989, y André Catone en A Sinitra, 3 de abril de 1989).

(II) Perestroika 91

Fechado el 4 de noviembre de 1991, “Perestroika 91: de la vía china a la catarsis colectiva” es un artículo de Francisco Fernández Buey cuya publicación desconozco (en el documento originario, que puede consultarse en la Biblioteca Central de la Universidad Pompeu Fabra, puede leerse: “enviado a Miguel Bilbatúa”). Me centro en él en esta segunda aproximación a los análisis sobre la perestroika del autor de Leyendo a Gramsci.

Las imágenes que transmitía la televisión desde los alrededores del Parlamento de Moscú en la madrugada del 21 de agosto de 1991, señala el fundador de mientras tanto, traían inmediatamente a la memoria “otros dos acontecimientos históricos relacionados ambos con el siempre dramático forcejeo entre un mundo que se resiste a morir y otro que quiere salir a la luz y que todavía no sabe su propio nombre”. Fernández Buey se estaba refiriendo a las calles de Praga durante el verano de 1968 y a la plaza de Tian Am Men, en Pekín, en 1989, hacía entonces dos años:

Como ayer en Pekín y anteayer en Praga, volvíamos a contemplar en Moscú el enfrentamiento de la multitud desarmada con los tanques, el tenso diálogo entre los tanquistas que reciben órdenes de sus superiores y los jóvenes que quieren vivir una nueva vida y que no aceptan las imposiciones de la fuerza bruta. Felizmente el final inmediato del enfrentamiento ha sido en este caso muy distinto del que vivieron los resistentes de Praga y de Pequín.

Hacía también veinte o veinticinco años de cuando otros jóvenes, en este caso de la Europa occidental, discutían con pasión (no siempre razonada) acerca de las posibilidades de la vía pacífica al socialismo. Surgió entonces una idea “que llegó a cuajar en las cabezas de muchas personas no-violentas o al menos convencidas de que hay que evitar la violencia política y militar mientras se pueda.” La idea era la siguiente:

Obstaculizar el movimiento de los tanques con un océano de manifestantes, convencer a los tanquistas, con la tranquila fuerza de la razón, de que no hay que disparar contra padres y hermanos, y obligar a quienes dan las órdenes a los tanquistas a cambiar de opinión y a deponer su actitud arrogante. Al fin y al cabo -se decía entonces- qué otras armas que no sean la desobediencia civil pacífica y la fuerza de la razón de la multitud actuando colectivamente puede oponerse hoy en día a la sofisticación del armamento que utilizan los ejércitos, todos los ejércitos.

Al pensar así, recordaba el autor de Marx (sin ismos), pocos, muy pocos de los jóvenes de entonces tenían en la mente las calles de Moscú.

La idea nació más bien para ser puesta en práctica en los bulevares de París, en las plazas de Roma o en las calles de Berlín y de Madrid. Pero ya se sabe que los hombres, jóvenes o adultos, hacen la historia, aspiran a ser sujetos de la historia, en condiciones que ellos mismo no eligen. Nada de extraño tiene, pues, que una idea que brotó en Europa Occidental para traer el socialismo, el buen socialismo, haya acabado cuajando inesperadamente en el otro extremo de Europa contribuyendo así a poner fin a la última degradación de una experiencia pseudosocialista, la del autogolpe bonapartista.

Ya los marxistas críticos (que el autor estudió detenidamente), los cristianos sin dogma (con los que simpatizó y colaboró: Noticias obreras, El Ciervo), y “unos pocos humoristas laicos de los que siguen creyendo en la fuerza material de los ideales cuando estos arraigan en las multitudes” (seguramente estaría pensando en El Roto o Máximo), “tenían noticia de que el verbo a veces se hace acción muy lejos del lugar en que fue pronunciado”. Tal vez, apuntaba el entonces profesor de Metodología de las Ciencias Sociales con ironía, “porque la Historia no parece tener trato preferencial con intelectuales y científicos sociales del Occidente demasiado seguros en sus predicciones”.

Pero aún así, admitía, lo ocurrido era de verdad una novedad, una sorprendente novedad.

Lo que empezó como un golpe de estado vergonzante contra la última versión de la perestroika ha acabado en catarsis colectiva por obra y gracia de la resistencia pacífica pero activa de una mayoría de personas que, estando hartas de la perestroika, porque lo estaban, no quisieron en absoluto refrendar aquel paso atrás que se adivinaba en el constante uso que los miembros del Comité de Emergencia hacían de la palabra patria (así, en singular) en el Estado multinacional que más patrias tiene de este mundo nuestro.

La idea del océano de los manifestantes ahogando a los tanques a la que había hecho referencia se había basado siempre en un supuesto muy delicado. El siguiente:

que los tanquistas se comportaran como hermanos y que quienes daban las órdenes a los tanquistas fueran humanos civilizados. Tal vez por lo delicado de su supuesto aquella idea, siendo buena, no llegó a cuajar en países que se autoproclaman muy cultos y muy civilizados, en los que los analistas se pasan la vida haciendo comparaciones especialmente odiosas.

El caso de Chile, por ejemplo, donde en 1973 los golpistas ahogaron inmediatamente en sangre toda resistencia, era significativo. Y había sido la URSS, “país considerado siempre por los dogmáticos del liberalismo como el contraejemplo de aquel delicado supuesto que se necesitaba para triunfar sobre la fuerza de las armas”, donde, por primera vez en mucho tiempo, se había superado favorablemente para las gentes de abajo una crisis con intervención del ejército.

Este triunfo que había conducido a la catarsis colectiva podía haber sido, sin duda, una casualidad de la historia, “un caso de esos en los que, como suele decirse, inopinadamente los ejemplos se vengan de quienes los ponen”. Pero, desde su punto de vista, aunque así fuera

la comparación con el golpe militar chileno, tan recurrente en estos días y tan funcional a la vieja tesis de la simetría entre fascismo y comunismo, es inmantenible. La imagen de Yeltsin sobre un tanque llamando a la huelga general delante del Parlamento de Moscú cubierto por las cámaras de televisión de todo el mundo refuta por sí sola toda comparación.

Pero es que había más en su opinión. La inesperada actitud del mastodóntico ejército de la URSS en las horas decisivas del golpe siguió a algo que pocos analistas habían relacionado con los hechos de ahora, “tal vez porque la cosa no encaja con las interpretaciones de tuertos amigos de los esquemas”: había sido la URSS, “el “terrible adversario” de los 80, el maniqueo aducido constantemente para justificar la permanencia de España en la OTAN”, el país que más había hecho en aquellos años en favor de la paz mundial (También Rafael Poch de Feliu ha llamado la atención sobre este punto):

Sin las propuestas de Gorbachov desde 1987 hoy el mundo sería otro. Y a pesar de las propuestas pacíficas de Gorbachov desde 1987 hemos visto y sufrido la guerra provocada por Sadam Hussein pero querida, impulsada, interesadamente librada por el Imperio que siempre acusó a la URSS de militarismo expansionista, irritantemente justificada por intelectuales orgánicos de la OTAN que hoy defienden que ser pacifista es estar a favor de la guerra, de nuestra guerra.

Cuando pasara el tiempo, proseguía el autor de Utopías e ilusiones naturales, cuando alguna forma de democracia estable (nada que ver, por supuesto, con el Régimen de Boris Yeltsin y sus secuaces y amigos usamericanos) sustituyera a la catarsis colectiva que entonces se vivía en aquel extremo de Europa, habría que preguntarse con calma si este chirriante contraste “entre las palabras (casi siempre insultantes) de los dogmáticos del liberalismo y los hechos ocurridos en la URSS desde 1987 a 1991” habían sido sólo casualidades históricas o si

tuvieron quizás que ver con algún poso positivo que dejó en las gentes el intento de construir otro tipo de sociedad distinta de la capitalista, o si fueron tal vez la expresión de tradiciones comunitaristas que en la cultura euroamericana no acaban de entenderse bien.

Habría que preguntarse entonces no sólo por los crímenes cometidos en nombre de la gran palabra (socialismo, comunismo) en la época estalinista sino también por otras cosas sobre las cuales se pasaba todavía como sobre ascuas. Sobre estas por ejemplo:

por qué la supuesta potencia militar expansionista se declaró siempre dispuesta, desde el primer momento, a no usar la primera las armas atómicas, por qué fue la única de las que tenían armas nucleares que hizo propuestas serias y realizables de desarme y por qué no fue escuchada, por qué disolvió el propio bloque militar pacíficamente mientras su adversario seguía buscando enemigos para reforzarse y por qué, finalmente, su enorme ejército (según todos los analistas, intacto como única institución realmente organizada) dejó la palabra definitiva a las masas que salieron a las calles y a los parlamentarios que querían construir una Unión distinta de la soviética, dando la orden de retirada de los tanques.

Hasta qué punto, se preguntaba el autor de Conocer Lenin y su obra, estas actitudes que habían vuelto a conmover al mundo, como habían conmovido las actitudes de 1917 y que, por el momento, habían servido para evitar la entonces llamada “vía china”, eran sencillamente

la prolongación, en otra fase histórica, de una formación cultural poco comprendida por los intelectuales europeos a la Michelet, como decía F. M. Dostoievski, o son más bien el resto pacífico y bondadoso, el lado bueno, del cruce cultural entre el viejo comunitarismo ruso y la nueva experiencia frustrada de construcción del socialismo moderno.

Era probable que en aquel entonces, en un momento en el que dominaba fuertemente la preocupación politicista en unos y la angustia por la falta de lo más elemental en otros, una pregunta así sonara a especulativa. Y, sin embargo, él estaba convencido de que para los socialistas del siglo XXI ese sería un interrogante clave.

Pues ellos no serán ideólogos, tendrán ya la distancia suficiente para juzgar sobre palabras -”socialismo”, “comunismo”- que ahora, en tiempos de derrota, dan miedo, y, sobre todo, sabrán distinguir ya entre lo que los hombres decían estar haciendo y lo que hacían realmente.

En su opinión, si se intentaban ver los acontecimientos recientes de la URSS con esta distancia, lo que no equivalía, por supuesto, “al descompromiso o al cinismo respecto de lo que está pasando”, entonces las urgencias de los dogmáticos del liberalismo exigiendo la disolución de todo aquello que llevara el nombre de comunismo en la Europa de entonces (también en la de hoy) podrían verse como lo que realmente eran:

Frutos de la intolerancia que no acaba de creerse del todo la derrota del adversario, la derrota de ideas y creencias que siguen teniendo su humus en el mal social existente, en la desigualdad social, en la persistencia de la opresión, de la explotación y de la servidumbre social. Precisamente la catarsis de la URSS hace que resalten más y pasen a primer plano de la consideración política y social las injusticias flagrantes que existen en el mundo de hoy; los trabajadores norteamericanos podrán salir a la calle protestando por el hambre, la miseria y la opresión racial sin miedo ya de ser acusados de lo contrario de lo que son; los proletarios de la plétora miserable que es este mundo de hoy podrán alzar su voz, y la alzarán, sin ser identificados inmediatamente con el Mal absoluto, con Satanás. Eso tardará.

Pero no mucho señalaba Francisco Fernández Buey: la injusticia reinante era demasiado grande como para que la protesta tardara demasiado en brotar de “los corazones de gentes que saben que tienen formalmente los mismos derechos que los que tienen la propiedad de todo”.

La historia de la URSS engañaba. Había que empezar a ver el lado positivo, de futuro, de esa enseñanza. Y mientras se enlazaba, con las nuevas luchas, que vendrían sin duda, no desnaturalizarse, asunto esencial para él. El que fuera amigo y compañero de Manuel Sacristán cierra su escrito con estas palabras:

¿Pidieron acaso los dogmáticos del liberalismo la disolución de la democracia cristiana italiana o alemana cuando una parte de la democracia chilena apoyó a Pinochet? ¿Pidieron acaso los dogmáticos del social-liberalismo la disolución de los partidos socialistas europeos cuando se comprobó la corresponsabilidad de alguno de estos en las tortugas infligidas a militantes de los movimientos de liberación de Africa?

(III) Después de las “Perestroykas”



 

 

 

 

 

“Después de las perestroikas. Respuesta a ocho preguntas de l’Esborrany” es el titular de una entrevista publicada inicialmente en la revista l’Esborrany [El borrador], nº 16, Sant Boi de Llobregat (Barcelona), septiembre de 1991. Fue recogida por Francisco Fernández Buey en Discursos para insumisos discretos, Madrid: Ediciones libertarias, 1993, pp. 533-541.

 

Recuerdo las dos citas con las que abría el autor el libro, reflexiones que, en mi opinión, estuvieron muy cerca de su espíritu y mirada político-cultural desde casi siempre, especialmente desde principios de los años noventa. La primera de P. P. Pasolini, de El caos. Contra el terror:

Todo quedará claro cuando especifique que por burguesía no entiendo tanto una clase social como una enfermedad propiamente dicha. Una enfermedad que es, además, muy contagiosa. Tanto que ha contagiado a casi todos los que la combaten.

La segunda cita es de Baltasar Gracián, de El discreto:

Entre estos dos extremos de imprudencia se halla el seguro medio de cordura; y consiste en una audacia discreta, muy asistida por la dicha. No hablo aquí de aquella natural superioridad que señalamos por singular realce al héroe, sino de una cuerda intrepidez, contraria al deslucido encogimiento y fundada o en la comprensión de las materias, o en la autoridad de los años, o en la calificación de ellas puede uno hacer y decir con señorío

Vuelvo a la entrevista La conversación se abría con otros dos citas. La primera de Heiner Müller, La misión, con traducción de su amigo Jorge Riechmann (juntos escribieron Ni tribunos; Trabajar sin destruir, y Redes que dan libertad. Introducción a los nuevos movimientos sociales).

.

Cuando los vivos no puedan seguir luchando lucharán los muertos. Con cada latido de la revolución les vuelve a a crecer carne sobre los huesos, sangre en las venas, vida en su muerte. La rebelión de los muertos será la guerra de los paisajes, nuestras armas los bosques, las montañas, los mares, los desiertos del mundo. Yo seré bosque, montaña, mar, desierto. Yo es África. Yo es Asia. Américas soy yo.

La segunda era de Vladimir Maiakovski (uno de sus poetas): exhortación a los pobres y mendigos para resistir y hacer frente a la impotencia cuando “uno no tiene pechos para poder amamantarlos como una buena nodriza”.

Acariciad los gatos. Hay que aprovechar la energía eléctrica que e acumula en estos animales.

La primera pregunta de L’esborrany se interesaba por su valoración de la realidad orgánica de la izquierda organizada, sobre el panorama internacional y, más en concreto, sobre el proceso llamado “perestroika”.

Como tantas otras veces había ocurrido en la historia de los seres humanos, señala el autor de Marx (sin ismos), el desfase entre acontecimientos importantes que tienen lugar en distintos países del mundo desvirtuaba el significado inicial de algunos de ellos. La perestroika, que en 1986 había suscitado una opinión generalmente favorable en la izquierda europea, se había ido convirtiendo con los años en un fenómeno preocupante. Sólo una minoría veía en aquel momento en la perestroika una refundación del socialismo en la URSS.

Para el coautor de Ni tribunos habría que hablar de varias perestroikas en marcha. El desplazamiento de prácticamente todo el arco político soviético hacia la derecha (nos situamos, recordemos, en septiembre de 1991), hacia la justificación -más o menos ingenua- del capitalismo, era un hecho incontrovertible. Tanto era así que el liberal-socialismo europeo-occidental, y hasta el liberalismo sin más, empezaban a estar preocupados por la evolución de las corrientes sociopolíticas en la antigua URSS. Y, sin embargo, en su opinión, este proceso, que entonces provocaba reflexiones más bien sombrías, era la consecuencia de una situación mundial muy condicionada por el desarrollo del capitalismo.

Había tres fenómenos decisivos para entender lo que había sido la perestroika entre 1986 y 1990.

El primero en el tiempo había sido la aceleración de la carrera de armamentos, una aceleración forzada por los EEUU en tiempos de Ronald Reagan, que había puesto a la URSS contra las cuerdas en el plano económico.

El segundo se ubicaba en la atracción de las poblaciones de toda la Europa oriental por el modo de vivir y consumir del llamado “capitalismo avanzado”. Sin duda, en esto los medios de comunicación-formación de masas habían jugado un papel importante.

El tercer punto estaba relacionado con el resurgir de los nacionalismos “tanto en la periferia como en el centro del estado multinacional soviético”.

Ninguno de esos fenómenos era favorable a la renovación socialista, más bien al contrario.

Lo que se puede esperar de ellos es una nueva versión del viejo enfrentamiento entre occidentalistas y eslavófilos, sobre todo a partir del momento en que las gentes empiecen a darse cuenta de que la extensión del tipo de consumo norteamericano y europeo-occidental a la URSS es una utopía. El desencanto polaco es ya un indicio. Pero cuando ese fenómeno llegue a la URSS, que llegará, sus dimensiones van a ser mucho más graves.

En suma, no había motivos para el optimismo: se salía de una década conservadora y probablemente se estaba entrando en una década reaccionaria, concluía Fernández Buey.

Se le preguntó a continuación por el “socialismo real”.

En su opinión, lo que sí podía afirmarse es que se había abierto una fase nueva en la historia de los movimientos de emancipación social. La perestroika había puesto fin a una ilusión ideológica.

La siguiente: llamar socialismo a lo que realmente había sido “un proceso de industrialización acelerada con fuerte intervención estatal, durísimo control de las poblaciones y una cierta tendencia, eso sí, a la igualación social en la escasez”.

El llamado socialismo “real” o “realmente existente” tenía la connotación cínica-pragmática que siempre acababan adoptando las ideologías que hacen de la necesidad virtud: “Existe un socialismo “ideal”, el de los libros, el de los clásicos del marxismo, el de los intelectuales que no se enteran de lo que hay en el mundo, y un socialismo “verdadero”, “real”, que es el que hay.”

En la historia reciente de la URSS habían existido diversas formas de presentación de este cinismo. Primero se había dicho que el “socialismo real” era el único posible y se tomaban medidas represivas contra los que aspiraban a otra cosa, a otro socialismo muy distinto. De esta manera, recordaba el antiestalinista autor de Leyendo a Gramsci, el estalinismo había asesinado a muchos comunistas. La perestroika había sido, en principio, una refundación, en el sentido de que los dirigentes del PCUS querían volver a aquella idea inicial según la cual era posible otro socialismo, “un socialismo en el que habría que conjugar igualdad y libertad, democracia representativa, respeto a los méritos de cada cual y corrección de las desigualdades existentes”.

Esta corrección de la ideología del “socialismo real”, proseguía el que fuera militante del PSUC-PCE, pudo haber empezado en 1956. Algo así se apuntaba en los primeros discursos de Jruschev después del XX Congreso. También pudo haber aprendido de aquella “autocrítica (práctica) del leninismo” que había sido la esperanzadora Primavera de Praga. Lamentablemente, en ambos casos, había prevalecido el conservadurismo, la versión conservadora de la ideología que acababa dando en cinismo.

Cuando los dirigentes del PCUS se plantearon en 1986-1987 un giro en serio seguramente era ya demasiado tarde. De nuevo, remarcaba el autor de Utopía e ilusiones naturales, el desfase histórico. La más patética expresión de las consecuencias de ese desfase había sido, probablemente, el destino del héroe de la Primavera de Praga, Alexander Dubĉek.

Y, sin embargo, desde su punto de vista, Dubĉek era la excepción moralmente sana. La regla de los últimos tiempos había que sacarla del comportamiento de los burócratas que cambiaban apresuradamente de chaqueta. Gramsci lo había llamado “transformismo”. Era un fenómeno que se daba siempre en las fases de revolución “pasiva”, es decir, de revolución sin revolución.

El drama era que esa fase histórica que empezaba en aquellos años tenía detrás el fuerte descrédito de las palabras “socialismo” y “comunismo”.

En Moscú, Budapest, Bucarest, Praga, Leningrado o Berlín estas palabras suscitan el malestar, cuando no el odio, de sectores importantes de la población, sobre todo de los de abajo. Brota de ahí una paradoja que va a condicionar toda política socialista y comunista en los próximos años: los comunistas y socialistas que durante décadas han luchado por la democracia y las libertades en la Europa occidental y del sur, y que al mismo tiempo criticaron por despótico el pseudosocialismo de los países del Pacto de Varsovia, no pueden por el momento ser reconocidos como hermanos por las gentes que en aquellos países han experimentado el descrédito de «socialismo real».

Las grandes palabras no servían para comunicar sino para abrir fosas. Era ilustrativo observar cómo “los burócratas transformistas del este y del oeste” se cambiaban de nombre para reconocerse entre ellos. Pero, preguntaba el autor de Conocer a Lenin y su obra, “¿cómo se reconocerán en el futuro los otros, los que allí sufrieron el autoritarismo y aquí lucharon contra el fascismo?”. Parecía claro que en tales condiciones la noción misma de socialismo tenía que ser reconstruida.

La tercera pregunta se formuló en estos términos: “a pesar del componente positivo desde un punto de vista político-cultural de la perestroika, ¿no podía resultar peligrosa la nueva actitud económica y política en el ámbito internacional?”

En el plano internacional, respondía el miembro fundador de mientras tanto, los consecuencias de la perestroika no podían ser valoradas equilibradamente sin tener en cuenta la mundialización del capitalismo, la universalización del Imperio. Ya no podía hablarse con propiedad de «tercer mundo» porque no había propiamente segundo mundo.

Los cambios que se estaban produciendo en la URSS, y en toda Europa oriental, tenían una inmediata consecuencia negativa para la lucha en favor de la liberación de los pueblos. La economía cubana, por ejemplo, se estaba resintiendo fuertemente en aquellos años. El resultado de las elecciones en Nicaragua (la derrota del sandinismo en las elecciones de 1990) seguramente no era ajeno a la convicción de muchos ciudadanos de que su soledad era inmantenible. En Latinoamérica, Asia y África, el efecto del giro en la política soviética se notaría mucho. El respiro que representaba para las poblaciones europeas la firma de acuerdos para el desarme nuclear se iba a convertir en agobio para las poblaciones de Asia, África y América que quisieran liberarse.

Salía a relucir así otro hecho que había tenido una gran importancia durante las últimas décadas y que no se había valorado suficientemente:

la repercusión en la vida económica de la URSS del tipo de relaciones comerciales establecidas con los gobiernos de los países del tercer mundo que se iban liberando del yugo colonial, lo cual incluye, sin duda, también la ayuda militar. No se entenderá nada de lo que ha sido la fase última de la historia del mundo sin darse cuenta de que los ricos y poderosos de este mundo, lo que algún día volverá a ser llamado capitalismo imperialista, forzó a los pueblos de América, Asia y África que quisieron afirmar su dignidad, liberándose, a dedicar una parte sustancial de las energías nuevas, recién liberadas, a comprar armas para defenderse mientras se empobrecían y vendían sus escasos productos a aquellos poquísimo países que querían comprárselos a precios que nada tenían que ver con los establecidos por la economía de mercado.

Sólo la hipocresía y la mala conciencia de los hartos insatisfechos, de los cerdos sueltos del rebaño de Epicuro apuntaba Fernández Buey (recordando el decir de su amigo y maestro Manuel Sacristán en una entrevista de 1969 sobre la construcción del socialismo en Checoslovaquia), que circulaban por el mundo de los ricos, podía presentar la situación como prueba del fracaso del socialismo y contraprueba del triunfo moral del capitalismo.

Pero también en el plano internacional las cosas podían estar, a partir de entonces, más claras.

El ridículo ensoberbecimiento de tantos intelectuales europeos y americanos por el triunfo moral del capitalismo no puede ocultar a la opinión pública la conflictividad latente en esta plétora miserable en la que vivimos. El hambre y la miseria del mundo actual era un fardo demasiado pesado para cargarlo mayormente sobre los hombros de gentes que se llamaban «socialistas» sin poder serlo pero que, al menos, ayudaban un poco a los otros. ¿Quién va a cargar ahora con ese fardo que no ha hecho sino crecer en los últimos años? ¿El Banco Mundial? ¿Cada uno de los ciudadanos de la CEE?

La guerra del golfo Pérsico era el primer aviso de que empezaba una época nueva en la que iban a ser determinantes tres cosas: 1. La vuelta de las hambrunas que afectarán a grandes poblaciones. 2. Las migraciones intercontinentales, y 3. La lucha por el control de reservas energéticas y algunas materias primas de carácter básico. Las nuevas «guerras del opio» a las que se estaba asistiendo en torno a la economía de la droga eran parte de ese escenario.

Se le preguntó a continuación por el mito de Europa, por su valoración de la izquierda, y, finalmente, por la crisis del marxismo. Tres en una.

Quería relativizar un poco esa idea tan extendida de la crisis del marxismo, señaló Fernández Buey en primer lugar. Lo primero que había que decir era que desde el momento de la muerte de Marx había habido varios marxismos, no uno solo.

Había que tener en cuenta también que el «marxismo», dicho en general, en un sentido amplio y vago, había pasado desde hacía tiempo a formar parte de la cultura media y superior de muchos europeos. No solo por presión de las masas proletarias; ya a finales del siglo pasado había marxismo académico, hasta en Rusia.

Por último, había que decir que el marxismo dominante entre los intelectuales de la izquierda europea en los años sesenta, que fue un momento de auge, era un marxismo muy cientificista, muy pagado de sí mismo, que ponía escasamente el acento en el papel de los sujetos.

Desde luego, ese marxismo, representado por althusserianos y dellavolpianos (recordemos su tesis doctoral: Contribución a la crítica del marxismo cientificista, Barcelona: Edicions de la Universitat de Barcelona, 1984 [En Amazon, ¡al precio de 675,68 euros!]) era muy inadecuado para dar cuenta de las subjetividades que estaban configurándose. Por eso había entrado en crisis.

La crisis del marxismo en la década de los años setenta del siglo XX había sido esencialmente una crisis del marxismo cientificista.

La prueba de ello es que en los ochenta otros marxismos han seguido siendo muy productivos, aunque, eso sí, casi siempre en alianza con otras tradiciones culturales. Así se explica el auge del marxismo analítico en los países anglosajones. Pero así se explica también el interés por el gramscismo en casi todos los países del mundo. Y lo que es más importante: la contribución del marxismo a varias filosofías contemporáneas de la liberación (teológicas o no). El panorama no es, por tanto, uniforme. El marxismo analítico es muy bueno en el plano teórico, pero enlaza poco con los movimientos de liberación realmente existentes. La teología de la liberación es expresión de anhelos morales liberadores como seguramente no hay otros en el mundo, pero al mismo tiempo se resiente de su eclecticismo.

Para él, no fue la única vez que lo señaló, el gramscismo era el marxismo del final de siglo XX “si no fuera porque a veces esas expresiones se toman como eslóganes sin más” (Recodemos el título de uno de sus últimos trabajos largos: “Sobre culturas nacionales y estrategia internacionalista en los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci”. En G. Pala, A. Firenze y J. Mir Garcia (eds), Gramsci y la sociedad intercultural, Vilassar de Mar: El Viejo Topo, 2014, pp. 13-41).

[Vídeo: Giaime Pala y Jordi Mir Garcia https://www.youtube.com/watch?v=S1khap8iXc4 ]

La distinción entre politiquería y función pedagógico-cultural de la política alternativa le permitía insistir en esa idea de que el gramscismo era el marxismo del final del siglo XX sin que la cosa quede reducida a una frase.

En las organizaciones marxistas que yo he conocido dominaba alternativamente el hiperidealismo y el hiperempirismo. O se atribuía al supuesto sujeto de la transformación social una tal conciencia que no había forma humana de comprobarlo empíricamente, o se pasaba a la orilla contraria aceptando positivamente el estado de ánimo de la mayoría de los obreros como prueba de que nunca hubo, hay ni habrá conciencia propiamente dicha. Los principales exponentes de la primera de estas exageraciones (hablo de los que he conocido yo) dejaron hace mucho tiempo la política; los principales exponentes de la segunda de estas exageraciones son hoy ministros, directores generales o distinguidos dirigentes que se preocupan muy poco por el estado del marxismo en el mundo.

Desde su punto de vista, Gramsci supo sortear al mismo tiempo la exageración hiperidealista y la exageración positivista:

Supo decir la verdad sin asustarse de sus consecuencias, aunque algunas de ellas eran amargas para las gentes que quieren cambiar el mundo; pero, por otra parte, no quiso reconciliarse nunca con aquella mierda de mundo que le tocó vivir. De ahí sale una idea no instrumental sino pedagógica.

Lo que la izquierda revolucionaria de este final de siglo tenía que hacer era traducir la idea gramsciana de reforma moral e intelectual a unas condiciones en las que la batalla de ideas se había ampliado a todos los ámbitos de la vida por la enorme extensión y potencia de los medios de comunicación (y desinformación en ocasiones) de masas.

(IV) Rusia, el golpe de Estado del 4 de octubre y la democracia

“Rusia, el golpe de estado del 4 de octubre y la democracia” es el título de una intervención de Francisco Fernández Buey en un encuentro en el que también participaron Alexander Buzzgalin y Miquel Caminal (1952-2014), compañero suyo en la Facultad de Económicas de la UB y militante del PSUC, como él, en los años del antifranquismo.

Miquel Caminal (1952-2014)

La mesa fue organizada por el Centre de Treball i Documentació (CTD) (disuelto en 2017; véase la nota de Josep M. Fradera: “CTD, 1976-2017” http://www.mientrastanto.org/boletin-154/notas/ctd-1976-2017) en el Pati Manning de Barcelona el 16 de noviembre de 1993.

Josep M. Fradera

El texto fue publicado en mientras tanto, n.º 56, diciembre 1993-enero de 1994, pp. 19-22.

El autor de Conocer a Lenin y su obra abría con estas palabras:

Estamos hoy aquí, con Alexander Buzzgalin, y convocados una vez más por el CTD, para apoyar a los demócratas rusos que ayer se resistían a aceptar la identificación oficial del régimen de ordeno y mando con la idea de socialismo y que hoy se resisten a aceptar la justificación del golpe de estado dado por Boris Yeltsin el 4 de octubre [1993] con el argumento de que eso era necesario para continuar la reforma y construir la democracia.

Muchos de esos demócratas habían sufrido, con unos pocos años de distancia, la agresión violenta del poder de la antigua Unión Soviética y del de Rusia en aquellos años. Uno de ellos, Boris Kagarlinski, “suficientemente conocido hace ya años, en Europa y en EEUU, por sus críticas a aquel régimen de ordeno y mando que el poder de entonces llamaba ‘socialismo real” (pueden verse algunos de sus trabajos en http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Boris%20Kagarlitsky&inicio=0), había declarado en una entrevista concedida al corresponsal de La Vanguardia en Moscú, a los pocos días de los hechos, que la brutalidad de la policía rusa de 1993 no tenía nada que envidiar a la brutalidad de la policía del pasado. De hecho, “en algunos aspectos la barbarie de los gorilas de hoy es peor que la de los de ayer.” Añadía Fernández Buey: “Nuestro Octavi Pellissa [1], que tantas veces nos convocó en el pasado para protestar contra las injusticias, tal vez habría dicho ahora: ‘Conocemos eso”.

También aquí, en España, recordaba el autor de La gran perturbación, hubo unos años, entre 1975 y 1982, en los que luchar contra la dictadura y continuar luchando contra un híbrido que conservaba en lo esencial el aparato del viejo estado -y se llamaba a sí mismo “democracia”- fue particularmente duro. Y no sólo moralmente.

Hubo entonces un ministro, que había sido ya ministro con Franco y que, siéndolo, insultó gravemente a las mujeres de los mineros asturianos que en 1962 se manifestaban contra el régimen y calumnió a los intelectuales y a los estudiantes demócratas que mostraron su solidaridad con aquellas mujeres, y que luego, al morir el Dictador, en nombre de lo que él mismo empezó a llamar “democracia” se hizo célebre por justificar la represión contra los demócratas de verdad al grito policíaco de la “calle es mía”, un hombre que, sin embargo, ha conseguido el acuerdo de casi todos los medios de comunicación y de casi todos los partidos políticos de este país para que se corriera un tupido telón de acero sobre su pasado de antidemócrata y de represor.

Ese hombre, Fernández Buey se está refiriendo a Manuel Fraga, era en aquellos años presidente electo de Galicia, “una de las comunidades autónomas del estado plurinacional que es España” [2], y los medios de comunicación solían presentarlo como uno de los artífices de la democracia, cuando no le reían las gracias que nunca tuvo.

Nosotros teníamos un rey designado por el dictador y ratificado por un referéndum, el del 6 de diciembre de 1978, en el que algunos (no fue su caso, el coautor de Ni tribunos se abstuvo) votaron “por la monarquía sin que les hubieran preguntado explícitamente si querían eso o una república”. No se solía recordar pero la verdad era que todo aquello se había hecho “bajo la mirada atenta y el arbitraje decidido del ejército español”. Al callar sobre todo esto se le había llamado entonces prudencia política.

Al resultado de aquella votación en la que no se preguntaba lo esencial lo llamaron democracia. Y a la melancolía de quienes siguieron recordando lo que había sido la larga lucha contra la dictadura de Franco lo llamaron desencanto [3]. Con el tiempo se juntaron los desencantados de verdad y los que no se habían encantado nunca y aquí estamos: en la crisis de la crisis.

No sabía si Agamenón estaría de acuerdo, pero sí sabía que esa era y seguía siendo la verdad del porquero de Agamenón. También la suya.

No la traía aquí a colación para dar lecciones o consejos a los amigos demócratas rusos que estaban viviendo una transición parecida en algunos aspectos. No era eso, no era su intención. Era para ofrecerles una explicación de la enorme (y paradójica) comprensión que había encontrado en la mayoría de los partidos políticos españoles, y en la casi totalidad de los medios de comunicación, la idea de que Yeltsin había dado “un golpe de estado, y estableció el estado de excepción, y prohibió partidos políticos para garantizar la reforma y la democracia”.

Todos los medios de comunicación que se llamaban a sí mismos liberales habían justificado la restauración autoritaria en Rusia con el argumento de que, al fin y al cabo, “Yeltsin sólo mandaba disparar contra un Parlamento que no era democrático, contra el Parlamento del antiguo régimen”.

Era asombroso para el autor de Marx (sin ismos) que día tras día se siguiera diciendo una cosa así y casi sin réplica. Por eso mismo había que agradecer a la excelente revista que era Cuatro Semanas el que hubiera publicado, en su número de noviembre, un artículo de Rafael Poch de Feliu titulado “Rusia cruza el Rubicón” [4]. En este trabajo se recordaba un dato esencial, ignorado o tapado sistemáticamente durante aquellos días:

que todos los diputados del Congreso y del Soviet Supremo (Parlamento) de Rusia fueron elegidos en marzo de 1990 por sufragio universal; que en las elecciones a diputados rusos no hubo escaños corporativos ni comisiones especiales controladas por el PCUS como había ocurrido en el Congreso de la URSS un año antes; y que, por tanto, la legitimidad democrática del Parlamento era la misma que la del primer presidente electo.

La concepción liberal de la política europea, recordaba el entonces profesor de Metodología de la ciencia, había establecido que cuando se producía una situación de doble poder y esta situación era resuelta por una de las partes mediante el uso de la fuerza militar estábamos ante un golpe de estado antidemocrático. Así había calificado siempre el pensamiento liberal europeo lo ocurrido en octubre de 1917, cuando en Rusia se impusieron los bolcheviques. Pero, apuntaba críticamente,

héte aquí que este principio (y el otro principio honorable: el fin no justifica los medios) deja de valer, al parecer, cuando ganan los nuestros con los mismos medios aborrecidos (que no hay fin que los justifique, como se sigue enseñando en los institutos y en las universidades).

Dos criterios, pues, señalaba el compañero de Miguel Candel, y un solo fin: “que ganen los nuestros, nuestros amigos, los amigos de nuestros intereses económicos. Así en Rusia como en Argelia [5]”. Pero pensar y actuar así suponía la sustitución de la teoría liberal democrática de lo político por la teoría de lo político en términos de amigo/enemigo [6]. La conciencia de que el pensamiento liberal tenía dos criterios distintos y contrapuestos para juzgar las actuaciones políticas -“uno para juzgar las actuaciones de los adversarios y otro para justificar las actuaciones del hijo-de-puta-amigo”- había estado en el origen de la primera crisis del liberalismo europeo en 1871, cuando la Comuna de París. La consciencia de que la teoría de lo político en términos de amigo/enemigo explicaba mejor las actuaciones de hecho de quienes se llamaban liberales había estado en el origen de la crisis del estado liberal de Weimar.

No quería concluir con una analogía para llamar al mal tiempo. Fernández Buey había querido simplemente recordar las cosas señaladas porque, tal vez, “intercambiar experiencias y reflexiones así con los amigos demócratas rusos puede servir esta vez para encontrar vías comunes de salida a la encrucijada en que estamos”. También porque pensaba que, en aquellas circunstancias, hacer algo por la democracia en Rusia pasaba por volver a crear redes de comunicación entre las personas que seguían creyendo “en la democracia como participación de las gentes en la cosa pública y que sospechan que tal como están las cosas, para ser demócratas hoy en día hay que ser algo más que liberales” [7].

En un añadido de 13 de diciembre, señalaba Fernández Buey:

Kiva Maidánik, viejo luchador por la democracia y el socialismo en Rusia -un hombre que ya en los años cincuenta cuando tantos callaban, denunció como historiador la manipulación que el estalinismo hizo de la historia de la III Internacional [8]- ha escrito desde Moscú, el pasado noviembre, un conmovedor alegato que, por desgracia, no pude conocer al pronunciar las anteriores palabras. Afirma Maidánik que, de todas las provocaciones e infamias sufridas por los rusos demócratas en aquellos días de octubre, la peor, por inesperada, por “constituir una sorpresa incomprensible y monstruosa”, ha sido la reacción de Occidente, y muy particularmente, el silencio culpable ante el golpe de Yeltsin de la “izquierda social” de este lado del Rin.

Kiva Maidánik (1929-2006)

Ahora, proseguía, al comenzar 1994, el “mal tiempo”, al que no se quería llamar, estaba ya ahí: el resultado de las elecciones de diciembre era algo más que un mal presagio. Se veía venir, las encuestas lo preveían. Pero “los intereses mercantiles de los inquisidores del siglo XXI taparon, una vez más, lo elemental: la gente digna está harta de que la traten mal, como a siervos otra vez”.

Los poderosos del mundo rico creían de nuevo que la culpa era de los incultos rusos cegados de vodka. Volvía la infinita zafiedad racista sobre el tártaro que salía al rascar al ruso. El lector de Tolstoi, Platónov y Zamiatin finalizaba esta nota complementaria con las siguientes palabras:

¿Por qué será que, una y otra vez, los prepotentes mandamases del capitalismo, cuando hay conflicto en Rusia, eligen siempre lo que los rusos llaman el pantano? ¿Tal vez porque no se han dado cuenta todavía de que, en ocasiones, al rascar a un liberal sale un nazi? No entienden nada. Quizás porque los banqueros y controladores que son sólo liberales no leen a Dostoiewski. Lo pagarán. También ellos.

(Notas:

1) Octavi Pellissa fue uno de los fundadores del CTD, amigo del autor, uno de los primeros militantes universitarios del PSUC-PCE tras la guerra civil (ingresó en el partido en 1955), falleció en 1992, a los 56 años de edad. Puede verse S. López Arnal: “Entrevista con Josep Torrell sobre Octavi Pellissa”. http://www.sinpermiso.info/textos/sobre-octavi-pellisa-1935-1992-entrevista

2) La formulación no debería dar pie a confusiones. Francisco Fernández Buey fue un filósofo y militante profundamente antinacionalista. Véase por ejemplo Sobre federalismo, autodeterminación y republicanismo, Vilassar de Mar: El Viejo Topo, 2015.

3) Véase “Fin del desencanto, ¿final del encantamiento?”, mientras tanto, nº 1, noviembre-diciembre de 1979, pp. 9-11.

4) Fernández Buey escribió una amplia y detallada reseña de La gran transición. Véase 1917. Variaciones sobre la Revolución de Octubre, su historia y sus consecuencias, Vilassar de Mar: El Viejo Topo, 2017, pp. 211-220.

5) El autor hace referencia a los sucesos de enero de 1992. Bajo la presión del ejército argelino, dimitió el presidente Chadli y se anuló la segunda vuelta de las elecciones. El ejército, con el apoyo del FLN, instauró el “Alto Consejo de Estado”. Se disolvió el FIS, sus líderes fueron arrestados, asesinados en algunos casos, y se declaró el estado de emergencia en el país.

6) Para la revista Sistema (desconozco si llegó a publicarse), Fernández Buey escribió “Carl Schmitt en el barco negrero” (marzo de 1989), una muy elogiosa reseña del libro de José Antonio Estévez Araujo Schmitt en Weimar. Puede consultarse ahora en la documentación del autor depositada en la Biblioteca Central de la UPF. Finalizaba su escrito con estas palabras:

En suma, una contextualización inteligente y una capacidad para el análisis de lo concreto poco habitual hacen de Schmitt en Weimar una aportación interesantísima en el campo de la filosofía política. Una aportación en la que me permito destacar, por último, el talante equilibrado con el que se valora en el libro tanto la crítica a la concepción positivista de lo jurídico como aquellos otros rasgos del pensamiento de Schmitt que nuestro autor considera más discutibles o negativos: su excesiva naturalización del conflicto y del antagonismo social, su esquematismo en el diagnóstico sobre la democracia representativa, su reducción de las discrepancias sociales que se manifiestan en conflictos de intereses a la siempre recurrente discrepancia entre convicciones en sentido fuerte, su falta de atención respecto de aquellos mecanismos de formación y configuración de la hegemonía (que no es sólo fuerza o violencia, sino también consentimiento y lucha de ideas, trabajo cultural), etc. El fruto principal de estos aciertos metodológicos e historiográficos es una explicación muy plausible de la intencionalidad política y de la función precisa de conceptos y categorías schmittianos que contrasta con el carácter acrítico de la mayor parte de aquellas interpretaciones que subrayan la neitral “fecundidad” en abstracto de un pensamiento político-jurídico tan realista y atrayente como discutible.

Hace tiempo que nos estaba haciendo falta una reconstrucción racional y crítica del pensamiento de Carl Schmitt como la que en su caso llevó a cabo el joven Sacristán en Las ideas gnoseológicas de Heidegger. A eso viene, creo, La crisis del estado de derecho liberal.

7) Véase F. Fernández Buey, “Algo más que liberales” https://elpais.com/diario/1992/01/03/opinion/694393208_850215.html

8) Kiva Maidánik criticó también la aniquilación de la Primavera de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia. Salvo error de nuestra parte, Maidánik, expulsado del PCUS, y Fernández Buey se conocieron personalmente durante unas jornadas organizadas por el PCC a principios de los años noventa en Barcelona con el título: “Les raons del socialisme”. Ambos intervinieron en las jornadas. La intervención de Maidánik, recogida posteriormente en un libro del mismo título, sigue conmoviendo por su lucidez y coraje políticos. Este gran intelectual soviético falleció en 2006.

Algunas de las cartas cruzadas entre ambos (Poch de Feliu hizo en ocasiones de mensajero) pueden consultarse en el archivo FFB de la Biblioteca Central de la Pompeu Fabra).

(V) Sobre las causas de la desintegración de la URSS

Presentamos en esta entrega un texto del autor de Marx (sin ismos), sin título -podríamos titularlo “Sobre las causas de la desintegración de la URSS”- y sin fecha (probablemente de abril-mayo de 1996), que puede consultarse entre la documentación depositada en la Biblioteca Central de la UPF. Comenta Fernández Buey en el escrito las informaciones del New Perspective Quarterly de Los Angeles y el Courrier International n.º 283, 4/10 de abril de 1996 que habían publicado las actas de una conversación -8 de octubre de 1995, montañas de Colorado (USA)- entre Margaret Thatcher (primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990), George Bush (presidente de los EEUU de 1988 a 1992), François Mitterrand (presidente de Francia entre 1981 y 1995) y Mikhail Gorbachov (Secretario General del PCUS de 1985 a 1991). En el encuentro, se analizó, cinco años después, las causas del hundimiento de la URSS.

Se trataba sin duda, en opinión del profesor de la UPF, de un documento excepcional para interpretar las causas históricas del hundimiento de la URSS por el papel protagonista de los convocados. Era, además, “un documento apasionante tanto desde el punto de vista político como para historiografía”, porque mostraba “hasta qué punto el pasado reciente se interpreta ya en función del presente.”

El presidente de EEUU apenas habló. Se limitó a recordar “aspectos muy secundarios, casi anecdóticos, para la cuestión principal”. Lo cual, en opinión de Fernández Buey, ponía de manifiesto, una vez más, “el pragmatismo de la política exterior de la gran potencia que representa y que ha salido, obviamente, muy reforzada de la nueva situación que se creó en 1990-1991.”

Margaret Thatcher, la más crítica de la situación creada a partir de 1990, consideró un error la reunificación de Alemania por lo que eso tenía “de germanización de la política de la Unión Europea” y advirtió de los peligros que comportaba la nueva situación con referencia a la situación de los años treinta en Europa.

Mitterrand, el más crítico de la política exterior y militar ofensiva de los EEUU y del Reino Unido en los años de la “segunda guerra fría” (1980-1986), se mostraba ahora “comprensivo con todo lo que ha pasado y también con lo que hay en 1995.”

Gorbachov, que seguía teniendo clavada la espina de su derrota en la URSS por la oposición a su proyecto de nueva federación de la antigua Unión Soviética, pensaba ahora, muy razonablemente en opinión del autor de Leyendo a Gramsci, que “el asunto de la identidad nacional en la época de la globalización de la economía es el más aguado de los problemas del mundo actual y relaciona esto con sus argumentos de entonces para reformar -sin descomponer- la URSS.”

Hay un aspecto particularmente interesante en la conversación, señala el profesor de Filosofía Moral y Política, una curiosidad sociopolítica imperante:

La interpretación más lúcida de los hechos pasados y de la situación presente la hace MT, que ya había sido derrotada en el partido conservador del Reino Unido, en el partido conservador inglés en 1990. El único de los cuatro que habla como un demócrata de verdad, en el sentido occidental del término, el único que tiene un concepto serio de democracia y hace consideraciones pertinentes relacionadas con el gobierno del pueblo (entonces y ahora), y que no se queda en apreciaciones sólo geopolíticas o de alta política, es Gorbachov, cuyo predicamento en su país es, como se sabe, casi nulo (no llega ni al uno por ciento de los votos en las últimas elecciones legislativas y presidenciales en Rusia) [la cursiva es mía]



Margaret Thatcher consideraba que el factor decisivo en el hundimiento de la URSS fue la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDS), la “guerra de las estrellas o de las galaxias”, propiciada por el ex presidente norteamericano Ronald Reagan y apoyada por ella misma desde comienzos de los años ochenta. Su argumento, un argumento conocido y compartido por muchos: “que el gobierno norteamericano de entonces sabía que esta ofensiva estratégico-militar (una variante ofensiva de la estrategia nuclear) iba a exigir una enorme capacidad tecnológica (sobre todo en el campo de la informática y la telemática) para la cual la URSS no estaba en absoluto preparada”.

Así, pues, el factor decisivo en el hundimiento de la URSS habría sido, según Thatcher, el cambio operado en la estratégico-militar de los EEUU -y de la OTAN- en la llamada segunda fase de la “guerra fría”, los años 1980-1986:

Poner a la URSS contra las cuerdas de manera que la anticuada estructura económico-tecnológica de aquel país no pudiera resistir ya esta ofensiva. No hay duda de que éste ha sido el punto de vista dominante en el partido republicano desde Nixon (el consideraba que se había entrado en la “tercera guerra mundial” sin más) y en las altas esferas estratégicas del Pentágono a partir de 1982-1983.

En cambio, Mijail Gorbachov, prosigue el autor de Conocer a Lenin y su obra, niega el papel decisivo de la IDS reaganiana con dos argumentos. El primero:

No admite que las reformas iniciadas en la URSS en 1985-86, conocidas en su momento con el nombre de perestroika, hayan sido una consecuencia de la ofensiva estratégico-militar de Reagan-Thatcher, sino decisión propia motivada por la necesidad de abordar con una nueva óptica liberalizadora los problemas internos de la URSS.

El segundo:

Mantiene que la lección que podría sacarse de esta interpretación de Thatcher para el futuro sería errónea (seguramente pensando que tal interpretación da alas a los críticos del gorbachovismo en la propia URSS luego en la CEI).

Gorbachov puso los acentos, por el contrario, en la decisión soviética de 1985, en el sentido de cambiar la política exterior -priorizar el desarme nuclear- y liberalizar las relaciones interiores para adaptar la estructura política de la URSS a los cambios que se habían producido en la economía y en la sociedad durante las décadas de los años sesenta y setenta. Pero se ve obligado naturalmente, señala FFB, “a diferenciar lo positivo de la política de la perestroika (la liberalización y la tendencia pacifista) del resultado final de todo el proceso (la desaparición de la URSS), negativo también para él”. De manera que, al valorar las causas del fracaso de la perestroika y del hundimiento de la Unión Soviética, tiene que poner el acento en otro asunto: “las resistencias que hubo en la propia URSS a aceptar las reformas en curso, sobre todo en lo concerniente a la nueva configuración federal de la Unión”.

Evidentemente, sostiene el autor de 1917, tanto en el caso de Thatcher como en el caso de Gorbachov se trata de justificar, con la distancia del tiempo, las respectivas políticas seguidas entre 1986-1990, en esa segunda fase de la guerra fría. Thatcher tenía que justificar en 1995 una decisión muy criticada en aquel momento por amplios sectores pacifistas occidentales con la consideración, acertada en opinión de FFB, de que esta estrategia ponía a Europa en peligro de guerra nuclear.

Bastará con recordar a este respecto la amplitud de las protestas ciudadanas contra aquella política en el Reino Unido, Alemania, Francia, Países Bajos, España, etc. El pacifismo europeo de entonces llegó a hablar de que se estaba entrando en una fase “exterminista” y muchos científicos compartieron este análisis. El cine y la literatura de los años centrales de la década de los 80 han dejado varias muestras del ambiente de pánico que se creó en Europa.

En el caso de Mijail Gorbachov se trataba de justificar en 1995 la voluntariedad de una política, la perestroika, que “obviamente, conduciría al fracaso político de su principal exponente en Rusia y a la desintegración definitiva del sistema que se pretendía reformar”. Atender sólo, o principalmente, a los factores internos permitía descargar la culpa del fracaso o de la derrota en “la incomprensión y el primitivismo de gran parte de las compatriotas”. Lo anterior ligaba con el hecho, indiscutible para FFB, de que Gorbachov había sido “al mismo tiempo el dirigente ruso más popular en Occidente y más impopular en Rusia”.

El presidente francés, por su parte, opinaba, ya al final de su vida, que lo que había provocado el hundimiento del sistema soviético había sido más bien la incapacidad para controlar los movimientos de desagregación que se habían producido en los países del Este de Europa en los años 80. Sobre todo en Polonia, Checoslovaquia y, finalmente, en la RDA. Esa incapacidad “habría estado vinculada, positivamente, a la voluntad de no resolver tan conflicto aplicando la fuerza”.

En opinión del profesor de la UPF, la argumentación de Mitterrand conducía a considerar como factor decisivo del hundimiento de la URSS la impotencia manifiesta a la hora de controlar la migración que a partir del año 1989 “se produjo en la RDA hacia Hungría, Checoslovaquia y la RFA”. Sobre todo, recordaba FFB, cuando en noviembre de aquel año se había producido la caída del muro de Berlín.

Atendiendo al argumento de Mitterrand, Mijail Gorbachov admitía la importancia de tales movimientos, pero sugería al mismo tiempo que la política soviética de no-intervención, en 1989-1990, no había sido consecuencia de la impotencia sino “una manifestación más de la voluntariedad de la nueva política exterior”, del alejarse de la política brezneviana de “soberanía limitada”. No sólo en el caso de Afganistán sino también en los países que entonces formaban parte del Pacto de Varsovia.

Ahora bien, proseguía el autor de Marx a contracorriente, mientras que en lo referente a la disgregación del Pacto de Varsovia Gorbachov piensa que en 1989 “se había creado algo así como un estado de necesidad y que, por tanto, la URSS ni tenía ni podía tener otra política distinta del dejar hacer”, al analizar el hundimiento, la desintegración de la URSS en 1991, el antiguo secretario general del PCUS ponía “el acento en la importancia que tuvo la acentuación de las tendencias centrífugas, disgregadoras y nacionalistas para el estado plurinacional que era la Unión Soviética.”

En su intervención en el foro del Colorado, Gorbachov señaló que la clave para explicar este último hecho, el final de la URSS, se había de buscar en lo ocurrido durante los meses que van de junio a diciembre de 1991. FFB recuerda las fechas siguientes:

la elección de Boris Yeltsin como Presidente (12 de junio), el intento de golpe de estado contra el propio Gorbachov (21 de agosto), la declaración del fin de la URSS por los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia y la fundación de la CEI (8 de diciembre), la asunción del mando de las fuerzas armadas por Boris Yeltsin (21 de diciembre) y la dimisión final del principal protagonista de la perestroika (el 25 de diciembre de 1991).

Qué ocurrió durante esos meses decisivos, se pregunta el autor de Poliética.

Más allá de la interpretación de Gorbachov, pero arrancando de ella, había que decir que se produjo entonces una amplísima coincidencia entre sectores muy diferentes de la población (y por motivos distintos) que se oponían al nuevo Tratado de la Unión en términos federativos.

La cuestión de las nacionalidades pasó a primer plano con virulencia precisamente porque siendo, como lo era, un asunto central en un estado plurinacional y pluriétnico había sido silenciado durante demasiado tiempo. Este silencio, del que hay que hacer responsable al grupo dirigente del PCUS en la época brezneviana, se convirtió casi de repente, como suele ocurrir, en contradicción clamorosa.

A partir de ese momento, prosigue FFB, ya no hubo una sola perestroika sino varias:

Contra la versión gorbachoviana de la perestroika federalista se unieron -”contra natura”, diríamos en el lenguaje político occidental- los representantes de las tendencias a la separación en seis de las repúblicas de la antigua URSS (Armenia, Georgia, Moldavia, Lituania, Estonia y Letonia), los representantes de las tendencias más oportunistas e irresponsables que en el seno del PCUS, y por razones de poder, deseaban desplazar a Gorbachov, y los representantes de la eslavofilia más o menos nostálgica del Imperio.

Lo que en lenguaje político ilustrado se tendía a llamar “contra natura” o antinatural, podía ser lo más natural del mundo desde el punto de vista sociocultural, advertía el estudioso de Karl Kraus. Sobre todo cuando lo más natural del mundo -las diferencias étnicas, lingüísticas y culturales, de un lado, y el mestizaje producido por las migraciones de otro-, era silenciado, ocultado o ideológicamente disfrazado, de manera que no llegaba “a tener expresión política propiamente dicha que es la mediación racional de las diferencias”.

En ese caso, prosigue el profesor de Filosofía moral y política, todas las palabras importantes del lenguaje político habitual -”autodeterminación”, “federalismo”, “socialismo”, “libertad”, “democracia”- cambiaban de sentido como por ensalmo. Y ya no se escuchaban los argumentos del otro sino que sólo se prestaba atención al sonido de las palabras. Yendo al caso:

Cuando pase el tiempo se verá que tan “antinatural” habrá sido el denominado “nacional-bolchevismo” como la declaración de Clinton llamando “triunfo de la democracia” a la consolidación del caos y de la catástrofe representados por Yeltsin.

Cuando falta mediación política, cuando falta cultura política -y ese era el caso de la URSS en su opinión-, “los deseos, los expectativas, los intereses y las pasiones de las gentes suelen asemejarse a un gran péndulo en el que da la impresión de que los extremos se tocan porque realmente los sujetos no saben dónde están, no saben nombrar todavía su posición, su ubicación”. Van y vienen de un lado a otro, sin que lleguen a encontrarse.

En este caso, el encuentro, cuando se produce si se produce, toma la formaba de la paradoja y de la catarsis. Rusia había sido históricamente -así se había dicho siempre- un país de extremos, de paradojas y de catarsis.

Cuando se pone en marcha -como solía recordar Dostoievski- se asemeja al viejo gigante que dormita durante décadas y décadas y creer tener que volver a empezar diciendo siempre desde el principio. Lo que el viejo gigante necesita es que alguien o alguienes le digan dónde se quedó la voz anterior, por qué camino iba. Por desgracia, los dirigentes políticos occidentales han demostrado una vez más en estos cinco años que no son ese alguien. Cabe esperar, por tanto, de nuevo, la paradoja histórica y la catarsis interior.

FFB pensaba entonces que, con el fin de la era Yeltsin, la paradoja histórica estaba a punto de llegar en Rusia. Las gentes se movían, volvían las manifestaciones por abajo. Las pancartas que las gentes llevaban en las manifestaciones de aquellas semanas volvían a llamar a las cosas por su verdadero nombre:

El pensamiento propio de los abajo sobre las realidades económicas y sociales está empezando a ocupar el lugar de la ideología y del verbalismo. Lo que dicen estas pancartas es veraz, digno y razonable. Es otra cosa: nada que ver con la nostalgia del autoritarismo burocrático ni con la fascinación inducida por un mercado que está resultando tan catastrófico para los de abajo como el viejo estatatismo.

Podía ser que Rusia, conjeturaba el autor de Utopías e ilusiones naturales, nos deparara todavía el espectáculo edificante de una nueva paradoja histórica:

La de acabar reconociendo, por aproximación de los extremos del péndulo, que Gorbachov habiendo equivocado en su momento las palabras tenía, sin embargo, razón en todo lo fundamental, a saber: en su apuesta por un punto de equilibrio entre mercado y estado y en su proyecto federalista para un conjunto de comunidades diferenciadas cuya separación precipitada empieza a verse ahora como una de las causas del hambre generalizado y de la desmoralización de las personas [la cursiva es mía]

Las paradojas históricas chocaban a menudo con el concepto racional de la justicia. Podría darse por tanto, señalaba Fernández Buey, que “el hombre del 1%” no volviera a tener un papel decisivo en la nueva Rusia. Tampoco de eso podría decirse el día de mañana que fuera “antinatural”.

Pero, ¿cuántas cosas “antinaturales” de este tipo, recordaba finalmente el analista de la perestroika, habíamos vivido también en esta otra parte de Europa? ¿No había dicho el revolucionario sardo, con razón remarcaba FFB, que la revolución de octubre de 1917 había sido una revolución contra El capital?

(VI) URSS/Rusia (1989-1996)

El autor de Marx (sin ismos) intervino el 4 de diciembre de 1996 en un programa matinal de TV3. En sus archivos de “Conferencias e intervenciones” puede localizarse el material que usó ese día. Lo tituló: “URSS/Rusia (1989-1996)”.

El escrito está estructurado en seis apartados.

En el primero, reflexionaba sobre las causas del final de la URSS. En estos términos:

La inadecuación del sistema sociopolítico soviético a los cambios acelerados en la estructura económica e industrial de la URSS. Eso está en la base del progresivo descrédito del sistema en muy amplios sectores de la población desde la década de los setenta.

Como consecuencia de las diferencias de renta existentes en la industria y por la situación regional de las principales materias primas (Siberia y Extremo Oriente), se fue creando, espontáneamente, “un subsistema no planificado pero caracterizado por grandes migraciones de población y la creación de un tipo de trabajador que buscaba sobresueldos fuera del sistema planificado mientras el resto vivía en “desierto de soledad e indiferencia” (Eugenio Varga)”.

Por otra parte, el retraso tecnológico de la URSS respecto de los EEUU en la fase decisiva de la llamada “segunda guerra fría” dejaba en gran parte sin valor “el enorme esfuerzo hecho por la industria militar soviética”.

Fernández Buey recordaba además:

1. Las consecuencias de la ofensiva estratégico-militar norteamericana en el plano nuclear en la primera mitad de la década de los 80.

2. Las consecuencias psicosociales que había tenido en la mayoría de la población rusa la intervención soviética en Afganistán.

3. La imposibilidad de seguir manteniendo por la fuerza el sistema internacional creado en torno al Pacto de Varsovia como consecuencia de la amplitud y aceleración de las protestas gubernamentales (Rumanía, Albania, Hungría) o populares (Polonia, Checoslovaquia, RDA).

4. La imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre la federalización de la antigua Unión al pasar a primer plano el problema de las nacionalidades y el resurgir de las tendencias nacionalistas en la gran mayoría de las repúblicas de la URSS (no sólo en los Países Bálticos, Armenia, Georgia y Ucrania, sino también en Rusia y Biolorrusia).

5. La división drástica de las élites gobernantes procedentes del PCUS desde 1989 en torno a las distintas versiones de la perestroika que hace crisis durante el año 1991.

El segundo apartado del escrito se titulaba “La estimación retrospectiva de los protagonistas”. Reflexionaba aquí el autor de Conocer Lenin y su obra sobre los escritos publicados en New Perspectives Quarterly de Los Angeles y en Courrier International nº 283, 4/10 de abril de 1996. Hablamos de ello en la entrega anterior.

Recuerdo brevemente algunas de sus consideraciones:

1. Se trataba de un documento excepcional para interpretar las causas históricas del hundimiento de la URSS por el papel protagonista de los convocados. Era, además, un documento apasionante tanto desde el punto de vista político como para la historiografía. Mostraba hasta qué punto el pasado reciente se interpretaba en función del presente.

2. Gorbachov, que seguía teniendo clavada la espina de su derrota en la URSS por la oposición a su proyecto de nueva federación de la antigua Unión, pensaba en aquel momento que el asunto de la identidad nacional en la época de la globalización de la economía era el más aguado de los problemas del mundo actual, relacionando esto con sus argumentos de entonces para reformar -sin descomponer- la URSS.

3. Había un aspecto particularmente interesante en esta conversación: la interpretación más lúcida de los hechos pasados y de la situación presente la hacía Margaret Thatcher, que ya había sido derrotada en el partido conservador inglés en 1990.

Por otra parte, el único de los cuatro protagonistas que hablaba como demócrata de verdad, en el sentido occidental del término, el único que tenía un concepto serio de democracia y hacía consideraciones pertinentes relacionadas con el gobierno del pueblo (entonces y ahora), y que no se quedaba en apreciaciones sólo geopolíticas o de alta política, era Gorbachov, “cuyo predicamento en su país es, como se sabe, casi nulo (no llega ni al uno por ciento de los votos en las últimas elecciones legislativas y presidenciales en Rusia)”.

4. Gorbachov negaba el papel decisivo de la IDS reaganiana en la caída de la URSS con dos argumentos. Primero: no admitía que las reformas iniciadas en 1985-86, conocidas con el nombre de perestroika, hubieran sido una consecuencia de la ofensiva estratégico-militar de Reagan-Thatcher, sino una decisión propia motivada por la necesidad de abordar con una nueva óptica liberalizadora los problemas internos. Segundo: mantenía que la lección que podría sacarse de esta interpretación de Thatcher para el futuro sería errónea (seguramente pensando que tal interpretación daba alas a los críticos del gorbachovismo en la propia URSS, luego en la CEI).

Gorbachov pone los acentos, por el contrario, en la decisión soviética de 1985, en el sentido de cambiar la política exterior (priorizar el desarme nuclear) y liberalizar las relaciones interiores para adaptar la estructura política de la URSS a los cambios que se habían producido en la economía y en la sociedad durante las décadas de los sesenta y setenta. Pero se ve obligado, naturalmente, a diferenciar lo positivo de la política de la perestroika (la liberalización y la tendencia pacifista) del resultado final de todo el proceso (la desaparición de la URSS), negativo también para él; de manera que, al valorar las causas del fracaso de la perestroika y del hundimiento de la Unión, tiene que poner el acento en otro asunto: las resistencias que hubo en la propia URSS a aceptar las reformas en curso, sobre todo en lo concerniente a la nueva configuración federal de la Unión.

5. Tanto en el caso de Thatcher como en el caso de Gorbachov se trataba de justificar, con la distancia del tiempo, las respectivas políticas seguidas entre 1986-1990. En el caso del segundo se trataba de justificar en 1995 la voluntariedad de una política, la perestroika, que, obviamente, “conduciría al fracaso político de su principal exponente en Rusia y a la desintegración definitiva del sistema que se pretendía reformar”. Atender sólo, o principalmente, a los factores internos permitía descargar la culpa del fracaso o de la derrota en la incomprensión y el primitivismo de gran parte de las compatriotas. Eso ligaba con el hecho, indiscutible, de que Gorbachov había sido, al mismo tiempo, el dirigente ruso más popular en Occidente y más impopular en Rusia.

6. Mientras que en lo referente a la disgregación del Pacto de Varsovia Gorbachov pensaba que en 1989 se había creado algo así como un estado de necesidad y que, por tanto, la URSS ni tenía ni podía tener otra política distinta del dejar hacer, al analizar el hundimiento de la URSS en 1991 el antiguo secretario general del PCUS ponía, en cambio, el acento en la importancia que tuvo la acentuación de las tendencias centrífugas, disgregadoras y nacionalistas para el estado plurinacional que había sido la Unión Soviética.

El tercer apartado lleva por título “Los hechos políticos más importantes desde 1990.” Los siguientes, según el que fuera profesor de Filosofía moral y política de la UPF.

1991. 12 de junio de 1991: Elección de Boris Yeltsin a la presidencia de Rusia (con el 57,3% de los votos)

21 de agosto de 1991: Fracaso del golpe contra Gorbachov.

8 de diciembre de 1991: los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia certifican en Minsk que la Unión Soviética “ya no existe” y deciden fundar la CEI abierta a todos los estados de la antigua URSS.

1992. 25 de diciembre de 1992: Destitución de Egor Gaidar, símbolo de la “terapia de choque”; le sustituye Víctor Chernomirdin

1993. 25 de abril de 1993: En un referéndum, el 58% de los votantes otorga su confianza a Boris Yeltsin (la cifra oficial de votantes fue del 52%, pero probablemente los votantes no llegaron al 46%, lo que invalidaba el referéndum).

1 de septiembre de 1993: Suspensión en sus funciones del vicepresidente Ruskoi y del viceprimer ministro Chumeico: disolución del Parlamento y convocatoria de elecciones legislativas anticipadas. Enfrentamiento con el Parlamento, que replica destituyendo al presidente y nombrado al general Ruskoi en su lugar.

4 de octubre de 1993: Asalto de las tropas a la “Casa Blanca”: 150 muertos. Detención de Ruskoi y Yasbulatov.

12 de diciembre de 1993: elecciones legislativas y aprobación de una nueva constitución que refuerza los poderes presidenciales.

1994. 11 de diciembre de 1994: Intervención de las tropas rusas en Chechenia

1995. 17 de diciembre de 1995: el PC de Guenadi Ziuganov gana las elecciones legislativas (22,3%) por delante del Partido Liberal Demócrata de Jininovsli (11,8%), Nuestra Casa Rusia de Cernomirdin (10,1%) y el grupo Iabloko de Javlinski (6.9%).

1996. 16 de enero de 1996: salida del gobierno de Anatoli Chubaia, pionero de las privatizaciones.

22 de febrero de 1996: Michel Camdessus, director general del FMI, anuncia la concesión de un crédito de casi 20 mil millones de dólares a Rusia

15 de marzo de 1996: la Duma anula disolución de la URSS.

29 de abril de 1996: prórroga de 25 años para devolver 40 mil millones de dólares de deuda exterior. El Banco Mundial anuncia la concesión de un préstamo de 200 millones destinado a mantener los servicios sociales.

16 de junio/3 de julio de 1996: elecciones presidenciales con victoria de Yeltsin sobre el PC en la segunda vuelta, gracias a la alianza con el general Lebed.

Junio de 1996: entre las dos vueltas de las elecciones: firma de la paz en Chechenia

17 de octubre de 1996: Yeltsin destituye a Lebed como responsable de la seguridad en Rusia.

5 de noviembre de 1996: primera huelga nacional contra la política del gobierno: 15 millones de personas se manifiestan en 76 regiones del país. Participan profesores, magistrados, mineros, obreros de la industria de armamento, médicos y militares, joóvenes en paro y estudiantes

El cuarto apartado -”Algunos datos sobre la evolución de la situación desde 1990”- se abría con una cita de Soros (“especulador financiero que subvenciona la ciencia rusa, en la televisión”): “Ustedes [Gaidar y Mostovoi] no han sabido aprovecharse de las ventajas de socialismo y han creado en su lugar un capitalismo perverso que sólo puede llevarles a la ruina”.

El autor de Leyendo a Gramsci recordaba los siguientes (dramáticos) datos:

1. La tercera parte de la población rusa vivía entonces por debajo del umbral de la pobreza; en los seis años transcurridos desde 1990 el índice de crecimiento había sido negativo.

2. En los tres años que siguieron al final de la URSS la producción descendió allí al 50%, poco más o menos lo que había caído en EEUU durante la gran depresión.

3. La situación de la sanidad y de la enseñanza había empeorado desde 1990 sensiblemente; el índice de mortalidad infantil había crecido desde entonces y la esperanza de vida había descendido; los científicos y técnicos de la antigua URSS se habían pasado a Occidente en busca de trabajo y los que quedaban allí se manifestaban últimamente protestando por el abandono de las instituciones científicas y educativas y por el impago de sus haberes:

4. La tasa de inflación en 1993 había llegado a ser del 1.500%

5. La deuda externa superaba los 120 mil millones de dólares

6. El pago de los salarios y la devolución de los créditos se había convertido en opcional, lo que en un caso llevaba a que en 1996 el Kremlin adeudara 8.000 millones de dólares en salarios y a que el que quería cobrar deudas se dedicara a reclutar matones en los círculos gansteriles (Las agencias privadas de seguridad empleaban a un millón y medios de hombres armados)

7. La tasa de criminalidad había aumentado en flecha durante los últimos años; sólo durante 1994 se habían tomado medidas disciplinarias contra más de 20.000 funcionarios por quebrantar la ley en la realización de investigaciones e interrogatorios (Amnistía Internacional, 1996); las condiciones de detención en cárceles para presos preventivos habían constituido trato cruel, inhumano o degradante; en Chechenia se había ejecutado extrajudicialmente a un mínimo de 24 personas y se habían denunciado numerosos casos de violaciones;

8. La privatización de las empresas públicas mediante la distribución gratuita de bonos y acciones entre los trabajadores (modo de accionariado popular aprobado por el soviet supremo en 1992) había acabado convirtiéndose en un gigantesco fraude usado por los traficantes para hacerse con la propiedad de las fábricas sin contar con el accionariado popular.

La antigua nomenklatura había aprovechado su poder anterior para constituir a toda velocidad sociedades anónimas copiadas del modelo occidental y colocarse en la fila para crear partidos bendecidos por Occidente. La especulación financiera había encontrado allí su nuevo reino.

9. La privatización de la industria del aluminio había dado origen a una corrupción monumental en la que habían estado implicados civiles y militares; las mafias campaban impunemente; preguntar en Rusia de dónde salía el dinero de los nuevos ricos se había convertido en una pregunta “totalitaria”.

10. Tal vez el ejemplo más significativo de la situación por la que estaba pasando la antigua URSS, el más cargado de futuro, era la decadencia de lo que había sido la gloria de la industria soviética del automóvil: Autovaz, la Fiat de Togliattigrado (con cien mil trabajadores en un complejo industrial-urbano de medio millón de personas). En los 80, Autovaz producía 750.000 Ladas al año y exportaba el 40% de ellos al extranjero. En aquellos momentos, estaba prácticamente en quiebra, mientras técnicos y políticos especulaban sobre qué era peor: si mantener la plantilla y el salario social, aún de tipo “soviético”, o despedir al 50% de los trabajadores.

11. El sistema político establecido se caracterizaba por un hiperpresidencialismo y una oligarquización de los medios de comunicación denunciada durante las legislativas del 95 y las presidenciales del 96 por todos los partidos políticos menos el “partido del gobierno” y por la gran mayoría de las personalidades independientes. Los principales grupos de presión controlan el 70% de la economía y la mayoría de los medios de comunicación;

12. El índice de objetores al servicio militar alcanzaba ya al 50% de los jóvenes

El apartado 5º -”Algunas valoraciones de estos últimos años” se abría con una cita del alcalde Moscú: “La mayor catástrofe de la historia mundial”: Lujkov, alcalde de Moscú, refiriéndose a las privatizaciones de Chubáis.

Se comprendía, señala Fernández Buey, que en una situación así el 88% de los ciudadanos, según diversas encuestas de aquellos años, manifestaran ya en 1994 su descontento con la “democracia” realmente existente en el país. Ese dato explicaba el éxito del partido comunista ruso en las legislativas de 1995.

Se comprendía menos que, conociendo esa situación, los gobernantes de los países occidentales, del BM y del FMI siguieran haciendo declaraciones sobre “la democratización” de la Rusia de Yelstin, y que el canciller Kohl declarara en 1994 que “no hay que ser puntillosos en la denuncia de las violaciones de los derechos humanos en Rusia”; que las instituciones internacionales condicionaran los nuevos créditos a la victoria de Yeltsin en las presidenciales, y que el presidente Clinton comentara a las pocas horas de conocerse el resultado de la segunda vuelta de las presidenciales rusas que “había triunfado la democracia”.

La gran mayoría de los analistas rusos -Solchenitsin, Zinoviev, los herederos de los disidentes que se quedaron en el interior, como Roy Medvedev, A. Buzgalin. B. Kagarlitvski o K. Maidanik- y los analistas serios e independientes de la Europa occidental -K. S. Karol, Jacques Sapir- coincidían en calificar la situación de Rusia durante esos cinco años de “caos”, “catástrofe”, “crisis sin precedentes”, etc. La mayoría de ellos habían denunciado en esos años la complicidad y la hipocresía de los gobiernos occidentales en esta situación.

Los ejemplos dados por el que fuera también profesor de Metodología de la ciencia:

Jacques Sapir, Le Chaos russe, La Découverte. París, 1996, veía “inquietantes parentescos” y “vergonzosas complicidades ideológicas” entre los gobernantes rusos y los gobernantes occidentes y no dudaba en considerar “hipocresía” la preocupación manifestada por estos últimos ante la recuperación de los comunistas en las elecciones legislativas.

Ryszard Kapucinski, Imperium, Plon, París, 1994 caracterizaba la situación como de “pobreza generalizada”, con escasez de todo lo vital (vivienda, alimentación, vestido). Consideraba el estado de ánimo de la población como de “espantosa desmoralización” y “corrupción endémica”.

Ignacio Ramonet, Le Monde diplomatique, noviembre de 1996, daba algunos de los datos del caos y veía el presente como “una verdadera guerra por la sucesión de Yeltsin en un sistema hiperpresidencialista”.

K. S. Karol, “Viraje en el Kremlin”, El País, 18/XI/1996, consideraba que cuatro años después de la “terapia de choque aplicada por Egor Gaidar y de la privatización puesta en práctica por Antoli Chubáis, Rusia era un país en bancarrota.

Esa era también la conclusión de los principales economistas liberales del país. Se intentaba solventar la situación mediante la recaudación de impuestos impagados para lo cual se había creado una nueva “cheka” (comisión extraordinaria). El problema era que los principales cabecillas de la evasión fiscal se sentaban en el Kremlin y, por lo tanto, el “partido del poder” no tenía otra salida que llegar a un acuerdo con los comunistas de Ziugánov.

Tataina Kochkareva, Nezavissimaia Gazata, noviembre de 1996, apuntaba también que la situación económica y presupuestaria de Rusia era “catastrófica”:

En la sesión parlamentaria del 3 de octubre último todos los diputados por unanimidad, han declarado insatisfactoria la gestión presupuestaria del gobierno y se han referido “a la indisciplina que reina en Moscú y en las regiones”; se criticaron allí los gastos colosales dedicados a la guerra en Chechenia y a la campaña presidencial. Kochkareva compara la reciente comisión creada (Vetcheka) para intervenir en el tema del fraude fiscal con la antigua “cheka” y dice a continuación que si Lenin viera esta situación hoy consideraría que el país está maduro para la revolución: el hecho de que los eslóganes políticos estén ausentes de las recientes manifestaciones de descontento se debe sólo a que las masas desfavorecidas no han encontrado todavía un líder unificador. De ahí que el “partido del poder” esté buscando a toda costa un acuerdo con el “partido de la oposición”.

Bernard Frederick, “¿Hacia un poder compartido en Rusia?”, Le Monde diplomatique, junio de 1996, argumentaba la idea de un acuerdo entre el “partido del poder” y el “partido de la oposición” sobre la base del llamamiento “de trece eminentes representantes de la banca y de la industria firmado en abril de este mismo año, en el momento de las últimas presidenciales”. Parecía que más de un tercio de electorado, según los sondeos, desearía un acuerdo de esas características. Frederick creía que “Rusia se halla ante un nuevo punto de inflexión en su historia” y que la era posYeltsin había comenzado.

Ya en esa fecha se hablaba de una reorientación de la política del Kremlin con un desplazamiento del clan liberal y pro-occidental por el clan estatista y eslavófilo. En general parece que hoy la mayoría de la oposición y buena parte de la opinión está a favor de la lucha contra la corrupción, una vuelta a la regulación por el Estado, de la reorientación social y la repatriación de los capitales exportados al extranjero. Guenadi Ziugánov parece inclinado al acuerdo. Alexandr Buzgalin ha descrito así a Ziugánov: “socialdemócrata en economía, estatista en política, comunista-cristiano ortodoxo en el terreno ideológico y nacionalista en todo lo demás”.

Alexandr Solzhenistsin, “Rusia en estado preagónico”, El País, 27/XI/1996, negaba la idea que habitualmente se había difundido en Occidente de la situación rusa, “a saber que se haya instaurado allí una democracia y que se hayan realizado reformas encaminadas a establecer el libre mercado”. La libertad de prensa era ilusoria: los periódicos estaban confinados por quienes los financiaban. Los soviets habían sido suprimidos y no había organismos de autogestión en ninguno de los niveles de la sociedad por decisión del gobierno. Las asambleas legislativas estaban enteramente bajo las órdenes de los gobernadores. No existían vías legales para que el pueblo pudiera acceder a la autogestión. La Duma estatal estaba aplastada por el poder presidencial y disponía de derechos muy reducidos. Se había seguido el peor de los modelos al montar la campaña electoral presidencial con fondos públicos. No había habido verdadera discusión programática de fondo.

El sistema de gobierno que se había creado tenía la misma falta de control, la misma falta de responsabilidad ante el cuerpo social y la misma impunidad que el antiguo poder comunista: se basaba en el oscurantismo y en la vaguedad. El imperativo moral del poder era “no traicionar a los suyos y no revelar sus faltas”. El poder existente era una oligarquía de 150 o 200 personas, una mezcla de las antiguas instancias comunistas y de los nuevos ricos poseedores de fortuna por bandidaje. Había corrupción y no había justicia: todo el sistema judicial se encontraba atado en sus acciones y en sus prerrogativas. Había una duplicación de consejos por encima del parlamento y la constitución. La llamada “reforma liberal” de Gaidar había destruido el aparato productivo y abierto el camino al monopolismo.

“Perspectivas” era el título del último apartado del material que usó para su intervención en TV3.

En su intervención en el foro del Colorado, recordaba el compañero y discípulo de Manuel Sacristán, Gorbachov mantenía que la clave para explicar este último hecho, el final de la URSS, se había de buscar en lo ocurrido durante los meses que iban de junio a diciembre de 1991. Las fechas: la elección de Eltsin como Presidente (12 de junio), el intento de golpe de estado contra el propio Gorbachov (21 de agosto), la declaración del fin de la URSS por los presidentes de Rusia, Ucrania y Biolorrusia y la fundación de la CEI (8 de diciembre), la asunción del mando de las fuerzas armadas por Boris Eltsin (21 de diciembre) y la dimisión final del principal protagonista de la perestroika (el 25 de diciembre de 1991).

¿Qué había ocurrido durante esos meses decisivos? Lo siguiente:

Más allá de la interpretación de Gorbachov, pero arrancando de ella, hay que decir que se produjo entonces una amplísima coincidencia entre sectores muy diferentes de la población (y por motivos distintos) que se oponían al nuevo Tratado de la Unión en términos federativos. La cuestión de las nacionalidades pasó a primer plano con virulencia precisamente porque siendo, como lo era, un asunto central en un estado plurinacional y pluriétnico había sido silenciado durante demasiado tiempo. Este silencio, del que hay que hacer responsable al grupo dirigente del PCUS en la época brezneviana, se convirtió casi de repente, como suele ocurrir, en contradicción clamorosa.

A partir de ese momento ya no hubo una sola perestroika sino varias:

Contra la versión gorbachoviana de la perestroika federalista se unieron -”contra natura”, diríamos en el lenguaje político occidental- los representantes de las tendencias a al separación en seis de las repúblicas de la antigua URSS (Armenia, Georgia, Moldavia, Lituania, Estonia y Letonia), los representantes de las tendencias más oportunistas e irresponsables que en el seno del PCUS, y por razones de poder, deseaban desplazar a Gorbachov, y los representantes de la eslavofilia más o menos nostálgica del Imperio.

Lo que en lenguaje político ilustrado se tendía a llamar “contra natura” o antinatural, podía ser lo más natural del mundo desde el punto de vista sociocultural. Sobre todo cuando lo más natural del mundo -las diferencias étnicas, lingüísticas y culturales, de un lado, y el mestizaje producido por las migraciones de otro-, insistía Fernández Buey, era silenciado, ocultado o ideológicamente disfrazado, de manera que no llegaba a tener expresión política propiamente dicha que es la mediación racional de las diferencias.

En ese caso todas las palabras importantes del lenguaje político habitual -”autodeterminación”, “federalismo”, “socialismo”, “libertad”, “democracia”- cambian de sentido como por ensalmo. Y no se escuchan los argumentos del otro, sino que sólo se presta atención al sonido de las palabras. Yendo al caso: cuando pase el tiempo se verá que tan “antinatural” habrá sido el denominado “nacional-bolchevismo” como la declaración de Clinton llamando “triunfo de la democracia” a la consolidación del caos y de la catástrofe representados por Yeltsin.

Cuando faltaba mediación política, cuando faltaba cultura política -y ese había sido el caso de la URSS- los deseos, los expectativas, los intereses y las pasiones de las gentes solían asemejarse a un gran péndulo en el que daba la impresión de que los extremos se tocaban porque realmente los sujetos no sabían dónde estaban, no sabían nombrar todavía su posición, su ubicación.

Van y vienen de un lado a otro sin encontrarse. En este caso el encuentro cuando se produce, toma la forma de la paradoja y de la catarsis. Rusia ha sido históricamente -se ha dicho siempre- un país de extremos, de paradojas y de catarsis. Cuando se pone en marcha -como solía recordar Dostoievski- se asemeja al viejo gigante que dormita durante décadas y décadas y creer tener que volver a empezar diciendo siempre desde el principio. Lo que el viejo gigante necesita es que alguien o alguienes le digan dónde se quedó la voz anterior, por qué camino iba. Por desgracia, los dirigentes políticos occidentales han demostrado una vez más en estos cinco años que no son ese alguien. Cabe esperar, por tanto, de nuevo, la paradoja histórica y la catarsis interior.

FFB pensaba que, con el fin de la era Yeltsin, la paradoja histórica estaba a punto de llegar en Rusia.

Las gentes se mueven: vuelven las manifestaciones por abajo. Las pancartas que las gentes llevan en las manifestaciones en estas últimas semanas vuelven al llamar a las cosas por su verdadero nombre a las cosas por su verdadero nombre: el pensamiento propio de los abajo sobre las realidades económicas y sociales está empezando a ocupar el lugar de la ideología y del verbalismo. Lo que dicen estas pancartas es veraz, digno y razonable. Es otra cosa: nada que ver con la nostalgia del autoritarismo burocrático ni con la fascinación inducida por un mercado que está resultando tan catastrófico para los de abajo como el viejo estatismo.

Podía ser que Rusia nos deparara todavía el espectáculo edificante de una nueva paradoja histórica:

La de acabar reconociendo, por aproximación de los extremos del péndulo, que Gorbachov, habiendo equivocado en su momento las palabras, tenía, sin embargo, razón en todo lo fundamental, a saber: en su apuesta por un punto de equilibrio entre mercado y estado y en su proyecto federalista para un conjunto de comunidades diferenciadas cuya separación precipitada empieza a verse ahora como una de las causas del hambre generalizado y de la desmoralización de las personas. [la cursiva es mía]

VII) Prólogo a La caída del imperio del mal. Ensayo sobre la tragedia de Rusia, de Zinoviev

Francisco Fernández Buey escribió un prólogo para la edición castellana de La caída del imperio del mal. Ensayo sobre la tragedia de Rusia, de Alexandr Zinoviev (Ediciones Bellaterra, Barcelona, pp. 9-22), un ensayo traducido por Juan Vivanco.







Fechada en 1999, dividió su presentación en tres apartados. En el primero, dibujó una semblanza del lógico, novelista y filosofía de la ciencia ruso:





 

Alexandr Zinoviev nació en octubre de 1922 en la aldea de Pajtino, del distrito de Chujloma, región de Kostroma, en el seno de una familia muy numerosa. Su madre era una campesina koljosiana y su padre era obrero pintor. Desde los once años vivió con su padre en Moscú y allí estudió. En 1939 empezó la carrera de filosofía y ya ese año fue expulsado del Komsomol (Juventudes Comunistas) por criticar el culto a Stalin.

La guerra interrumpió sus estudios. Y durante la guerra sirvió en la caballería, en las fuerzas acorazadas y en la aviación. Al acabar la segunda guerra mundial, ya licenciado, habitó con la mayor parte de su familia en un húmedo sótano moscovita de diez metros cuadrados. Desde allí reanudó los estudios de filosofía y los terminó en 1951. Se doctoró con una tesis de resonancias hegelo-marxianas titulada El método para ascender de lo abstracto a lo concreto, en la que exploraba varios temas de El capital de Marx. Simultáneamente trabajó como cargador, cavador, auxiliar de laboratorio, traductor y maestro de escuela. Además, entre 1948 y 1954, enseñó lógica y psicología.

En 1954, prosigue el autor de Marx (sin ismos), Zinoviev entró en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS donde trabajó hasta 1976.

Pero ya en 1958 abandonó su proyecto sobre El capital, destruyó el libro al que había dedicado ocho años y empezó a especializarse en el campo de la lógica matemática y de la metodología de la ciencia. A partir de entonces se ocuparía de temas de la lógica clásica con atención preferente a su aplicación al análisis del lenguaje científico. Desde 1967 a 1976 dirigió la cátedra de Lógica en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS y fue también miembro de la redacción de la revista Problemas de Filosofía. Durante esos años publicó varios libros en inglés y alemán, el más importante de los cuales es Foundations of the Logical Theory of Scientific Knowledge (1973). Como reconocimiento de esta actividad fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Finlandia en 1974.

En una nota autobiográfica de 1978, nos recuerda el coautor de Ni tribunos, Zinoviev describía así su trayectoria político-ideológica:

Desde mi juventud fui anti-estalinista y hasta el fallecimiento de Stalin consideré que la labor más importante de mi vida era hacer propaganda anti-estalinista. Después de la muerte de Stalin ingresé en el PCUS con el propósito de luchar legalmente contra el estalinismo. Pero pronto pude observar que de esa tarea se ocupaban los propios estalinistas y que yo no tenía nada que hacer en eso. Así que decidí militar de una manera puramente formal (algo muy característico en los medios intelectuales soviéticos de entonces). En junio de 1976 me di de baja del Partido: dejé de cotizar y devolví el carnet. Formalmente fui expulsado del Partido en noviembre o diciembre de 1976.

En enero de 1977, el autor de Cumbres abismales era ya considerado un “disidente”. Fue despedido del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS. Empero, prosigue uno de los fundadores de mientras tanto, aprovechando

[…] la invitación a un congreso científico internacional, algunos meses más tarde, pudo viajar a Alemania y se quedó allí. A partir de entonces vivió en Munich y en Zurich. Así pues, cuando llegó a la Europa occidental Alexandr Zinoviev era relativamente conocido en los medios académicos por sus trabajos de lógica y metodología de las ciencias. Y sobre estos temas todavía siguió publicando esporádicamente en los años siguientes: Logical Physics (1983). Pero la publicación por L’Âge d’Homme, en 1976, de su obra Cumbres abismales [Ziyaintshie vysoty] empezó a cambiar la consideración en que se le tenía hasta entonces. A pesar de lo cual, hay que decir que la preocupación lógico-metodológica (presentada a veces en serio y otras irónicamente) no sólo es patente en Cumbres abismales sino que constituye uno de los hilos conductores del libro que dio fama mundial a Zinoviev.

Lector apasionado del ensayo, Francisco Fernández Buey se aproximaba a las Cumbres del escritor ruso en estos términos:







Cumbres abismales es una obra soberbia, aunque de tono muy distinto al de las obras que por entonces habían publicado o estaban publicando otros disidentes soviéticos, como Solzhenitsyn o Amalric. Para mi gusto es la más fascinante de las críticas de la sociedad soviética de los años del estalinismo y del breznevismo. Lo que domina en ella no es la queja apocalíptica, ni el espíritu profético, ni la nostalgia, sino la ironía, el absurdo y el sarcasmo; un sarcasmo de aquellos de los que decía Gramsci que hacen mella. Presentada como si se tratara de un manuscrito encontrando en un basurero, la obra disecciona y caricaturiza las relaciones sociales, los tópicos ideológicos y la vida cotidiana en una ciudad imaginaria significativamente llamada Ibansk. Zinoviev juega ahí con el sufijo habitual de muchos pueblos y aldeas rusos, relacionado con un nombre corriente, Iván, y lo junta con el vocablo “ebat” (o sea, “joder”). En la traducción castellana de Luis Gorrachategui este juego ruso de palabras da el nombre de la ciudad sobre cuya vida ironiza Zinoviev: Jodensk.

Cumbres mezclaba los géneros de una manera que no tenían parangón en la literatura rusa de la disidencia.

Por su dimensión y estructura, por su barroquismo, por la capacidad del autor para aunar y alternar análisis, crítica, ironía, argumentación, juegos lingüísticos, diálogo del absurdo y paradojas, o para formular bromas imaginativas y crear caricaturas de personajes realmente existentes (el Calumniador, el Esquizofrénico, el Gritón, el Miembro, el Charlatán, el Desviacionista, el Mínimo…), Cumbres abismales trae a la memoria del lector El criticón de Baltasar Gracián o Los últimos días de la humanidad de Karl Kraus. Comparte, además, con estas otras obras, y con algunas piezas contemporáneas de la literatura del absurdo, la agudeza de espíritu, la crítica despiadada de las ideologías dominantes, la atención prestada a las consecuencias prácticas de la perversión de las palabras, la importancia dada a la recuperación del concepto y también, implícitamente, la conciencia moral. En algunos pasos su autor recuerda ironías y situaciones de Saltykov-Schedrin, de Gogol y de Chéjov. La fusión entre análisis descriptivo, intención antiideológica lograda y lucidez dan en esa rara pero, por lo demás, conocida paradoja según la cual la caricatura acaba resultando más real que lo que creíamos que era la realidad misma. Y como ocurre a veces con los resultados del pesimismo de la inteligencia, el carácter sombrío del cuadro que crea puede acabar siendo un gozo para el espíritu, un estímulo para todo aquel que quiera seguir pensando fuera de los tópicos establecidos, de los idola de la tribu.

De ese tronco salían otros brotes igualmente interesantes, señalaba el autor de Por una universidad democrática. Algunos en forma narrativa, otros en forma directamente ensayística.

Cuatro de ellos conservan el tono, la intención sarcástica y las delirantes descripciones de Cumbres abismales: Las notas de un vigilante nocturno (1975), El radiante porvenir (1976), La antecámara del Paraíso (1977) y La casa amarilla (1978). Pero durante aquellos años de la segunda fase de la guerra fría Zinoviev escribió también obras ensayísticas o sociológicas cuyos títulos son igualmente significativos: Sin ilusiones (1979), El comunismo como realidad (1981), Nosotros y Occidente (1981), Homo sovieticus (1982), Ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad (1983).







 

A partir de la perestroika gorbachoviana, y, aún más acentuadamente, después de la desaparición de la URSS, señala el que fuera profesor de Metodología de la Ciencia de la Facultad de Económicas de la UB, Zinoviev empezó a torcer el bastón de su análisis en la otra dirección:

la denuncia del occidentalismo y la crítica de la triunfante crítica, anticomunista, del comunismo derrotado. Sin perder la ironía, su escritura se hizo entonces menos sarcástica y más directa y explicativa.

A esta fase correspondían obras como El gorbachovismo (1987), Las confesiones del hombre del exceso (1990), Perestroika y contra-perestroika (1991), Katastroika (1992) y Occidentalismo. Ensayo sobre el triunfo de una ideología (1995). En su opinión, La caída del imperio del mal era, en cierto modo, una síntesis de las ideas desarrolladas en esas otras obras.













 

El segundo apartado del prólogo se abría con estas palabras:

Desde que leí hace veinte años Cumbres abismales siempre he considerado a Alexandr Zinoviev como uno de los analistas más lúcidos del último tercio del siglo XX. He buscado y leído en todas las lenguas que puedo leer todas y cada una de las obras que Zinoviev iba publicando. Y en todas he encontrado análisis originales, sugerencias de nota y materia para la reflexión. Siento no haber podido leerle en ruso porque presiento que las otras lenguas europeas no acaban de captar toda la profunda ironía y el sarcasmo que hay en la transparente prosa analítica de Zinoviev, en su serio humorismo y en sus juegos lingüísticos, que a veces me recuerdan el pensamiento de nuestro Joaquín Rábago, “El Roto”, otro abridor de ojos.

Y uno de sus filósofos-humoristas más reconocidos. Zinoviev era un escritor iconoclasta, inclasificable.

Un pensador de los que no tienen escuela ni seguramente la harán. La cubierta de la edición castellana de Cumbres abismales, publicada por Ediciones Encuentro en 1979, es un montaje fotográfico realizado por Pablo Díaz Campoó sobre un dibujo original del propio Zinoviev: en el centro de ese montaje una enorme rata roja deambula amenazadoramente por los tejados planos de una ciudad semisumergida en la que domina un bloque de edificios cuadrados sobre tonos negros y agrisados; al fondo y arriba, entrevistas entre el sol y la luna, las cumbres que se supone van a dar al abismo. La cubierta de la edición francesa de El comunismo como realidad, en L’Âge d’Homme, es otro montaje concebido a partir de un dibujo de Zinoviev: sobre un rectángulo de fondo intensamente rojo dos ratas con rasgos humanoides, en posición erguida, frente a frente; están entrelazadas por los rabos, se sostienen sobre garras, chocan dos de sus manos-patas y aprietan con las otras dos el pescuezo de la oponente para ahogarse mutuamente.







Ya eso daba una idea de lo que Zinoviev quería describir. La reflexión sobre las ratas era uno de los temas de Cumbres abismales:

“Pesimismo cósmico”, dijo lapidariamente algún crítico cuando esas obras aparecieron. Y cuando diez años después, con motivo de un encuentro sobre la perestroika, pregunté a un amigo ruso sobre la obra de Zinoviev (que, en plena euforia de los occidentalistas, acababa de publicar un nuevo libro con el inequívoco titulo de Katastroika), éste, el amigo ruso, me dijo: “¿Zinoviev? ¡Pero si es El Demonio…!” (Lo escribo con mayúsculas por el tono empleado). Nunca yo me había imaginado al demonio así. Pero querría entender la expresión del amigo ruso y tratar de explicar ese sentimiento a los demás. Lo haré dando un rodeo.

La idea central del rodeo es casi una constante político-cultural en el Paco Fernández Buey de sus últimos años:

El gran Maquiavelo, en los orígenes de la modernidad, justo en el momento en que se disponía a abrir los ojos de sus contemporáneos a los misterios de la política (esto es, de la política que se hace, no de la política que se dice que se hace), escribió al padre de la historiografía moderna, Francesco Guicciardini, algo así: “Nada de imaginar paraísos. Lo que hay que hacer es conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos”.







 

Eso era lo más a lo que podían aspirar los seres humanos en este mundo de la política moderna.

Durante mucho tiempo Maquiavelo fue considerado por las almas cándidas y por los amigos del Poder que se hacían pasar por cándidos como el demonio por antonomasia. Pero con el paso de los siglos, la ayuda de la historiografía y la reflexión sobre el Político hemos llegado a saber que no es el demonio quien enseña a los mortales los caminos que conducen al infierno (y menos para evitarlos) sino los lógicos y analíticos que en una cultura laica deberían estar considerados ya -¿por qué no?- como ángeles guardianes de la ciudadanía. Maquiavelo es la inversión directa del Gran Inquisidor en versión dostoievskiana. Quien no sepa ya esto es que no sabe nada del mundo de la política estrechamente vinculada desde entonces al poder del Estado. Y para que no se me entienda mal añadiré: a una conclusión muy parecida llegaron, por vías diferentes pero pensando sobre la misma cosa (o sea, en la interpretación de Maquiavelo) otros dos grandes de nuestro siglo: Antonio Gramsci e Isaiah Berlin.

No podía documentar aquí el rodeo: no era ni el sitio ni el momento. Sólo quería sugerir con él que tal vez

[…] con la obra de Alexandr Zinoviev, “El Demonio” del amigo ruso, pase algo parecido a lo que ocurrió con Maquiavelo. Eso sí: dentro de unos años, cuando los ecos de la guerra fría sean ya sólo eso, ecos en nuestras mentes. Zinoviev no es propiamente un novelista, ni un sociólogo ni un politólogo. Es un narrador de la mecánica social, un estudioso de la lógica del espíritu comunitario. Es un hombre que declara la aspiración de hacer ciencia de lo social. Un hombre que ha encontrado otra forma, y muy peculiar, de decir la verdad en una época en que la mera expresión “decir la verdad” está mal vista. Y doblemente mal vista cuando la verdad que se dice es igualmente amarga para los ideólogos de aquel sistema llamado “comunista” como para los ilusos del final de las ideologías. Él ha hecho la crítica más drástica, más radical, de lo que se llamó comunismo o socialismo real y, al mismo tiempo, la crítica más contundente y despiadada del occidentalismo capitalista.

El lógico y filosofía de la ciencia ruso era uno de esos autores que daban muy pocas cosas por supuesto. No se dejaba coger por el recubrimiento ideológico de las palabras al uso. Sabía que ésa, la ideológica, había sido siempre la forma en que los hombres prostituían las mejores palabras y vendían el concepto al mejor postor.

En esto Zinoviev tiene algo del Voltaire recordado por Musil: “Los hombres se sirven de las palabras para ocultar sus pensamientos y de los pensamientos para justificar sus injusticias”. He aquí su versión del viejo asunto: ”El poder de las palabras sobre los hombres es en verdad sorprendente. En lugar de utilizarlas sencillamente como medios que permitan fijar los resultados de las observaciones sobre la realidad, los hombres sólo ven la realidad bajo el deslumbramiento de las palabras y casi siempre consideran ésta como algo secundario por comparación con lo que constituye su principal preocupación: la manipulación de las palabras”.

Robert Musil

Cuando Zinoviev pintaba ratas rojas con rasgos humanoides para ilustrar sus libros no había que engañarse. No estaba queriendo decir que los hombres sean ratas.

Está insinuando -con humor negro, eso sí- que una de las variantes de la plasticidad de la naturaleza humana, favorecida en su desarrollo celular por cierta historia y cierta estructura social, es la visión ratonil del mundo. No es cinismo, en el sentido vulgar de la palabra, lo que anima a Zinoviev; es, en el fondo, la misma conciencia moral que alimentaba ya los sarcasmos de la parte final del erasmiano Elogio de la locura, de la Nave de los locos de Sebastian Brandt o del contemporáneo teatro del absurdo.







 

 

Zinoviev era, sobre todo, un anatomista en la acepción barroca de la palabra. Un anatomista no era un carnicero pero tampoco era un sociólogo o un politólogo que se piensa neutral. El mismo lógico ruso lo había dicho así, nos recuerda Fernández Buey:

Un carnicero enumera las partes de un buey de forma diferente a como lo hace un anatomista, aunque a veces sus resultados pueden coincidir. En la mayoría de los trabajos sociológicos, politológicos y económicos de los que yo tengo conocimiento, la sociedad ha sido analizada de acuerdo con los principios del carnicero, no del anatomista.

Un anatomista, en el sentido de Zinoviev, es un lógico humanista desencantado que no creía ya ni en ciudades ideales ni en utopías, señalaba el autor de Utopías e ilusiones naturales:

Pero que sabe que el instinto de la comunidad sigue siendo uno de los rasgos esenciales de la naturaleza humana, un rasgo particularmente conformado en el caso de algunos pueblos por la propia historia. Rusia, su país de origen, le parece a Zinoviev uno de esos casos. El más manifiesto en el mundo del siglo XX. Y por eso distingue entre la crítica ideológica del comunismo y la explicación de lo que fue el “comunismo” realmente existente. Sostiene Zinoviev que éste tuvo su base en el tradicional sentimiento comunitario del pueblo ruso, luego planificadamente organizado por el Estado y por el Partido durante décadas. Y a partir de ahí, volviendo del revés el calcetín de la ideología (su mentira y la realidad a la que dio lugar, puesto que la mentira produce realidades), explica tanto el fracaso de lo que se llamó comunismo como el caos que se creó en Rusia a partir de la perestroika.

El resultado de la aplicación del escalpelo a la comprensión de lo que fue aquella sociedad, hasta llegar a sus células constitutivas, venía a ser una paradoja en opinión de Fernández Buey:

un punto de vista tan alejado de lo que han dicho la mayoría de los sociólogos y politólogos occidentales como la mayoría de los ideólogos del comunismo real. En las calles de Moscú esta paradoja se suele expresar ahora así: “De todas las mentiras que nos contaron los comunistas había una que era verdad: el capitalismo es peor”.

En el tercer y último apartado, el prologuista comentaba que era dudoso que la forma en que Zinoviev había expresado esa paradoja en La caída del Imperio del mal llegara a enlazar, al menos por el momento, con la broma que entonces se oía en los barrios populares de Moscú.

Tampoco sabía cómo iba a ser acogida en Moscú la declaración reciente de Zinoviev en el sentido de que “el comunismo era tal vez lo mejor para el pueblo ruso en aquellas circunstancias”, aunque no para él.

Para que el pensamiento paradójico de anatomistas así llegue a enlazar con los chistes paradójicos de las gentes hace falta tiempo, conciencia de las propias contradicciones y otras mediaciones. Eso no se construye en cuatro días. Y menos ante la contemplación del caos económico, social y político que es ahora [septiembre de 1999] lo que fue la URSS.

La forma en que el autor ruso había dicho su verdad (que, en opinión de Fernández Buey, era la forma de la verdad que más se acercaba a la verdad de fondo) tenía una peculiaridad que enlazaba mal con alguno de los rasgos del sentimiento comunitarista que el mismo Zinoviev defendía: “es lógica, clara, sencilla y anti-ideológica”, tan contundente “en la crítica de la mentira institucionalizada como de la ignorancia sin institucionalizar”.

El anatomista ruso no ahorraba adjetivos cuando trataba de expresar esa verdad de fondo.

Y en su crítica del teatro de marionetas en que ve convertido su país no deja, como suele decirse, títere con cabeza. Por lo visto, ya no se escribe así. Ni siquiera en Rusia. El posmodernismo ha hecho a un lado, con razón, el moralismo y la jeremíada; pero, tal vez exagerando la misma razón que le da su fuerza, tiene horror a llamar a las cosas por su nombre. Se escuda en la existencia de la complejidad para declarar que todo es demasiado complejo. Zinoviev, en cambio, llama a las cosas por su nombre. Y en ese llamar a las cosas por su nombre le sale, también a él, el grito de la conciencia moral, un par de veces repetido en este libro: “¡Que país, Dios santo, qué pueblo!” (págs. 109 y 149). Sabemos: cuando hace uso del escalpelo el anatomista no suele decir cosas así. Y por eso digo yo que Zinoviev no es “El Demonio”, sino otro miembro de la especie de los humanistas con conciencia de la tragedia que es la Historia [la cursiva es mía]

 





 

Al leer la retahíla de adjetivos que Zinoviev había lanzado sobre Gorbachov y los gorbachovianos, sobre Yeltsin y sobre la casi totalidad de la nueva nomenklatura rusa, algunos lectores darían en pensar quizás que todo eso era excesivo e impropio, además, de un lógico frío y analítico.

Pero, además de constatar que cuando nuestro analista desesperado acude a los peores adjetivos (“traidores”, “canallas”, “imbéciles”, “lacayos”, “pusilánimes”, “cobardes”) ha tenido la valentía de incluirse él mismo pasando a la primera persona del plural, el lector encontrará en la realidad misma motivos fundados para preguntarse: ¿y qué palabras emplear para calificar actuaciones cuyos resultados ahora ya empiezan a ser reconocidos por todos?, ¿cómo llamar en 1999 a este desastre histórico, probablemente el más grande de los desastres del siglo XX, que fue “la caída del imperio del mal”?

Los adjetivos que empleaba Zinoviev en la parte doliente de La caída del imperio del mal habían sido escritos entre 1994 y 1995. Por entonces todavía se estaba diciendo aquí, en Occidente, recuerda el autor de Conocer Lenin y su obra, que Rusia caminaba hacia la democracia de la mano del “amigo demócrata” Boris Yeltsin.

El Fondo Monetario Internacional hizo su apuesta anticomunista en favor de alguien que mandó bombardear el Parlamento del propio país y condicionó así, decisivamente, desde fuera, el desarrollo de las elecciones presidenciales rusas. Hoy, cinco años después, los mismos que ayudaron a ese desastre llaman al régimen que contribuyeron a crear “cleptocracia oligárquica”. Y Michael Camdessus, director del FMI, declara que “hemos contribuido a crear allí un desierto institucional y una cultura del engaño”. Cierto. Pero la verdad es aún más amarga. Es peor que eso. Democracia, hablando con propiedad, no hay allí (ni, hablando con la misma propiedad, tampoco aquí, por cierto).

La democracia seguía siendo un ideal (una noción que no le abandonó hasta el final de sus días). Pero allí, en Rusia, había además algo infamante.

El Informe que acaba de elaborar el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo confirma, para el caso de Rusia, lo que venían diciendo, a ojo, desde 1992 los pocos analistas lúcidos (Karol, Sapir) que no se dejaron obnubilar por la euforia ideológica del momento. La esperanza de vida de la población masculina ha bajado en Rusia durante este período de los 62 a los 58 años. Ya sólo ese dato, por sus implicaciones de todo tipo, pone los pelos de punta a cualquier anatomista de la sociedad. Pero aún hay más: la tasa de suicidios es ahora en Rusia tres veces mayor que en la Unión Europea; han reaparecido allí enfermedades hace tiempo erradicadas, como la tuberculosis, la polio y la difteria; el hambre ha hecho su aparición donde no lo había; el número de pobres (en sentido riguroso) se ha disparado; las desigualdades entre los pocos ricos y los muchos pobres se han multiplicado; el presupuesto dedicado a la educación ha bajado hasta el 50% de lo que era cuando imperaba “el mal”; las tasas de desempleo han alcanzado cifras nunca imaginadas en lo que fue la URSS; la actividad económica se ha quebrado y el producto nacional bruto ha quedado reducido a la mitad en siete años. Datos, todos ellos, procedentes de las estadísticas del “imperio del bien”. Y, mientras tanto, la corrupción en el entorno familiar, político y económico, de Boris Yeltsin ha alcanzado tal magnitud que las revelaciones de un día sobre Ceaucescu junior parecen ahora historias sobre juegos de niños traviesos con sus huchas [la cursiva es mía]

K. S. Karol

Una vez más lo demagógico, lo verdaderamente demagógico, eran los hechos, insistía el profesor de la UPF. Los adjetivos eran sólo el grito desesperado del anatomista crítico

que habiendo contribuido a levantar los velos ideológicos que tapaban la realidad de lo que se llamó comunismo, descubre simultáneamente, con dolor, que hay otro engaño paralelo: el del occidentalismo, el del “totalitarismo del dinero” que aún no deja ver a los más la verdadera dimensión de la tragedia. En una de sus últimas entrevistas, concedida a Xavier Cheneseau, dijo Zinoviev: “El totalitarismo se ha expandido por doquier en la medida en que la estructura supranacional impone su ley a las naciones. Existe una superestructura no democrática que da las órdenes, sanciona, fija embargos, bombardea y mata de hambre. El totalitarismo financiero ha sometido a los poderes políticos. El totalitarismo es frío. No conoce de sentimientos ni piedades. Es preciso subrayar que no podemos resistir frente a un banco, y sin embargo se puede salir de cualquier dictadura política.

Había en Zinoviev una vena fatalista, como “si el análisis de la estructura celular de la sociedad tuviera que coincidir con la fuerza del sino”. El lógico y analista ruso acababa su libro afirmando que ya era tarde para rectificar en Rusia. No era pesimismo paralizador, podía tener razón, señalaba Fernández Buey.

Visto desde aquí, el conjunto de su obra sugiere, sin embargo, una reflexión más general, de ámbito teórico-historiográfico. Desde el final de la URSS una parte notable de la historiografía actual está reinterpretando lo que fue el siglo XX como si la comprensión de éste dependiera casi exclusivamente de los documentos que la KGB, la CIA y otras instituciones próximas guardaron en secreto hasta hace muy pocos años. Pero rara vez se pone en duda la categorización implicada en los conceptos ideológicos básicos de este siglo (comunismo y capitalismo). Se podría, en cambio, hacer el esfuerzo de interpretar lo que ha sido la historia de este siglo desideologizando tales palabras y ateniéndonos a lo que realmente hubo en las sociedades o por debajo de lo que los ideólogos (y tras ellos, los demás) decían (o decíamos) que había. En Rusia y en Estados Unidos de Norteamérica, para empezar [la cursiva es mía]

Para el autor de Leyendo a Gramsci, el autor ruso había hecho dos contribuciones esenciales en esa línea, al analizar el comunismo ruso como realidad y después el occidentalismo capitalista en la práctica cotidiana, “en sus formas de producir para el mercado y de vivir para el dinero.”

De ese análisis resulta que durante este siglo el capitalismo se transformó en otra cosa, en algo sustancialmente distinto de lo que era cuando nació y fue descrito y criticado por Karl Marx; y el comunismo, aquella aspiración ya milenaria de una parte de la humanidad, no llegó a existir en lugar alguno. Una obviedad, sin duda. Algunos, pocos, lo presintieron ya así en el período de entreguerras. “¡Qué tiempos, éstos en los que hay que mostrar lo obvio!”, dijo uno de ellos [Bertolt Brecht]. “Como todos los tiempos”, se podría replicar. Pero, con réplica o sin ella, desde el reconocimiento de lo que es obvio tal vez se pueda volver a hablar en serio de lo que los hombres, nuestros contemporáneos, hicieron realmente en relación con sus necesidades, allí y aquí. Entonces sí se podrá decir que la guerra fría ha terminado. También en nuestras cabezas.





 

Entonces se comprendería también mejor, en opinión de Fernández Buey, por qué al lógico anatomista se le escapaban los adjetivos de la sentimentalidad:

el cuerpo presente al que aplica el escalpelo es de un pariente, es el cuerpo yacente de uno de los suyos. Al fin y al cabo, son los técnicos de la ONU quienes evalúan en nueve millones y medio los rusos y ucranianos “desaparecidos” como consecuencia de la Gran Catástrofe de estos últimos años. Y añaden -paradoja de las paradojas en la época del neoliberalismo- que estos hombres y mujeres habrían sobrevivido de no haberse dado allí “una deserción política del Estado”.

Así pues, finalizaba el amigo, camarada y discípulo de Manuel Sacristán, había que volver a pensarlo todo. De arriba abajo.

Alexandr Zinoviev ayudaba en eso.





 

(Y VIII) Sobre La gran transición. Rusia, 1985-2002, de Rafael Poch de Feliu

El autor de Leyendo a Gramsci reseñó en 2003 La gran transición. Rusia, 1985-2002 (Barcelona, Editorial Crítica, 2003. http://www.lainsignia.org/2003/febrero/cul_074.htm) de Rafael Poch de Feliu (Su blog: https://rafaelpoch.com/). Hay elementos de interés en ese texto para nuestro asunto.





 

La gran transición era “el libro más completo, documentado y sugerente que se ha publicado hasta ahora en castellano sobre los cambios ocurridos en Rusia desde la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética”. Su autor, nos recordaba el profesor Fernández Buey, corresponsal de La Vanguardia en Moscú precisamente durante los años de esta transición, aportaba “informaciones, análisis y reflexiones que con toda seguridad serán de consulta obligada para toda persona que quiera conocer bien lo que ha sido aquella historia singular, sus causas y sus derivaciones más importantes.”

Quienes hubieran seguido las corresponsalías de Poch de Feliu desde Moscú (antes en Berlín; después en China y París; ahora ya no en La Vanguardia) y sus ensayos anteriores sobre Rusia encontrarían en La gran transición la confirmación del excelente trabajo periodístico que allí apuntaba. En cualquier caso, el libro de Poch de Feliu era “bastante más que una crónica inteligente de los hechos más relevantes de una transición de la que se ha dicho que adelantó el comienzo del siglo XXI”. Era, para el autor de Conocer Lenin y su obra, “una memoria en la que los buenos reflejos del periodista ante los acontecimientos inmediatos y sobre las actuaciones en curso de los protagonistas se junta con la ambición del historiador que tiene ya una hipótesis explicativa de lo ocurrido allí.”

Hacía tres años, en Tres preguntas sobre Rusia (1. ¿Cómo se ha transformado la sociedad rusa tras la reforma económica iniciada en 1992 y cómo afecta a la población esta “modernización” económica?; 2. ¿Qué nuevo espacio se está creando en Eurasia?; 3. ¿Qué nuevo margen para lo alternativo en el mundo se plantea en la actualidad después del fin de la bipolaridad y con el dominio americano en exclusiva?), Poch de Feliu había ofrecido explicaciones para entender por qué los resultados de la reforma capitalista en curso “estaban siendo tan catastróficos, analizaba el papel de los nacionalismos en el hundimiento de la Unión Soviética y proponía un balance acerca de lo que en aquel mundo quedaba de lo que se llamó socialismo.”







 

Ahora, en La gran transición, Poch de Feliu ampliaba los interrogantes y abordaba prácticamente todos los asuntos relevantes que habían sido objeto de debate en Rusia en los últimos años: “desde las causas del fracaso de los primeros proyectos de reforma económica hasta las guerras en Chechenia y desde el significado de la perestroika hasta los motivos de la desintegración de la federación de repúblicas soviéticas pasando por efectos de la catástrofe de Chernobil y la valoración de lo que han representando personalidades como Gorbachov, Yeltsin y Putin.”.

Fernández Buey recordaba que en su análisis de la gran transición Poch de Feliu se había basado en documentos de primera mano, en memorias publicadas en Rusia durante aquellos años, en testimonios recogidos por él mismo entre los protagonistas, y en opiniones, en conjeturas e investigaciones aparecidos en diarios y revistas rusos al hilo de los acontecimientos. Había hecho, además, “su trabajo con muy pocas concesiones al discurso ideológico y con un talante fresco, crítico, distanciado y comparatista que diferencia su libro de la mayoría de las aportaciones recientes procedentes de la sovietología occidental reciclada y de la antigua disidencia resentida o finalmente reconvertida al orgullo gran ruso”.

Para empezar, proseguía el que fuera profesor de la UPF y de la UB, Poch de Feliu pasaba revista, en treinta apretadas páginas, a lo que había sido la evolución de la URSS.

Sitúa en los años sesenta su momento de apogeo; describe los principales problemas económicos, sociales, políticos y culturales con que aquel país de países se encontraba entonces; y explica por qué, después de aquel apogeo, fracasaron sucesivamente las principales reformas económicas propuestas desde la época de Breznev hasta los días de la perestroika. Al analizar las causas de estos fracasos el autor de La gran transición ha puesto el acento en la ineptitud y miopía de los administradores del país, lo cual condujo a una primera crisis social, ya en los setenta, sintomáticamente percibida en dos chistes que entonces se hicieron populares.

Uno de estos chistes hablaba de los siete milagros del socialismo: “No hay paro, pero nadie trabaja. Nadie trabaja, pero los planes se cumplen. Los planes se cumplen, pero en las tiendas no hay nada. En las tiendas no hay nada, pero las despensas de la gente están llenas. Las despensas están llenas, pero todos están descontentos. Todos están descontentos, pero votan a favor” [pág. 14]. El otro apuntaba a la sustancia de una situación que siempre se definió oficialmente en términos ideológicos:

Brezhnev invita a su anciana madre, que apenas había salido de su provinciana ciudad de Ucrania, le enseña orgulloso su apartamento de 200 m2 en el centro de Moscú, luego su dacha en las afueras, su Rolls Royce y su Cadillac, su pabellón de caza y la dacha de Crimea; visto lo cual, la madre, alarmada, pregunta: “Pero hijo, ¿qué pasará si de repente toman el poder los comunistas?” [pág. 20].

En cualquier caso, Poch de Feliu no se limitaba a documentar con cifras cómo, hacia 1975, la economía de la URSS estaba ya en números rojos. Iba más allá: subrayaba que los analistas occidentales coincidían entonces con la propaganda soviética en la sobrevaloración de un crecimiento económico ficticio. Cerraba este apartado dedicado a los fracasos económicos con una reflexión sobre las previsiones occidentales de aquellos años.

Ahora, con el paso del tiempo, aquellas previsiones podían sonar a sarcasmo, admitía el autor de Utopías e ilusiones naturales, pero traerlas a la memoria o recordárselas a los más jóvenes permitía explicar “por qué varios de los desastres nada naturales ocurridos luego en la Unión Soviética pudieron ser considerados sorprendentes o insólitos por tanta gente”.

Cuando la crisis social era ya evidente en la calle y los chistes sobre la economía ficticia pan de cada día entre los de abajo, un informe de cuatrocientas páginas, redactado por la CIA en 1982, o sea, ya en la era Reagan, concluía así: “La economía soviética está en buena forma, será capaz de mantener la carrera de armamentos sin recortes del nivel de vida y se desarrollará más rápidamente que la economía de Estados Unidos” [pág. 30].









El segundo capítulo del libro -“El precio de la libertad”- estaba dedicado a explicar el fracaso de las reformas, “ya no sólo económicas, conocidas con el nombre de perestroika”, así como la llamativa discrepancia entre lo que por entonces se pensaba de Gorbachov en Occidente y lo que se pensaba en la URSS, otro de los “misterios” generalmente abordados por la sovietología. Poch de Feliu desarrollaba ahí un diagnóstico de la situación que ya había avanzado en 1987, como corresponsal de La Vanguardia en Moscú.

Subraya que, en varias cuestiones, y particularmente en su manera de enfocar uno de los grandes problemas del momento -la dimensión que había alcanzado la carrera armamentista- la perestroika se inspiró en ideas occidentales que formaban parte de la subcultura disidente soviética [33]. Ocurrió como si la utopía “eurocomunista”, que tan pronto se vino abajo en Occidente, donde había sido formulada, se abriera paso, tarde y a destiempo, en el locus para el que en realidad había sido pensada sin decirlo. Solo que, a diferencia de lo que se pensaba en los ambientes socialdemocráticos de Occidente, en aquella URSS era demasiado patente el desfase entre los aspectos ideológicos de la perestroika, cuyos teóricos seguían hablando casi mecánicamente de socialismo, remontándose a Lenin, y la realidad percibida por la mayoría de la población, para la cual si algo había caracterizado la historia de la URSS fue, en última instancia, el estatuto de potencia mundial alcanzado precisamente bajo la fachada del “socialismo”. [la cursiva es mía]

La consecuencia del desfase entre ideología y realidad había sido doble: en un lado, “deslumbramiento por el talante ético de Gorbachov al exponer con valentía su política de desarme en el concierto internacional”; en el otro, “decepción creciente ante la falta de ideas nuevas en política interior y por las incongruencias manifiestas de los teóricos de la perestroika en asuntos que afectaban directamente a las necesidades de las gentes”. Así y todo, al entrar en las causas del fracaso de la perestroika, Poch de Feliu no había puesto el acento en los errores o en las “traiciones” de Gorbachov, como se había hecho habitual en Rusia en aquellos años, “sino en el distanciamiento o la incomprensión de las gentes, dirigidos y dirigentes, respecto de su proyecto”.









La forma en que Poch de Feliu lo exponía coincidía en gran parte con una inquietante idea varias veces expresada, mientras la perestroika estaba en curso, por el historiador y politólogo Kiva Maidánik, quien muchos años antes había dado ya a Fernando Claudín [La crisis del movimiento comunista, París, Ediciones del Ruedo Ibérico], “no pocas pistas para su análisis de la crisis del comunismo”. La idea era esta: “en el fondo de aquel fracaso no sólo hay que ver la degeneración burocrática del aparato del partido (aquella degeneración que lleva a aplaudir casi simultáneamente el proyecto gorbachoviano y su crítica radical), sino también, y es duro decirlo así, “la impronta servil de la cultura popular, con su manifiesto déficit de dignidad” [44]”. Traducido a otros términos más comprensibles para nosotros, apuntaba Fernández Buey, eso quería decir: “insensibilidad general respecto de los derechos políticos y respecto de la tarea de democratizar la sociedad.”









El análisis del desconcierto que produjo la glasnost y la estimación de la fulgurante aparición del fenómeno Yeltsin confirmaba hasta niveles casi esperpénticos lo dicho sobre la degeneración burocrática. En los capítulos dedicados a estos asuntos, Poch de Feliu documentaba “la metamorfosis experimentada por varios de los personajes principales de la nomenclatura que, en unos pocos años, y en algunos casos en cuestión de meses, acabaron convirtiéndose en teóricos de las reformas neoliberales”.

Se explicaba así cómo lo que en un principio se había llamado “revolución cultural”, se fue acercando a los presupuestos más primitivos de la derecha occidental. Al llegar a este punto, Poch de Feliu hacía de cronista y fundamentaba su juicio atendiendo al transformismo camaleónico de personajes como Aleksandr Yokovlev, Yegor Gaidar, Pavel Bunich, Larisa Piyasheva, Yuri Cernichensko, Anatoli Sobchak, Dimitri Volkogonov y Stanilav Govorujin.

La lista de las rectificaciones oportunistas que Poch de Feliu aporta es larga, y de ella, Gorbachov aparte, sólo sale limpio, por contraste, Yegor Ligachov, “el único de los altos dirigentes del politburó lo suficientemente enérgico y honesto como para formular en voz alta sus contrapuntos a los resultados de la política emprendida” [81].

Por lo que aportaban al conocimiento de un personaje alabado en las chancillerías de Occidente, eran también notables, en opinión de Fernández Buey, las páginas dedicadas a Boris Yeltsin. En ellas, el autor de La gran transición ponía de relieve “no sólo la ambigüedad y las depresiones que estuvieron a punto de llevar al suicidio” a quien fue presentado “por los mandamases del mundo occidental como “salvador de la democracia en Rusia”, sino también su habilidad para captar e instrumentalizar el pulso de la calle”.

De un país de extremos, como se ha dicho tantas veces que era la vieja Rusia, extremo oriental de Europa ella misma, se esperaría en tales circunstancias rigor moral y coherencia política, pero fue la ambigüedad lo que acabaría convirtiéndose en “virtud” política esencial de la transición, alabada por unos y otros. Tal vez fue así -y esto lo añado yo- porque la ambigüedad ha sido allí tradicionalmente metáfora política del pantano. Y, como se sabe por su literatura rusa clásica, siempre hubo, en la vieja y nueva Rusia, mucho pantano, además de extremos.

Un capítulo central del libro, en opinión del autor de 1917, era el dedicado a la quiebra, optimistamente percibida, del orden europeo. En ese capítulo Poch de Feliu retomaba el análisis de la política exterior gorbachoviana en aquellas fechas decisivas que cambiaron el mundo del siglo XX, “tanto que pareció como si se hubiera acabado el siglo (con el fin de la pesadilla de un guerra termonuclear en ciernes)”. Algunas de las cosas que ahí aportaba Poch de Feliu sobre el papel de Mijail Gorbachov y su ministro de Exteriores, Eduard Shevardnadze, eran muy esclarecedoras.

Fernández Buey señala a continuación que Poch de Feliu se basaba en distintas fuentes igualmente solventes. Aducía las memorias del mariscal Sergei Ajromeyev, sugiriendo que, entre 1986 y 1988, “Gorbachov nunca examinó con detalle la situación militar y política en Europa ni las perspectivas de su desarrollo con los responsables militares”. Aportaba Poch de Feliu fuentes occidentales para “mostrar que, en las decisivas conversaciones sobre desarme de aquellos años decisivos, los dirigentes políticos de esta parte del mundo siempre supieron de antemano que Gorbachov y Shevardnadze acabarían siendo más flexibles que las personas responsables de los grupos negociadores”. Poch de Feliu traía a colación el testimonio de James Baker para mostrar “que el sí de Gorbachov a la propuesta occidental de reducción de tropas soviéticas en la zona central de Europa, en 1990, dejó “estupefacto” al secretario de estado norteamericano”.









 

Poch de Feliu usaba las propias notas tomadas en sus entrevistas “para probar que ninguno de los dirigentes políticos de la Europa del Este esperaba, ni de lejos, unos meses antes, el tipo de concesiones que iba a hacer Gorbachov a este respecto”. Mostraba también, contra las especulaciones habituales sobre los planes expansionistas de la política soviética, que “Gorbachov no tenía en realidad política para Alemania y que en el momento inmediatamente anterior a la caída del Muro su actitud era “una errática improvisación basada, además, en cálculos fallidos””. Sugería igualmente, a partir de las conversaciones mantenidas con otros protagonistas implicados en los hechos, “que Gorbachov ni siquiera aprovechó la tendencia entonces existente en la opinión pública mundial en favor de la neutralización de Alemania y su salida de la OTAN a cambio de la reunificación”. Recordaba que la actitud de Gorbachov y de Shevardnadze ante la cuestión de la reunificación alemana “sorprendió a todo el mundo, empezando por los propios negociadores occidentales”. Aducía del mismo modo que aquellas concesiones inesperadas, en tan decisivo momento, “se basaron en consideraciones del tipo “Genscher [Ministro de Asuntos Exteriores de la RFA, del partido liberal, mano derecha entonces de Helmut Koln] ha insistido mucho en ello y es una buena persona””. Y, finalmente, Poch de Feliu volvía “a aportar el testimonio de Baker para recordar que “varios ayudantes de Gorbachov parecieron genuinamente asombrados de que éste hubiera accedido a lo que, de hecho, equivalía al acuerdo de una Alemania unificada en la OTAN” [108-120].

La microhistoria de la alta política, apuntaba Fernández Buey (se ha hablado de ello en entregas anteriores), confirmaba la impresión que se sacaba al leer las actas del encuentro conmemorativo, celebrado en EE.UU una década después de la caída de la URSS, “entre los jefes de estado de las cuatro grandes potencias que se vieron implicadas en decisiones tan transcendentales como el acuerdo sobre las armas nucleares, la apertura del muro de Berlín, la reunificación de Alemania y la disolución del Pacto de Varsovia”. De los cuatro, “Gorbachov seguía siendo, políticamente, el más ingenuo; los otros tres todavía se movían, diez años después, entre la glorificación de la prepotencia occidental y el estupor ante un comportamiento que no se correspondía en absoluto con el estereotipo sobre soviéticos y rusos que habían difundido durante décadas”. Se comprendía desde ahí, y comparando lo que habían dicho en sus memorias varios de los implicados, “el tono irritado con que Gorbachov evita en 1996 una pregunta de Poch de Feliu sobre por qué no planteó en su momento la neutralidad alemana y la salida de la OTAN como condición para la reunificación [126]”.

Por lo demás, proseguía el autor de Marx a contracorriente, los detalles que Poch de Feliu aportaba a esta microhistoria de la alta política

seguramente harán sonreír a los académicos disidentes que aún recuerden la gran importancia que en aquellos años dramáticos de la segunda guerra fría se estaba dando a la aplicación de la teoría de juegos de estrategia para la resolución (no precisamente pacífica, por cierto) del Gran Conflicto.

Esclarecedoras eran igualmente las páginas que el ex corresponsal de La Vanguardia dedicaba en su libro al despertar de las nacionalidades en aquel océano de la diversidad, “al proceso que condujo a la disolución de la Federación, a los conflictos de Armenia, Azerbaidjan y Georgia, a la separación de las repúblicas bálticas (Lituania, Estonia y Letonia) y a la evolución de las guerras en Chechenia”. En estas páginas, Poch de Feliu trasladaba al lector desde un escenario de comedia felliniana al lugar de la tragedia y al conocimiento directo de sus principales protagonistas.

Poch de Feliu contrasta la hipótesis formulada en su día por Hélène Carrère d’Encause (una de las pocas personas que en Occidente habían formulado con cierta anticipación la posibilidad del estallido del imperio por desmembración de las nacionalidades) con lo que en realidad ocurrió desde finales de la década de los ochenta. Que no fue inicialmente la revuelta anti-rusa de los pueblos y regiones de tradición islámica, como esperaba Hélène Carrère, sino una sucesión de querellas en las que se fueron mezclando irremisiblemente el independentismo histórico de unos, los nuevos nacionalismos de otros, los conflictos con las minorías en las mismas nacionalidades que despertaban y la lucha por la redistribución de los poderes en el seno de la vieja nomenclatura.

Tal era el trasfondo del desplazamiento de Gorbachov por Yeltsin, de las varias intentonas golpistas, de las elecciones en que el viejo partido comunista, transformado también, se convertía en la primera fuerza de la Duma, de la dimisión de Yeltsin y de su sustitución por Putin, todo ello bajo la mirada atenta y la intervención (sorda, violenta o impositiva) de dos fuerzas que habían condicionado todo el proceso: “los restos del antiguo Ejército Rojo, de donde han salido varias de las personalidades decisivas para los nuevos conflictos, y el capital transnacional que, curado ya del asombro, ha decidido quién es allí demócrata y quién no.”

Seguramente era la atención prestada al detalle, en el que Poch de Feliu se demoraba, lo que hacía felliniana la segunda parte de esta tragedia. “En algún momento, cuando la historia se convierte en crónica, le vienen a uno a la memoria las palabras de Luces de bohemia, escritas en el otro extremo de Europa, en otro país de extremos: aquí la tragedia no es tragedia; es esperpento.”

 

 

En el epílogo, Poch de Feliu, ya entonces en Pekín [La actualidad de China. Un mundo en crisis, una sociedad en gestación, Barcelona, Crítica, 2009], volvía a hacerse preguntas transcendentes, alguna de las cuales estaba condicionada por la comparación entre lo que había sido la evolución de Rusia y de China en las últimas décadas.

En ellas, apuntaba el autor de Marx (sin ismos), reaparecía la dimensión mundial, cosmopolita, de la gran transición.

Al fin y al cabo, la Unión Soviética, el país de países, la pensión felliniana, era un mundo, pero parte activa del mundo. Está, pues, justificado preguntarse si lo que se hundió no fue, en última instancia, un modelo de la misma civilización industrial en la que se encuentran quienes festejaron el acontecimiento [377], si lo que se hundió no fue tanto una ideología como una vía de desarrollo caduca [381], si la gran transición no habrá sido sólo un puente por el que regresa el fantasma del atraso o la puerta abierta a la genuina “occidentalización popular” de Rusia [388].

Fernández Buey señala al lector que Poch de Feliu terminaba su libro recordando lo que escribió Diderot a finales del siglo XVIII después de su visita a San Petersburgo y con dos notas optimistas, si es que se puede hablar así. La primera sobre la ventaja potencial que para la Rusia del siglo XXI podía representar lo que había vivido como una pérdida:

la disolución imperial. Visto con una perspectiva amplia y comparatista, resulta que la retirada rusa de Asia central, Transcaucasia, el Báltico y Ucrania, con tantas muertes y desastres, “hasta sale ganando por su carácter esencialmente pacífico” en comparación con los horrores que ha supuesto el proceso de descolonización europeo en la segunda mitad del siglo XX [389].

La segunda nota se refería a la posibilidad de creación de una unión de pagos entre Rusia y los países que formaron la Unión para restablecer un gran mercado que podría parecerse a los primeros pasos de la integración europea de los años sesenta. Al fin y al cabo, finalizaba el autor de La gran perturbación, había sido el propio Putin quien había declarado que, manteniendo un crecimiento adecuado,

dentro de quince años se alcanzaría allí el nivel de países como Portugal y España. Y ¿quién iba a decirnos a nosotros hace treinta años que para eso haría falta una gran transición en Rusia?

Finalizo con esta entrega la serie sobre Francisco Fernández Buey y la perestroika. Habrá que volver. Fue mucho lo que el estudioso de Marx, Luxemburg, Korsch y Gramsci escribió y aportó para el conocimiento de la Revolución de Octubre, el desarrollo de la URSS y la caída del irreal “socialismo real”.







El principio establecido en Crónica Popular exige que, para que los autores de un comentario a un artículo, firmado con nombre y apellidos, vean publicado su comentario, deben firmar de igual modo el textos que nos envíe. En caso contrario, no se publicarán.
Y eso lo haremos aunque el comentario sea favorable al artículo: no se publicará ningún comentario si no va acompañado por la identificación personal de su autor.

2 comentarios de “Francisco Fernández Buey y la Perestroika”

  1. Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye
    18 enero, 2020 at 18:19

    Voy a ir a una tienda a imprimir este artículo, porque mi impresora no da para tanto, y es un texto a conservar. Gracias.

  2. Antonio Francisco Ordóñez
    20 enero, 2020 at 14:07

    Lo mismo digo. Gracias por tu esfuerzo ingente, Salvador. Salud.

Los comentarios están cerrados