Rodrigo Vázquez de Prada y Grande||
Periodista. Director de Crónica Popular||
Sin duda alguna, el que, en sus años jóvenes fue conocido como “el “pagés” del PCE”, fue el dirigente comunista español de los últimos tiempos más respetado por la mayor parte de la sociedad española. Lo merecía sobradamente. Solamente la brutal enfermedad que acabó con su vida este domingo, 26 de julio, acalló la voz de Paco Frutos, contra lo que denominó “nazionalsecesionismo” y contra la falsa izquierda que, alejada por completo del internacionalismo, se convirtió en “palanganera” del nacionalismo supremacista catalán, como no cesó de repetir una y otra vez.
Hasta el final de su vida, Paco Frutos fue el ejemplo más acabado de la firmeza de convicciones, coherencia ideológica y política y austeridad en su vida personal. Unos rasgos de su personalidad que dejan en evidencia el oportunismo, el autobombo y el síndrome que siempre denunció Lenin, la enfermedad infantil de la que es expresión cabal la izquierda líquida instalada en la Moncloa con el apoyo de los secesionistas de toda laya con los que trata de dinamitar el legado de la Transición a la que él contribuyó decisivamente, desde su ingreso, en 1963, en el PSUC, del que fue secretario general en 1981.
Y, a pesar de haber sido Secretario General del PCE de 1998 a 2009, esa firmeza de convicciones y coherencia le llevó a abandonar, hace ya varios años, las filas del que durante tanto tiempo fue conocido como “el Partido”, precisamente por el apoyo de sus últimas direcciones al secesionismo y al podemismo. No fue para él una decisión fácil, sino realmente desgarradora, después de más de cincuenta años de militancia, pasar a engrosar la amplísima lista de “comunistas sin carnet”. Desde entonces, se propuso hacer llegar a la sociedad española otra voz comunista que ni falsificara al marxismo y la Historia, ni renegara del internacionalismo que caracterizó siempre a la izquierda, ni tirara por la borda la Constitución de 1978 en la que se plasmó, de modo no suficientemente reconocido, la política de “reconciliación nacional” aprobada por el PCE en 1956,
Y lo hizo, con el mismo brío que imprimió a su vida política, a través del blog personal que creó en 2009, con escritos que fue reproduciendo en sus páginas cada semana Crónica Popular, a cuyo Consejo Editorial perteneció desde hace muchos años. Un inabarcable trabajo político desarrollado durante la última década y que reunió en tres voluminosos tomos, el primero de los cuales tuve el honor de presentar en el CAUM el pasado 13 de diciembre.
Leí todos sus artículos de cabo a rabo, cada semana, para editarlos. Leyéndolos, aprendí a raudales. Y, tengo que decirlo, fueron para mí una gratificante, impagable y auténtica sorpresa. Paco era introvertido y parco, muy parco de palabras. Pero, siendo así, dio rienda suelta a las reflexiones que la situación española e internacional le suscitaban, tecleando cada día en su ordenador y escribiendo con una soltura y fluidez envidiables, artículos vibrantes, directos y claros, que encajan perfectamente en la mejor tradición del Periodismo político español.
Con el conjunto de sus escritos, Paco Frutos dio nuevamente una lección de coherencia política. No le tembló el pulso para reconocer en ellos los errores en los que incurrió en su dilatada vida política, algo realmente inusual en un país manejado hoy con los criterios del más burdo marketing político en cuyo marco los desaciertos se venden como triunfos dignos de prolongados aplausos de una clá bien pagada.
No cejó nunca en su denuncia de los nacionalismos, dedicando su más acerva crítica al secesionismo catalán, porque, para él, “en nuestra ideología, salvo que ésta sufra una degradación irreversible, los nacionalismos y racismos no pueden tener ningún papel, ni los viejos, ni los nuevos que, amparándose en cuentos e historietas sobre razas e identidades ancestrales superiores, conducen siempre a enfrentamientos violentos y a la liquidación de la lucha de clases como verdadero motor de la historia. Consecuentemente con lo dicho, continuaré desenmascarando a los embusteros, vividores y cantamañanas de la historia”.
Y no dudó tampoco en expresar abiertamente sus críticas al podemismo, sin que, el chantaje de que tales críticas pudieran ser “aprovechadas por el enemigo”, le hicieran bajar la cerviz y silenciar sus denuncias: “Iglesias salta como un zascandil de un lado a otro desde el principio del nacimiento de Podemos, con episodios que, puestos uno detrás del otro, parecen las notas de un acordeón desafinado, por contradictorios. En el corto espacio de cuatro años, la organización que nació, según sus creadores, para combatir y acabar con la casta política, acaba actuando como la casta más degradada democrática y políticamente en menos tiempo, pudiendo competir con la que venían a superar”.
Frente a los intentos golpistas del secesionismo y a los delirios demagógicos del podemismo y de sus aliados, en muchos de sus escritos propugnó la necesidad de una izquierda que no renunciara a serlo, tal como se afirmó en un Manifiesto presentado en el Ateneo de Madrid años atrás: “No puede haber otra alternativa que la de construir una opción de izquierdas en toda España, una opción plural, unida, coordinada y libremente disciplinada en torno a unos valores y principios. Una propuesta que haga confluir realmente a todas las personas y grupos que siendo comunistas y/o de izquierdas, se sienten, nos sentimos, huérfanos de organización, teniendo claros los objetivos a los que deseamos llegar, por difíciles que sean. En Madrid, en Catalunya y en otros sitios se está trabajando en ello. Es necesario unir y coordinar los esfuerzos, sin precipitaciones y sin pausas”. Era consciente de que el empeño no era sencillo pero no por ello dejó de impulsarlo.
En una especie de homenaje, hoy los medios de comunicación españoles recordaron sus palabras en la manifestación unitaria organizada en Barcelona por Sociedad Civil Catalana el 29 de octubre de 2017: “Los nacionalismos destrozan el mundo, destrozan el corazón: los grandes nacionalismos y también los pequeños. Yo os hablo en nombre de personas, de grupos, de organizaciones de la izquierda plural y no nacionalista. Suponiendo, permitidme la ironía, que exista la izquierda nacionalista Y además, haciendo un reproche a esta izquierda cómplice, que dice que no es nacionalista pero que se va detrás de los nacionalistas, que les baila el agua”.
Sus palabras entonces, fueron un auténtico aldabonazo. Y lo siguen siendo hoy. Toda una lección de coherencia ideológica y de valentía política. Unas cualidades, desgraciadamente, extrañas y escasas y en peligro de extinción en estos convulsos momentos, pero que siempre caracterizaron a Paco Frutos, un comunista de una sola pieza.




Que su obra y su pensamiento permanezcan vivos con nuestra lucha. Contra el “nazionalsececionismo”, el fascismo de toda índole y el capitalismo que lo pare e incuba perdemos a un combatiente de primera fila. Recoger su bandera obrera e internacionalista es la manera de honrar su memoria.
Excelente artículo que pone de relieve la coherencia de Paco Frutos, conforme a la cual, como buen marxista, rechaza todos los nacionalismo. Referente para muchos, Paco Frutos fue para mí el último secretario genera del Partido Comunista de España. Lo que vino después y lo que existe hoy es la antítesis del marxismo.
Rápido y oportuno recuerdo de Paco Frutos, que era coherente con su clase, sus ideas, su tierra de nacimiento y su país.
Echaremos de menos tus artículos en este medio, siempre claros y valientes. Adiós, compañero, hasta siempre. Que la tierra te sea leve.
Su vida fue un ejemplo de honestidad y coherencia con los ideales del socialismo. ¡Qué diferencia con quienes han traicionado cien años de sacrificios y de historia revolucionaria para conseguir, de momento, un centímetro de moqueta!
Leí hace años un artículo de Eduardo Galeano titulado “Un niño perdido en la intemperie”. Así me siento yo, políticamente, desde hace años: como un niño perdido en la intemperie. Salvador López Arnal nos deja sin sus “Crónicas sabatinas”. Y Francisco Frutos, desgraciadamente, muere y nos deja también sin sus reflexiones. Ahora la intemperie es mucho más fría; y la soledad, mucho más grande.