María Rosa de Madariaga||
Historiadora ||
El rap surgió en los Estados Unidos de América en los años 80 y 90 del pasado siglo como expresión de los sufrimientos y dificultades de la vida cotidiana de colectivos vulnerables como los negros de los barrios pobres. Trasplantado a otros contextos, incluido el nuestro, estéticamente no convence a todo el mundo, por su valía artística, muy cuestionable. La letra es más recitada que cantada y el fondo musical es, en general, monótono.
Los raperos que practican este género musical incorporan con frecuencia letras muy agresivas, en las que condenan a todo el mundo, considerándose ellos los únicos revolucionarios puros, los “únicos y auténticos antifascistas””. La alegría con la que manejan estos grupos conceptos como los de “fascista” y “antifascista” resulta asombrosa, siendo que los métodos violentos que utilizan son los propios del fascismo.
Los que hemos sido educados en los principios democráticos nos quedamos asombrados ante las contundentes afirmaciones de los que se creen en posesión de los sagrados principios de la Revolución frente a la burguesía corrupta, de los que se permiten hablar en nombre de la clase obrera, cuyos intereses pretenden defender frente a los políticos que la han traicionado, incluidos los de Podemos, identificados con la clase dominante desde que “pisan moqueta”. En efecto, curiosamente, Pablo Iglesias, que se ha erigido en defensor de estos grupos, es denostado por ellos, que lo califican, junto a Monedero, de “la pata zurda del fascismo”, en palabras de Pablo Hasél.
Uno asiste impotente a las declaraciones ritmadas, en las que choca sobre todo la ligereza con la que estos raperos se erigen en artistas, autocalificándose de tales, y haciéndose las víctimas, los mártires, de la libertad de expresión.
Me pregunto de dónde sale esta gente. Quizá sea un problema generacional. Yo me reconozco en Raimon, Joan Manuel Serrat, Lluis Llac, ¿pero éstos? Si sus formas de protestar contra las injusticias es hacer que sus seguidores quemen contenedores, motos, autos, destrocen el mobiliario urbano, revienten cajeros automáticos, escaparates, saqueen tiendas, y un largo etcétera de actos de vandalismo, entonces no tengo nada en común con ellos. Me parece inadmisible que en nombre de “la libertad de expresión” se vulneren las leyes. Esta gente ignora lo que es la libertad.
Es triste tener que recurrir a llamar hijo de p… al rey emérito para darse a conocer y hacerse famoso. Tanto Voltonic como Pablo Hasél (su verdadero nombre es Pablo Rivadulla Duró), este último condenado “por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la Corona”, son lisa y llanamente unos “jetas”.
Los manifestantes violentos de estas bandas van bien pertrechados con mochilas, en las que llevan, entre otras herramientas, piolets (quizá para clavarle uno en la cabeza a José Bono, como amenazó Pablo Hasél) y picos para levantar los adoquines de las calles, y erigir con ellas trincheras. Se creen poco menos que hijos de la Comuna, auténticos revolucionarios. De ideología difusa, podríamos situarlos más bien en la línea anarquista, aunque cabe preguntarse si tienen realmente una ideología. Yo creo que más bien ninguna. Es la violencia por la violencia. Fascismo puro.
Pablo Hasél, un personaje malencarado, y que va de “duro” es, encima, un machista. ¿Sabían ustedes que calificaba a las mujeres de “zorras” y de “putas”, “hijas de puta”? Ésa es la “libertad de expresión” en la que cree Pablo Hasél. La del insulto.




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