Lidia Falcón O´Neill||
Abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España||
Si el tortuoso y trágico itinerario que ha recorrido la izquierda en España, desde hace un siglo, ha sido en tantas ocasiones torpe y equivocado y la ha llevado a tomar determinaciones estúpidas que le han ocasionado derrotas y hasta la muerte de sus militantes, nunca como en el momento actual esa “izquierda” o lo que queda de ella se está despeñando en decisiones que más que peligrosas son ridículas.
El anuncio escandaloso con que Pablo Iglesias nos informó, desde su despacho de la Vicepresidencia, que se salía del gobierno para ir a “salvar” Madrid de la dictadura de la Presidenta de la Comunidad, forma parte de las performans a que nos tiene acostumbrado ese histriónico personaje, que no se comprende cómo ha llegado a la cúpula de la política.
Conculcando la legalidad constitucional, a la que ahora tanto se remite después de haberla descalificado durante años con el apelativo “del régimen del 78”, al hacer un anuncio electoral desde la sede del gobierno, el segundo Vicepresidente nos informa que se decide a presentarse en las elecciones madrileñas para que la izquierda desbanque a la derecha que lleva veinticinco años reinando sin trabas en la Comunidad.
Iglesias se felicita a sí mismo de tan brillante idea porque da por descontado que se unirá a Más Madrid, que, para sorpresa y desesperación de Podemos, obtuvo tres veces más votos que la formación que lidera el Vicepresidente. Pero, al parecer, no se lo había comunicado a aquellos. Es decir, Iglesias le hizo una OPA hostil a Más Madrid, y, engreído de su papel de salvador de la izquierda, creyó que le recibirían con los brazos abiertos y la banda de música.
La respuesta, esperable, no puede ser más humillante. Le han dicho que no, y como también era esperable, no se lo ha dicho primero la cabeza de lista de Más Madrid, Mónica García, que lleva varios años batiéndose el cobre en la oposición a las decisiones psicópatas de Isabel Díaz Ayuso, sino Íñigo Errejón, que para eso es hombre y líder de la formación, aunque no se halle en la Asamblea sino en el Congreso. De lo que, dolientemente, como corresponde a una mujer, se ha quejado llorosa y en público la interfecta. Total, un absoluto despropósito.
Ni se entiende cómo Iglesias no tentó antes el ánimo de su antiguo compinche, que bien dolido y humillado salió de Podemos después de su derrota en el congreso de Vistalegre y de la venganza posterior de Pablo, relegándole a los escaños del gallinero en el Congreso, ni se comprende que éste creyera que su anuncio iba a ser recibido con palmas. Excepto que su soberbia, que cada día se alimenta de su propio engreimiento, le haga creer que es efectivamente el líder indiscutido de un partido que tiene numerosas vías de agua, y que su presencia devolverá la luz, el esplendor y el poder a una izquierda moribunda. Porque en la Asamblea de Madrid se mantienen esa coalición inestable y sin contenido de Unidas Podemos en un equilibrio que no tiene futuro, dado que en las anteriores elecciones obtuvo grupo parlamentario por un margen estrechísimo y se le augura la desaparición en la próxima confrontación electoral.
Aparte de los delirios de grandeza que padece Iglesias, desde que, por las circunstancias sociales que se han dado en este último cuarto de siglo en todo el mundo, el populismo redentor de Podemos le llevó a los Parlamentos y finalmente al gobierno, fuentes fiables me han informado que su presencia en el Consejo de Ministros es insoportable. Como si estuviera allí para hacer oposición, que también me han confirmado que no hace nada en el Ministerio, cree que su papel de izquierdista es corregir, criticar y hasta enfrentarse con el Presidente y con las decisiones del Consejo del que forma parte. Esta conducta es la farsa en la que se ha instalado. Como no iba a renunciar a disfrutar de poder quedándose en la oposición, se abrazó entusiásticamente a Sánchez el 10 de noviembre de 2019, después de habernos hecho perder a todos un año mostrándose huraño y digno contra él.
De teatro en teatro, de comedia en comedia, este año de gobierno se lo ha pasado de televisión en televisión, de twitter en twitter, haciendo críticas y arengas contra sus socios de gobierno, y de Consejo en Consejo, donde ni da ideas ni ofrece programas ni informa de lo que hace su ministerio.
Ahora, Iglesias, con la supuesta Ley de Vivienda que nunca llegará a ver la luz, cosa que un profesor de Ciencia? Política ya debía saber –me estremezco pensando lo que habrá enseñado en sus clases-, tiene nueva bronca que airear, para ver si enardece a su electorado, más bien desencantado y melancólico, despotricando contra las grandes empresas de inversión inmobiliaria y apelando a las emociones de los pobres inquilinos, como hacía Evita Perón con sus “descamisados”.
Las expectativas para la izquierda en las próximas elecciones madrileñas son realmente patéticas. Enfrentados Podemos con Más Madrid, arrastrando el peso de una muda IU en estado comatoso, liderada la coalición por ese fantasmón de Pablo Iglesias, lo que es de esperar no es solo que el PP revalide su triunfo sino que VOX aumente su influencia social.
Porque para “salvadores de la patria” ya están Abascal y Ortega Smith, que tienen ese mandato divino y por ello surgieron como alternativa al peligro social-comunista y ante la inoperancia de “la derechita cobarde”.
En estos tiempos, recordando la sentencia de Marx de que la historia siempre se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa, no cabe duda de que estamos asistiendo a la más insólita farsa que debíamos esperar, en este año 2021, en que se cumplen noventa de la proclamación de la II República Española.
Lo peor, es que ahora no es la derecha sino la izquierda la que la representa.
Madrid, 19 marzo 2021.


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