Baudelaire el poeta maldito condenado y multado

Arturo del Villar||

Escritor, poeta, editor y periodista. Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio||

A los 200 años de su nacimiento, Charles Baudelaire continúa siendo un poeta actual, como lo demuestran las ediciones que están apareciendo en estos meses de sus obras, sobre todo de la fundamental Les Fleurs du mal, una de las colecciones de poesía consideradas un libro clásico. A destacar, la edición llamada definitiva por Calmann—Lévy, preparada por el poeta, ahora establecida por Pierre Brunel con textos complementarios, todo un lujo para releer con la misma emoción que la primera vez, por el que denominó “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”.

   

Combatió por la libertad en las barricadas parisienses, pero sufrió la censura, la incomprensión y la condena, convirtiéndose en el ejemplo exacto del poeta maldito, gracias, si así puede decirse, a su libro censurado por “la necedad el error, la culpa, la codicia” connaturales con nuestro espíritu, y sobre todo con el de los jueces, según él mismo advirtió en el primer poema, oportunamente dedicado “Al lector”. 

 

Portada de la primera edición de “Les fleurs du mal”.

 

Las modificaciones políticas afectan a todos los órdenes sociales, como es obligado, también a las artes y las letras. Un caso paradigmático lo proporciona Charles Baudelaire, que combatió en las barricadas parisienses por la libertad, y sufrió la multa y la censura por su obra poética, recogida en Les Fleurs du mal, uno de los libros de mayor influencia en su tiempo, ahora un clásico  universal indiscutible que seguimos leyendo con la misma sorpresa que lo hicieron sus contemporáneos.

  

Su vida transcurrió entre el 9 de abril de 1821 y el 31 de agosto de 1867, en París, la ciudad considerada la más placentera del mundo, aunque para él fue a menudo triste y angustiosa. Muerto su padre cuando él tenía seis años, la madre volvió a casarse con un coronel autoritario que nunca comprendió al niño, por lo que ya desde el principio su vida resultó desagraciada, y con los años lo fue más todavía. Seguramente por esta causa pudo componer esos poemas hundidos en el spleen que le proporcionaron más recuerdos que si tuviera mil  años, tal  como lo escribió.

   

La juventud bohemia le regaló la sífilis, el mal entonces de moda junto con la tuberculosis, y, a causa de ella, varias enfermedades que le llevaron a la muerte a los 46 años. Una biografía dolorosa matizada por los reconocimientos literarios, que son los permanentes para la historia.

Un período revolucionario        

 

Su biografía se extiende por un período revolucionario en Francia. El 22 de febrero de 1848, cuando estaba a punto de cumplir 27 años, tuvo lugar en París una marcha de protesta estudiantil. Reinaba desde 1830 Luis Felipe de Orleáns, llamado El Rey Burgués por su política, basada efectivamente en la pujante burguesía, sin atender a las necesidades del proletariado. Aunque el monarca declaró el estado de sitio, la Guardia Nacional se posicionó junto a los manifestantes contra el ejército realista. 

   

La noche del 23, los militares dispararon contra los manifestantes, matando a un número indeterminado de ellos, porque no se dio a conocer para evitar que se encresparan más los ánimos revoltosos, cercano al centenar, y muchos heridos. Esta matanza sin motivo animó a los parisienses a levantar barricadas en todas las calles, para enfrentarse a los militares: en una se hallaba Baudelaire, dispuesto a combatir por la libertad del pueblo. 

   

Aunque Luis Felipe abdicó en un nieto de nueve años, la Asamblea Nacional rechazó ese gesto a destiempo y proclamó la II República Francesa, el 25 de febrero de 1848. El exrey y su familia se exiliaron en Londres. El ejemplo de Francia se extendió por Europa, dando lugar a la conocida entonces como Primavera de los Pueblos. Coincidió con la publicación el día 21 de febrero, en idioma alemán, del Manifiesto del Partido Comunista, firmado por Karl Marx y Friedrich Engels, inmediatamente traducido al francés, con su declaración inicial de que el fantasma del comunismo estaba recorriendo Europa, desde donde saltaría a los demás continentes. 

   

Las monarquías se asustaron, al ver que de nuevo Francia señalaba un camino revolucionario a los descontentos sociales, los parias de la tierra que reclamaban sus derechos. En España, donde reinaba Isabel II, se decretó el cierre de las Cortes el 22 de marzo, y se produjeron motines callejeros en Madrid y Sevilla, reprimidos duramente por el general Narváez, autoproclamado jefe del Gobierno debido al poder de su espada: por algo era apodado El Espadón de Loja, su pueblo natal. 

   

Sin embargo, el movimiento revolucionario iba a ser breve en Francia: el 10 de diciembre, fue elegido democráticamente presidente de la República el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, convirtiéndose extrañamente en un príncipe-presidente, lo que resulta una logomaquia imposible. No se conformó con ese título, por lo que organizó un plebiscito muy bien preparado, que el 7 de noviembre de 1852 eligió volver al Imperio como forma del Estado. Así que el 2 de diciembre fue proclamado emperador de Francia, con el nombre de Napoleón III. La lucha por la libertad de Baudelaire fracasó, pues, y el resto de su vida transcurrió bajo el II Imperio, que resultó nefasto para los franceses, y él no fue una excepción. 

El mal como poesía 

El 21 de junio de 1857, se terminó de imprimir Les Fleurs du mal, colección de poemas en parte ya dados a conocer en revistas y muy bien recibidos por los lectores. Significó el inicio de una renovación lírica para poner fin al romanticismo hasta entonces triunfante. Había sido también un invento francés, deseoso de implantar el liberalismo en la literatura, conforme a la famosa definición dada por Víctor Hugo. Pero el liberalismo había abierto paso a la revolución, y fue entonces cuando apareció el libro revolucionario esperado, para implantar una nueva sensibilidad.  

   

Comenzado hacia 1840, en un principio iba a titularse Las lesbianas, como un canto a los amores femeninos prohibidos por la sociedad tradicional. A medida que crecía en poemas y temas, superó la primitiva intención, y ya desde 1850 fue anunciado como Las flores del mal, un título contrario a la consideración burguesa de las flores como representación de la belleza y del aroma, un regalo exquisito. En el poemario triunfan otras flores, las satánicas, las representantes del mal en la naturaleza, algo al parecer contradictorio con la opinión generalmente admitida. 

   

Uno de sus más celebrados poemas, el soneto “Correspondencias”, recomienda la incorporación de sinestesias para confundir sensaciones, sentimientos e ideas, porque en la Naturaleza se acumulan “bosques de símbolos”, donde “los perfumes, los colores y los sonidos se responden”. Se le considera el iniciador del simbolismo, que acabaría siendo un movimiento renovador en el que participaron los poetas más inspirados, como Paul Verlaine, Arthur Rimbaud y Stéphane Mallarmé, por limitar la lista a los principales en Francia, aunque se contagiaron los de otros países.

   

Mediante el título provocativo, el poeta alertaba a su “hipócrita lector” sobre la intención del poemario. Las flores tradicionalmente, y todavía en la actualidad, se identifican con la belleza, constituyen un adorno muy apreciado, y un regalo siempre bien recibido, con especial aceptación entre los enamorados. Las novias llevan un ramo de flores el día de su boda. Al colocarlas como exponentes del mal, resaltaba la intencionalidad maligna de sus versos, en los que se manifiesta contrario a la enseñanza religiosa.

El propósito de Baudelaire consistía en ofrecer a sus lectores un ramillete de maldades, opuesto a las tradiciones arraigadas en la burguesía,  y especialmente en la Francia del II Imperio, ya que tanto Luis Napoleón como su mujer, la española Eugenia de Montijo, eran unos fanáticos defensores de la religión, de la familia y de las denominadas buenas costumbres.

Rebelión social en la lírica

Una de las secciones más criticadas negativamente, “Rebelión”, une tres poemas contrarios a la enseñanza de la Iglesia católicorromana, en la que Baudelaire fue educado, pero que detestaba y quería combatir. El primero, “La negación de san Pedro”, define a Dios “como un tirano harto de carne y de vinos”, y a Jesucristo como un ingenuo al orar en el Huerto de los Olivos a un Dios implacable. Termina con una afirmación rotunda: “San Pedro renegó de Jesús… hizo muy bien”, lo que implica que el autor lo había hecho igualmente, pues de otro modo no alabaría su decisión. 

   

Traduzco los versos directamente, sin pretender reproducir el ritmo o la rima, como suelen intentar los traductores, puesto que me interesa solamente resaltar el pensamiento de Baudelaire expuesto en verso.

   

Más revolucionario todavía es el segundo poema, “Abel y Caín”, en donde opone las dos razas salidas de los dos hermanos, conforme al relato bíblico. Dada su interpretación de la sociedad, demuestra una clara predilección por los cainitas. Concluye con una declaración de guerra a Dios: “¡Raza de Caín, sube al cielo /  y arroja a Dios sobre la tierra!” Por supuesto, el poeta se integraba en la raza cainita condenada.

   

La culminación de esa oposición a Dios, heredera de la iniciada por los ángeles rebeldes en las esferas celestes, “Las letanías de Satán”, constituye un ritual de misa negra, en el que se transfieren a Satanás las alabanzas piadosamente reservadas a Dios en las religiones. Comienza invocándolo así: “¡Oh tú, el más sabio y el más bello de los ángeles, /  Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas”, para dedicarle este estribillo: “¡Oh Satán apiádate de mi enorme miseria!”, y terminar con una plegaria en la que le pide: “Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia, / cerca de ti repose”, lo que equivale a solicitar la condenación eterna en el lago de azufre infernal en donde pasan la eternidad los ángeles desterrados del paraíso por su rebeldía, según explica el cristianismo. Puesto que el poeta era un rebelde también, quería unirse a ellos en su condena. Todo esto debía alarmar extraordinariamente a la buena sociedad del imperio.

   

Y más que a los sencillos burgueses conservadores a los funcionarios encargados de velar por las buenas costumbres.  Como ya se ha recordado, la impresión de Las flores del mal se terminó el 21 de junio de 1857. Ni siquiera habían transcurrido dos meses cuando el procurador imperial, Ernest Pinard, denunció el libro por constituir, en su opinión, “un desafío lanzado a las leyes que protegen la religión y la moral”. Monsieur Pinard (1822-1909) era más fanático que su emperador, que ya es decir, y dirigía una cruzada para regenerar las costumbres de los franceses, a su modo de ver pervertidas. Con ello se ganó el cargo de ministro del Interior en 1867, y el desprecio de las personas sensatas.

   

Por esas decisiones, ha conseguido un puesto relevante  en la historia de la humanidad, como el más estúpido de los inquisidores literarios. El 29 de enero del mismo año 1857 ya denunció a Gustave Flaubert, por haber introducido en Madame Bovary una “ofensa a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres”, alegato desbaratado por la defensa del novelista. La sociedad imperial se basaba en figuraciones. 

   

Fue muy severa la censura contra Las flores del mal, traducida en una multa al autor de 300 francos, rebajada después a 50, y en la supresión de seis poemas calificados de obscenos. No se sabe si los compradores del volumen arrancaron las páginas condenadas, pero es cierto que en las siguientes ediciones no aparecieron los seis cuerpos del delito. Por increíble que parezca, hasta 1949 no volvieron a incorporarse a las ediciones hechas en Francia, considerada la patria de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad. Cuando es una República, naturalmente.

El juicio de los lectores

Vamos a revisar los seis poemas provocadores del escándalo, aunque sigue habiendo muchos pinardianos en el mundo, y especialmente en España, donde los jueces continúan condenando a los escritores, dibujantes y cantantes, cuando a su menguado entender ofenden con su arte al rey o a algún miembro de su familia, ya que tienen categoría de irresponsables e incriticables. Todos pasarán a la historia, como el estúpido Pinard.

   

Se titula el primero “Lesbos”, un canto a la isla en donde Safo compuso sus poemas apasionados, “donde los besos son como las cascadas / que se lanzan sin miedo a los abismos sin fondos”. Alaba a las muchachas entregadas a acariciar “los frutos maduros de su nubilidad” en las noches cálidas, y ensalza los encantos “De la machota Safo, la amante y la poeta, / más bella que Venus por su triste palidez”. El poeta se considera elegido “para cantar el secreto de sus vírgenes en flor”, y lo hace en este libro.

   

Con el mismo tema,  “Mujeres condenadas” refiere los amores de Delfina e Hipólita, bellas y apasionadas. La apología del amor lésbico está a cargo de Delfina, que opone sus besos suaves a los de un amante impetuoso, pero Hipólita teme haber “cometido una acción extraña”, lo que debe entenderse como antisocial, a lo que replica Delfina: “¿Quién, pues, ante el amor osa hablar de infierno?” Su diálogo continúa exponiendo los placeres preferidos, pero en las cinco estrofas finales Baudelaire comenta que serán perseguidas, aunque las anima: “Sombras locas, corred hacia el límite de vuestros deseos”, y termina recomendándoles: “Realizad vuestro destino, almas desordenadas, / y huid del infinito que lleváis en vosotras!”

   

Siguiendo la descripción de la mitología griega, en “El Leteo” cuenta que ese río del Averno fluye de los labios femeninos, y quiere perderse en él, con unas descripciones de la voluptuosidad compartida, en un tono exaltado, y exclama después: “De ahora en adelante, a mi destino, mi delicia, / lo obedeceré como un predestinado”.

    

Otra manifestación de los deseos lujuriosos inspira “A la excesivamente alegre”. Se refiere a una coqueta que se exhibe con variados trajes, una “loca que me ha enloquecido”. Le declara que quisiera saciar una noche sobre su cuerpo los deseos que le impulsan, morder su seno hasta “abrir una herida larga y honda”, en la que poner sus labios para “inyectarte mi veneno, hermana mía!”

   

También el cuerpo femenino protagoniza “Las alhajas”. Expone una descripción de la muchacha desnuda cubierta  de “alhajas sonoras” tendida en un diván. Se recrea en la enumeración de sus encantos físicos, “más mimosos que los Ángeles del mal / para turbar el reposo en que mi alma estaba apostada”, ya que según la tradición Lucifer era el más bello de los ángeles.

   

El último poema prohibido, “Las metamorfosis del vampiro”, relata en la primera estrofa la representación detallada por una mujer de sus propios encantos, y de su capacidad sexual, pero en la segunda su compañero de aventura relata cómo descubre a su lado en la cama, “en vez del maniquí poderoso / que parecía haberse saciado de sangre”, la suya, los restos temblorosos de un esqueleto con el que había intercambiado sexo.

   

Para aquella sociedad imperial estos poemas constituían un tremendo desacato a la moral. En realidad no podemos extrañarnos, el ver en qué motivos se basan los jueces monárquicos en la actualidad para sentenciar a los escritores, dibujantes o cantantes que utilizan como tema al monarca y su familia. Al final la historia dicta su veredicto indiscutible, pero a los condenados ya no les compensa. Pese a la condena imperial, Les Fleurs du mal es un libro merecedor del título de clásico.

 

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