Eduardo Luque Guerrero||
Periodista y analista||
El tándem Obama-Biden fue, como recordaremos, uno de los más agresivos de EEUU en los últimos tiempos; intervino en 7 nuevas guerras en 8 años de mandato. Quienes creyeron, muchos desde la izquierda, que Biden racionalizaría la política norteamericana y avanzaríamos hacia una mejora en las relaciones internacionales confundían sus deseos con la realidad. La presidencia de Biden, aunque mermado cognitivamente y, tal vez por ello, fue, es y será muy conflictiva. Sus enfrentamientos con China, Irán, Venezuela… y ahora el incremento de la tensión en Ucrania auguran un futuro poco esperanzador.
Ucrania un estado fallido
Volodímir Zelenski era un cómico televisivo, un bufón, que ahora ejerce de Presidente. Se presentó a la contienda electoral como un “outsider” de la cosa pública, un personaje políticamente débil, sin apoyos parlamentarios. Es una constante en la política ucraniana desde que Poroshenko, el anterior presidente, se apoyara en las fueras ultra-nacionalistas y neonazis para continuar en el poder. Son esas fuerzas las que hoy marcan el paso al nuevo presidente. Los sucesivos gobiernos, y éste también, se han enfrascado en un proceso de revisionismo histórico que eleva al rango de héroes nacionales a antiguos genocidas nazis como Stepán Bandera.
El gobierno Zelenski ganó las elecciones con la promesa de la lucha contra la corrupción y la resolución pacífica del contencioso con Rusia. Nada de esto se ha cumplido y la popularidad del presidente cae en picado. Al comienzo de su mandato, Zelenski realizó algunos pasos: intercambio de prisioneros, propuesta de continuar las negociaciones… Fue un espejismo: la corrupción sigue instalada en las más altas estructuras del país mientras que la gestión de la pandemia (la campaña de vacunación es un fracaso) no hace sino aumentar el descrédito del actor-presidente.
Ucrania, además, vive la mayor crisis institucional que se recuerda. Tras el golpe del 2014, se creó a instancias de EE.UU una oficina Anti-corrupción (NABU) “teóricamente independiente” y cuya función era supervisar la investigación y el enjuiciamiento de los funcionarios corruptos. Manejada directamente por las agencias de inteligencia estadounidense, se ha utilizado para presentar casos penales contra los oligarcas que no gustaban: el Tribunal Constitucional declaró a esta oficina como ilegal; Zelenski respondió intentando sustituir a los jueces del Tribunal Supremo y abriendo una crisis institucional de enorme profundidad.
Todo esto son síntomas de la grandísima crisis política en la que está inmersa Kiev. El país entró en la era “democrática” de la mano de un golpe de Estado, la “Revolución del Maidán”, en 2014 (1).Las consecuencias de aquel Euromaidán “revolucionario” han sido desastrosas: la guerra civil, la corrupción escalando a niveles inverosímiles, la disminución dramática del nivel de vida. Los partidos políticos de corte nazi, con el apoyo de la oligarquía nacional y extranjera, afianzaron su representación; la represión política ilegalizó a fuerzas democráticas y, ahora, la amenaza de guerra con Rusia por Crimea y el Dombas.
Ucrania es ya un estado fallido. El presidente ucraniano, Volodomir Zelensky, parece decidido a pegar la patada hacia delante, es la única fórmula que conoce para remontar su popularidad: el 24 de marzo firmó un decreto que pretende “recuperar Crimea de Rusia” lo que equivale a una declaración de guerra en espera del apoyo de la OTAN.
Historia de un conflicto
El este de Ucrania vive una guerra intermitente desde hace siete años. Aunque la población de las dos repúblicas independientes (República independiente de Lugansk (VRL) y la República popular de Donets (VRD) votaron de forma masiva (96%) por su integración en Rusia, Kiev, a instancias de EEUU, nunca lo aceptó. Desde el 2014, el ejército ucraniano está haciendo la guerra a su propio pueblo. La humillante derrota militar sufrida a manos de unos cuantos voluntarios hace siete años (2) no ha servido como experiencia a los políticos ucranianos. En enero de 2015, la Rada Suprema ucraniana (Parlamento) definió a Rusia como “país agresor”, ya que Ucrania considera –sin presentar pruebas– que el país vecino interfiere en sus asuntos y es parte del conflicto en Donbás.
Moscú firmó, junto a Alemania y Francia que actuaron como mediadores, los acuerdos de Minsk, que pusieron fin, al menos teóricamente, a una guerra civil que había costado 13.000 muertos. De los tres acuerdos firmados (declaración de una amnistía para los rebeldes, reforma constitucional para proporcionar a los territorios independientes un estatus especial y la retirada de las fuerzas armadas de la zona) ninguno se cumplió,
Detrás de todo este proceso hay otras fuerzas y otros intereses. La OTAN está reforzando militarmente a los batallones de neo-nazis que fueron utilizados en 2014 como fuerzas de asalto en las movilizaciones de la Plaza Maidán. Estos batallones, conocidos como Pravy Sektor y que usan simbología fascista, fueron también responsables de los asesinatos de cerca de medio centenar de opositores quemados vivos en la Casa de los Sindicatos de Odessa y la masacre de civiles desarmados perpetrados en Mariupol, así como del uso de fósforo blanco contra la población civil en los bombardeos contra Lugansk y Donetsk. Son esos grupos, bien conectados en el ejército, y con contactos con la administración Biden los que promueven la guerra con más ahínco.
La guerra por el gas
Es Biden, evidentemente, quien maneja los hilos; Zelenski no es más que una marioneta. La administración norteamericana persigue tres grandes objetivos con esta crisis. El primero, evitar que se acabe la construcción del gaseoducto Nord Stream 2. El segundo, la ruptura política, tan deseada por Washington, entre Europa y Rusia que también implicaría la vacuna Sputnik V. El tercero, debilitar a Rusia como paso imprescindible para bloquear el paso y la expansión comercial china a través de la Ruta de la Seda. El embajador hindú, MK Bhadrakumar, señalo que el acuerdo Irán-China, firmado hace pocas semanas, cambia las estrategias globales estadounidenses y las normas de juego haciendo más perentoria la necesidad de yugular el proyecto chino.
En el fondo de la cuestión del Dombas y Crimea hay una tubería de 1.230 kilómetros de longitud. El gaseoducto Nord Stream 2 (faltan menos de 100 km de tendido para estar completado) trasladará 55.000 millones de m3 de gas/año desde Rusia hasta Alemania. Atraviesa el Mar Báltico y pasa, en algunos momentos, por las aguas territoriales o zonas económicas exclusivas de Rusia, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Alemania, lo que da idea de la complejidad del proyecto. Su presupuesto supera los 1.1000 millones de dólares: la mitad las pone la empresa rusa Gazprom y la otra mitad un conglomerado de empresas occidentales.
El gaseoducto doblará las ventas de gas desde Rusia (el mayor exportador) hacia Alemania (mayor consumidor). Berlín recibiría el gas un 50% más barato (3) y Moscú incrementaría el precio y sus beneficios al no tener que pagar derechos de tránsito, como hace actualmente. Un gran negocio para los dos países.
A este gaseoducto se oponen Ucrania, Polonia, Eslovaquia, Estonia, Letonia, Lituana y, especialmente, Norteamérica. Los argumentos para oponerse son de lo más variopinto. Anthony Blinken, el actual Secretario de Estado de EEUU, afirma que es un mal negocio para Berlín. El sabe, mejor que los propios alemanes, lo que es bueno o malo para ese país. El Secretario de Estado de Biden está preocupado por la equivocación que cometerá Alemania cuando reciba el gas un 50% por cierto más barato. La canciller Merkel, por el contrario, apuesta por el negocio.
Países como Ucrania, Polonia o Eslovaquia, que incrementan el precio notablemente por permitir pasar el gas por su territorio, pierden una gran fuente de ingresos. Ucrania, por ejemplo, recibe actualmente entre 2.000 y 3.000 millones de dólares anuales (3,5 % del PIB) por ese concepto. Una vez que el Nord Stream 2 entre en funcionamiento, Kiev recibiría la mitad al igual que Polonia y Eslovaquia.
La presión norteamericana para evitar su construcción ha sido enorme. La utilización de las sanciones económicas aplicadas en la época Trump, incluso a sus socios europeos, no han sido suficientes para paralizar el proyecto (4). Se está utilizando cualquier argumento: en enero, el Parlamento Europeo, liderado por los países contrarios al gaseoducto, promovió una resolución que proponía paralizar su construcción mientras no se pusiera el libertad al “opositor” Alekséi Navalny, el definido por el Pentágono como el “Guaidó” de Rusia. Otro argumento esgrimido es que todo es una estratagema de Putin para controlar, a través del gas, a la propia UE. En realidad, desde hace 10 años existe otro gaseoducto con un recorrido similar pero de menor capacidad: el Nord Stream 1, o Nord Stream a secas, que sigue suministrando gas a Alemania. El gas es el quid de la cuestión.
La mano negra de Biden y el gas de esquisto
El presidente Biden, entonces vicepresidente de los EEUU, tuvo mucho que ver con el golpe de Estado en Ucrania y el desarrollo posterior de la situación que condujeron a la guerra civil. Su actual Secretario de Estado, Anthony Biken, la subsecretaria de Estado, Victoria Nuland o Geoffrey R. Pyatt, el hoy embajador en Grecia, fueron los artífices de la guerra en 2013-2014. Su objetivo era desestabilizar a Rusia provocando y manteniendo la tensión militar en la zona. El presidente norteamericano llegó a manifestar en una nota de prensa: “El presidente Biden afirmó el inquebrantable apoyo de EEUU a la soberanía e integridad territorial de Ucrania”.
En realidad, con esta tensión artificial, Biden pretende colocar su gas procedente de las plantas de esquisto en Europa en sustitución del gas ruso. El gas de esquisto es notablemente más caro que el ruso, un 50% más, y obliga, para su tratamiento, a profundas remodelaciones en las plantas existentes o a la construcción de nuevas, lo cual aumenta su costo. El negocio para la UE es ruinoso, no tanto para Norteamérica que ve de esta forma una fórmula para revitalizar sus plantas de esquistos ahora en quiebra.
Preparando el escenario
Para Biden todo parece fallar. El gaseoducto se completa, las presiones políticas se demuestran vacuas y no amedrentan al inquilino del Kremlin y es entonces cuando se incrementa la presión militar. Durante 2020, y en plena pandemia, la OTAN realizó maniobras que implicaron a decenas de miles de efectivos e incluían el traslado de armas nucleares desde los puertos belgas hasta las bases situadas en Aviano, en el Norte de Italia, (y presuponemos) con la participación de Rota.
Este año, mientras tropas norteamericanas se acantonan en Ucrania y Polonia, se proponen maniobras militares en Grecia (lniochos 21) con la participación de la 510th Fighter Squadron, aviones de ataque nuclear estibados en bases griegas desde que este país en 2020 concedió a Washington el uso de todas sus bases militares (5). También participan aviones turcos y de Emiratos Árabes Unidos; todo muy cerca del Mar Negro, epicentro de las tensiones militares entre Ucrania y las repúblicas independizadas. Sergei Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, ya ha advertido a Turquia sobre sus veleidades militaristas a favor de Ucrania. A partir de los meses de abril a junio, otras maniobras aún mayores, la Defender Europa 21,moverán a decenas de miles de efectivos cerca de las fronteras rusas. Estas maniobras serán comandadas por oficiales ingleses.
Mientras el ejército ucraniano con el beneplácito de la OTAN (6) alienta las violaciones de los acuerdos de desescalada (7), Ucrania sigue concentrando más y más unidades en la zona de contacto con la República independiente de Lugansk (VRL) y la República popular de Donets (VRD), las dos repúblicas independizadas tras la guerra civil del 2014. Las tropas ucranianas amenazan a decenas de miles de rusos (unos 600.000) que viven en esas repúblicas.
Moscú no puede dejar sin respuesta una agresión a sus ciudadanos y Lavrov ha marcado en ese punto la línea roja. Rusia no desea la guerra aunque ya ha advertido, de forma rotunda y clara, que intervendrá militarmente si se le provoca. Rusia responderá con fuerza. En paralelo, las tropas de la república de Transnitria, fronteriza con Ucrania ha movilizado sus escasas unidades como ha hecho el ejército de Bielorrusia. En caso de conflicto, Ucrania tendría que verse combatiendo en varios frentes.
El ejército ucraniano es incapaz de plantar cara a su archienemigo ruso. La inteligencia de Novo-rusia confirma que el 60% de las unidades pesadas no están en condiciones de combatir, la corrupción en el ejército es de tal calibre que las unidades no pueden hacer maniobras por falta de combustible o municiones que “desaparecen” de los arsenales; el reclutamiento es muy dificultoso, la moral es muy baja; el número de muertos o heridos que se producen por accidentes, sobredosis de alcohol, drogas o suicidios es muy elevado.
En paralelo, la OTAN, desde febrero, ha seguido abasteciendo al ejército ucraniano de material militar nuevo, entre ellos: drones de ataque, sistemas de guerra electrónica o sistemas antitanque. Moscú ha desplegado unos 40.000 efectivos en su línea fronteriza. Turquía ha desplazado 180 oficiales de su ejército para crear una brigada turco-tártara con militantes jihadistas retirados del Norte de Siria y que apoyarían a las tropas ucranianas. Tropas norteamericanas, polacas, inglesas, francesas y navíos de guerra españoles también participan en la maniobras que se anuncian. Y, sin embargo, le piden a Rusia que retire sus tropas de sus propias fronteras. Todo es un sin sentido: ¡Los militares europeos y norteamericanos se acercan a las fronteras rusas y a Moscú se le exige que no mueva sus defensas en su propio territorio!
Biden ha tensado la cuerda tanto que no sabemos si es un punto de no retorno. Insultó a Putin en un acto increíble llamándole asesino y asegurando que no hablaría en persona con el dirigente ruso, aunque, acto seguido, reconoció la debilidad de su posición y el 13 de abril solicitó, en una conversación telefónica entre los mandatarios, celebrar un encuentro personal en un tercer país para hablar del conflicto ucraniano. Por otra parte, en la misma conversación, se acordó que navíos de EEUU, que tenían que entrar en el Mar Negro no lo hicieran para evitar, en caso de conflicto, posibles errores. Moscú está tentada de cerrar, como hizo en 2018, el estrecho de Kerk (une el Mar Negro con el Mar de Azov), convirtiendo el Mar Negro en un lago ruso. La situación alcanza un límite muy peligroso.
Pero ahora Biden parece haber cambiado de idea y, escasamente tres horas después de la conversación con Putin, imponía nuevas sanciones a Moscú. Sergei Lavrov ha calificado de “estúpidas” las acciones de EEUU y ha alertado sobre la inconstancia de las políticas de Washington. Como respuesta, el embajador norteamericano fue “invitado” por la parte rusa a abandonar el país y a elevar consultas con su gobierno; mientras 10 diplomáticos estadounidenses eran expulsados. Yuri Ushakov, el asesor presidencial de Putin, había señalado que Rusia respondería: “Rusia reaccionaria de forma muy decisiva”.
La situación sigue escalando: el día 17 era detenido por espionaje en Moscú el cónsul ucraniano en esta capital. Es posible que todo esto sólo sea un guiño publicitario antes de que se desencadenen las hostilidades o bien Putin se saque un as en la manga que sea capaz de propiciar la desescalada como ya hizo en el caso sirio (cuando Obama había decidido atacar Siria por la existencia de gas tóxicos en los almacenes sirios), o cuando salvó al presidente Assad “ayudando” a EEUU a luchar contra los terroristas, consiguiendo con sus bombardeos arruinar el trabajo de 8 años de la CIA preparando los grupos terroristas en Siria.
Kiev, a pesar de las proclamas de Biden, no encontrará más apoyo que el diplomático si inicia la escalada militar. Pero mientras es alentado por EEUU y la UE (el presidente del Consejo Europeo Carlos Michel visitó la línea de frente el 2 de marzo pasado), nadie y menos EEUU van a arriesgar una guerra directa con Rusia por un trozo de tierra ucraniano. Una guerra que podría implicar que China, en el otro lado del mundo, se decidiera por recuperar Taiwan.
Para Zelensky es tal vez una de las pocas bazas que le quedan; por ello el riesgo de confrontación se mantiene. Para EEUU- que retrocede frente a Irán, Iraq, Afganistán, Yemen y Latinoamérica- podría ser el medio de controlar definitivamente a sus vasallos europeos. De momento, estamos aún en la fase de demostrar músculo militar. Biden busca una victoria política que le refuerce y, para ello, no puede dejar de presionar las fronteras rusas utilizando otros paisajes como ariete.
Todos contenemos el aliento.
Notas:
1 La enésima “revolución de los colores”, financiada y promovida por EEUU y que contó con el apoyo de la UE.
2 La denominada batalla de Debaltsevo, también conocido como el embolsamiento de Debaltsevo, que obligó a Ucrania a firmar los acuerdos de Minsk.
3 Rainer Seele CEO de OMV, el gerente mejor pagado de Austria según la revista austriaca INDUSTRIA, calculaba esas cifras a finales del 2018.
4 Más de 300 empresas europeas han sido sancionadas desde el 2019 por colaborar en este proyecto.
5 El emblema de la escuadrilla de bombarderos es el símbolo del átomo con tres rayos que impactan en la tierra y un águila Imperial.
6 El presidente del Comité Militar de la OTAN, Stuart Perch, declaró que“los miembros de la OTAN están unidos para condenar la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia y sus acciones agresivas en el este de Ucrania”.
7 La OSCE, que debía controlar el alto el fuego, se limita a constatar que la violencia, con intercambio de fuego de artillería, intentos de reconocimiento en las zonas de contacto por parte de unidades especiales, se multiplican,




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