Rodrigo Vázquez de Prada y Grande||
Periodista. Director de Crónica Popular||
En una pirueta tan ridícula como sobreactuada- como todo lo que hizo en política-, Pablo Iglesias Turrión dijo adiós a la política en la misma noche electoral del 4M. Desde luego, su abandono de la esfera pública representa un gran triunfo para nuestra democracia y para la mayor parte de los españoles. Porque su breve paso por la política institucional- incluidos los 15 meses formando parte del Gobierno Frankenstein-no puede ser más sombrío y deplorable.
Su inesperada salida del Gobierno sanchista, en donde el presidente Pedro Sánchez le había regalado la vicepresidencia segunda y el Ministerio de Asuntos Sociales, había tenido lugar el pasado 15 de marzo. Y su decisión la hizo pública tras la convocatoria de elecciones en la Comunidad de Madrid por la presidenta Isabel Díaz Ayuso, advertida de la posibilidad de que Cs se aliara con el PSOE para repetir la moción de censura presentada en Murcia. Acostumbrado a lanzar soflamas tan grandilocuentes como inanes, trató de vender su “espantá” en la necesidad de presentarse como candidato en Madrid para luchar contra un fascismo que solo existe en su imaginario. Pero, la razón de su salto a la arena política madrileña estaba muy clara: trataba de salvar los muebles de Unidas Podemos, al borde de quedar sin un solo escaño en la Asamblea capitalina. Ahora, la rotunda victoria de Isabel Díaz Ayuso y, como contrapunto, el mismo resultado electoral de Podemos, al quedar en el furgón de cola como último de la lista en los comicios, le condujo a abandonar la política, dimitiendo de “todos” sus cargos.
El mayor demagogo de la política española
Sin duda alguna, P.I.T, pasará a la historia política de España como el mayor demagogo que ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados. Un peronista que, como expresión de su auténtica borrachera política e ideológica, siguió a pies juntillas las concepciones manipuladoras del pensamiento de Gramsci efectuadas por el argentino Ernesto Laclau – asesor del presidente Néstor Kichner- y de su esposa, la belga Chantal Mouffé, autora de un libro que aporta elementos fundamentales sobre los que se basó su estrafalaria acción política: “Por un populismo de izquierdas”.
Todo ello, adobado con los posicionamientos de los grupúsculos izquierdistas españoles que durante el franquismo fueron totalmente irrelevantes y que, desde el restablecimiento de la democracia, basaron su intervención política en el rechazo y deslegitimación de la Transición y de la Constitución de 1978. Y a esa tarea se sumó resueltamente Pablo Iglesias Turrión. Su nula comprensión de la Transición le llevó a considerarla como “un pacto entre élites, dirigida, limitada, cooptada”. Su inicial apuesta por un nuevo proceso constituyente, le hizo hablar de la Constitución como “ese papelito que se escribió”.
Olvidaba que nuestra Carta Magna fue aprobada en referéndum por el 87,78 % de los votantes. Y, además, que había sido redactada por siete “padres de la Patria”, que supieron expresar en ella el consenso entre fuerzas políticas muy distintas, cediendo todas ellas para que el texto constitucional respondiera a las aspiraciones de unas y otras y que, como escribió la Directora de la Real Academia de la Historia, Carmen Iglesias, “no hicieron lo que pudieron sino lo que debieron”.
Con esos mimbres político-ideológicos tejió toda su actividad política dejando tras de sí toda la expresión acabada de su inagotable demagogia que ha jalonado sus siete años de lo que él pretendió que fuese un rimbombante “asalto a los cielos”. Es cierto, sin embargo, que su aportación a lo peor de la política española no se podría haber producido nunca sin su alianza con Pedro Sánchez, con quien coincide sobre todo en una ambición desmedida y en una soberbia y narcisismo fuera de lo común. Pero, a pesar de su abultada bolsa de votos, por sí solo su acción política se hubiera reducido a utilizar el Congreso de los Diputados como altavoz de sus permanentes descalificaciones e insultos, sin mayor resultado práctico que los aplausos de su guardia pretoriana, cada vez más menguada.
Por eso, no se puede olvidar que fue Pedro Sánchez quien, en un alarde de irresponsabilidad y de trivialización de los cargos que componen el Gobierno de España, lo encumbró a la vicepresidencia de un Gobierno Frankenstein. Y fue él quien lo utilizó como auténtico mamporrero en el trabajo sucio de comprar el apoyo de los golpistas catalanes, a los que visitó obsequioso en la cárcel, a los que, mendazmente, consideró “presos políticos” al tiempo que igualaba al ex presidente Puigdemont y demás secesionistas fugados de la Justicia en Bélgica y otros países a los exiliados republicanos…Y fue Pedro Sánchez quien le dio barra libre en la tarea incesante de erosionar la imagen internacional de nuestro país, afirmando que “en España no hay una situación de plena normalidad política y democrática” cuando “los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas”.
Un amplio inventario de antidemocratismo
A Pablo Iglesias Turrión- y a Pedro Sánchez- se debe un largo y grave inventario de maniobras antidemocráticas: la creación de una fétida e irrespirable atmósfera de guerracivilismo en una sociedad que, con nuestra Carta Magna, se había puesto de acuerdo en 1978 en una cuestión capital: la construcción entre todos y para todos, sin exclusión alguna, de la España democrática; la extraña recuperación en su teoría y práctica del concepto fundamental del constitucionalista de Hitler, Karl Schmitt, de la dialéctica “amigo/enemigo” como base de la política; la demonización de las formaciones políticas del centroderecha y de la derecha conservadora como fascistas, agitando ante sus seguidores un antifascismo artificial que, realmente, se transformó en un verdadero fascismo; la profundización de la ruptura del consenso, mediante su alianza con el sanchismo, y el distanciamiento entre las fuerzas políticas constitucionalistas para alcanzar los necesarios Pactos de Estado sobre cuestiones esenciales para el fortalecimiento de nuestra democracia; el ataque permanente a instituciones básicas de la democracia, como la independencia de la judicatura, los cuerpos de seguridad del Estado, las Fuerzas Armadas, los medios de comunicación; de manera especial, las arremetidas a la Monarquía parlamentaria que la Constitución de 1978 establece en su artículo primero como “la forma política del Estado” y que mayoritariamente votó el pueblo español en referéndum el 6 de diciembre de dicho año, acompañada de todo un reguero de agravios al Jefe del Estado, el rey Felipe VI, que oportunamente ha recordado estos días la periodista Carmen Enríquez, en OKdiario; la entronización de los secesionistas catalanes y vascos y de los bilduetarras como piezas claves para el mantenimiento en la Moncloa del sanchismo, su apoyo a un imaginario derecho a la autodeterminación de Cataluña y las Vascongadas, sus pronunciamientos a favor del indulto a los golpistas catalanes –“deberían estar en las instituciones defendiendo sus ideas, representando a los ciudadanos que les votan […] y no en la cárcel o en el exilio”- y sus proclamas sobre un modelo territorial del Estado como Estado plurinacional; y el asalto a los medios de comunicación públicos, RTVE a la cabeza de todos ellos, muy en la línea de instrumentalización y patrimonialización por parte de Pedro Sánchez de las instituciones públicas, como la Fiscalía del Estado, con el nombramiento de su Ministra de Justicia, Dolores Delgado, como Fiscal General.
Política de “tierra quemada” en la izquierda
Y, junto a todo ello, a Pablo Iglesias Turrión se debe la política de “tierra quemada” en la izquierda, pisoteando sus principios internacionalistas y abrazando las tesis supremacistas de los secesionistas catalanes y vascos; expresando su “comprensión” del terrorismo de ETA, tras haber sido un “contacto de referencia” de la estructura abertzale de apoyo a los presos etarras; disgregando a la clase trabajadora en una suerte de compartimentos estancos de identidades construidas en un delirante imaginario; rechazando frontalmente la política de reconciliación nacional aprobada en junio de 1956 por el PCE liderado por Santiago Carrillo, que había puesto en un primer plano de toda su política “el valor y la esencia de la democracia”, por decirlo con las palabras del título más preciado de Hans Kelsen: triturando literalmente a Izquierda Unida, a la que primero dedicó toda una sarta de improperios- “sois los responsables de que en este país no cambie nada. Sois unos cenizos”- y luego manejó a su antojo; y contribuyendo poderosamente- con la inestimable ayuda de Pedro Sánchez- a desfigurar por completo el proyecto socialdemócrata que representaba el PSOE que hizo la Transición y gobernó España con Felipe González como presidente.
“Había que destruir a la izquierda”, le espetó un alto empresario de una cadena televisiva cuando un amigo le interpeló sobre el apoyo mediático que estaba recibiendo Pablo Iglesias Turrión en el comienzo de su andadura política. Y, desde luego, si esta operación hubiera sido diseñada más allá del Atlántico, no hubiera sido más perfecta.
Al mismo tiempo, en estos tiempos del posmodernismo político en los que, como señaló en Crónica Popular la presidenta del Partido Feminista de España, Lidia Falcón, “el comunismo no es comunismo, el fascismo no es fascismo, la izquierda no es izquierda y el feminismo no es feminismo”, a Pablo Iglesias Turrión se debe la banalización de la violencia, la de los CDR en las calles de Barcelona, destrozando comercios y quemando desde contenedores a coches de la policía, o la de sus seguidores en Vallecas, lanzando piedras y todo tipo de objetos contra los dirigentes de VOX; la elevación a categoría política de la mentira y la marrullería, como quedó patente con el montaje urdido en torno al supuesto robo de la tarjeta del móvil de su amiga Dina Bousselham que resultó estar en posesión del mismo Iglesias; y la creación de un clima enrarecido en los debates parlamentarios- “hay que normalizar el insulto en la política”, eran sus palabras antes de que fueran dirigidos a él- que, a buen seguro, terminará desapareciendo con su propia desaparición de la esfera pública.
Auge y caída de un grotesco populista
Desde la creación de Podemos en 2014, Pablo Iglesias Turrión se mostró ante los españoles como un caudillo grotesco en su misma forma física de presentarse y en su discurso: un populista de poca monta que lideraba un nuevo partido “atrapalotodo”. Con todo, su demagógico discurso contra “la casta” y su referencia a “los de arriba y los de abajo”, logró encandilar en las generales de 2015 a más de cinco millones de españoles- exactamente, a 5.189.463-, que le aportaron 69 escaños en el Congreso de los Diputados, aunque, progresivamente y de forma imparable, su formación política fue perdiendo votos, en una auténtica caída libre.
Y esta caída libre no la detuvo su nombramiento como vicepresidente segundo del Gobierno y el de Irene Montero como ministra, “por el mero hecho de ser (su) mujer”, en una materialización real y sui generis del “feminismo” que ambos propugnan. Más bien, estos extraños nombramientos de altos vuelos - inimaginables si el PSOE no estuviera dirigido por otro “caudillo” irresponsable y aventurero como Pedro Sánchez- la intensificaron, al situar a Pablo e Irene en el retablo estelar de parejas sentimentales que acapararon el poder en sus respectivos países: el general Perón y Evita, en la Argentina, y el presidente Caeucescu y su esposa en Rumanía. Dicho sea de paso, cabe imaginarse que las calles de España hubiera ardido si el disparate de formar parte al mismo tiempo de un Consejo de Ministros lo hubieran cometido un matrimonio o pareja de hecho de la derecha…
Al mismo tiempo, Pablo Iglesias Turrión ilustró a las claras en el interior de su propio partido su particular concepción de la democracia. Y, sin titubear en ningún momento, fue aplicando todo el repertorio de mecanismos perversos que conforman el liderazgo autocrático que, ya en 1911, había descrito críticamente el sociólogo alemán Robert Michels que, en su obra “Los partidos políticos”, había acuñado la “ley de hierro de la oligarquía”. Tras de sí quedan los cadáveres políticos de la gran mayoría de quienes le acompañaron en su irrupción pública y la creciente disminución de los afiliados que fueron participando en sus comicios internos.
Aunque, sin duda, encontró la horma de su zapato en la figura del cofundador de Podemos, Iñígo Errejón, que, desgajándose del tronco común morado, creó su propia formación, Más Madrid,- si bien, con sus mismas señas de identidad político ideológicas- a la que, infructuosamente, quiso colonizar de nuevo en las recientes elecciones del 4M. Porque, además, para mayor descalabro de sus últimas pretensiones políticas, el partido errejonista logró en Madrid lo que Pablo Iglesias Turrión había tratado de hacer en todo el país: superar en votos al PSOE, el “sorpasso” que, cual si del sueño de una noche de verano se tratase, había ansiado uno de sus mentores, el desaparecido Julio Anguita, en sus tiempos de coordinador general de IU.
La tentación caudillista
Poco tiempo después de su irrupción en la política, el catedrático Antonio Elorza escribió en El País un artículo- “La tentación caudillista”- en el que advertía los principales rasgos que entonces ya caracterizaban a Pablo Iglesias Turrión. Y, entre otras cosas, señalaba que “Pablo Iglesias, aun cuando se llene la boca de la palabra una y otra vez, rechaza la democracia, entendida como procedimiento mediante el cual se alcanzan las decisiones políticas (…). Pablo Iglesias es un político actuante en la democracia, en rigor no es un demócrata”.
Su tóxica concepción de la política, más acorde con las peripecias de la serie norteamericana “Juego de tronos”, de la que es un verdadero adicto, la fue desgranando en verdaderas perlas cultivadas que pasarán a formar parte de la “antología” de la demagogia populista con pretensiones seudorrevolucionarias y seudodemocráticas. Merece la pena recordar algunas más de las citadas anteriormente: “Tras la caída del Muro de Berlín, ya no existe la lógica de la derecha y la izquierda”; “El juego de derecha e izquierda es de trileros”; “Mi objetivo al salir en televisión es señalar a los enemigos del pueblo”; “Los escraches son una expresión de la democracia”; “Cualquier demócrata debería preguntarse si sería razonable que los presos de ETA y aquellos vinculados al independentismo vasco no deberían ir saliendo de la cárcel”; “Lo que ataca la libertad de expresión es que la mayoría de los medios sean privados”.
En fin…La democracia española y muchos españoles agradecerán la salida de Pablo Iglesias Turrión de la política activa. Y, entre esos muchos españoles, se encuentran incluso los críticos de su propia formación política. Así lo expresó Fernando Barredo, ex dirigente de Podemos en Castilla- La Mancha y su único rival en las últimas primarias celebradas entre los morados: “Pablo Iglesias dimite de todos sus cargos y se retira a seguir practicando lo contrario de lo que predica, huyendo de verse de diputado raso en la Asamblea de Madrid. Las farsas siempre se terminan, tarde o temprano”.
Se dice que ahora, después del fracaso de su viaje a ninguna parte en el universo de la política, buscará un acomodo en el grupo mediático Mediapro, la empresa de su amigo trotskista Jaime Roures. Con él, y con Oriol Junqueras y Marta Rovira, fraguó, a finales de agosto de 2017, la “moción de censura” que descabalgó del Gobierno a Mariano Rajoy con el apoyo de las fuerzas secesionistas catalanas y vascas que tienen representación en el Parlamento al amparo de la misma Constitución que pretenden derribar…Todo es posible. Porque ya antes de iniciar su vida política, había hecho público su sueño de dirigir una cadena de televisión “A mí me gustaría que un partido de izquierdas ganara las elecciones y me nombrara director de una televisión pública; eso es lo que más me gustaría”.
Por de pronto, la página que Wikipedia le dedica- se supone que escrita por él mismo o por alguno de sus “mariachis”- encabeza su amplísimo y detallado curriculum definiéndolo como “politólogo, presentador de televisión y expolítico español”. Sin duda, un buen reclamo publicitario para una próxima contratación y seguir haciendo caja…




Es ético que el número 1 de una lista no coja el acta y renuncie, porque se presentó entonces? No es una estafa política?
Y si PSOE , Más País o como se llame y Podemos hubieran conseguido mayoría habria renunciado a coger el acta o se repartirían los cargos en la Asamblea de Madrid?
Si esto es ética política ……