Los ausentes y la no intervención (Estados del alma 4)

Jaime- Axel Ruiz Baudrihaye||

Abogado y escritor||

https://laplumadelcormoran.me/, 25 de agosto de 2021.

“Es difícil decidir si la irresolución hace al hombre más desgraciado que despreciable, o qué es menos conveniente, si tomar un mal partido que no tomar ninguno”. La Bruyère.

El exceso de prudencia lleva a la inacción. Y a veces esa inacción es culposa y causa más daño que la propia acción. Como dice Eclesiastés (11, 4), “El que el viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará”.

Hay dos clases de no intervención, la ideológica y la acomodaticia. Cuando evocamos la No intervención pensamos en aquella funesta y falsa neutralidad de Francia y Gran Bretaña que dejó las manos libres a Hitler y Mussolini para ayudar a Franco, ahogando literalmente la Segunda República. Y en 1938, también esa ‘no intervención’ de Francia y Gran Bretaña permitió a Hitler apropiarse de Checoslovaquia.

Pero la No Intervención no es solamente la geopolítica (como ahora con Afganistán), sino que continúa en nuestra propia casa, es algo personal, es una actitud ante el mundo o, mejor, una inactitud (pues apela a la no acción). Es ausentarse de la realidad, vivir en otro mundo, abstenerse. Abstenerse, ausentarse. Absentismo intelectual.

Hay dos formas de estar ausente, de no intervención personal: la ideológica disfrazada de objetividad y ecuanimidad, y la meramente hedonista. En ambos tipos me refiero a personas medianamente cultas, es decir, las que deberían tener alguna responsabilidad cívica y no la ejercen, a esos que llamamos, con mayor o menor motivo, intelectuales.

Lo que está aquí en juego es la responsabilidad de los intelectuales y su función de catalizadores y orientadores de la opinión, no de seres meramente contemplativos. Los intelectuales no son los encargados de cambiar el mundo, pero no deben callar. Deben desenmascarar las patrañas de las empresas, el control numérico y digital, desmontar las falsas ideologías, como el nacionalismo, la explotación del hombre, la manipulación bajo banderas nacionalistas o religiosas de tantos jóvenes sin orientación (como las bandas de islamistas de las afueras y banlieues y las de jóvenes que se apuntan al nacionalismo racista, que son parecidos).

De la primera, la ausencia o no intervención ideológica, tenemos muestras todos los días. La intelectualidad española ha decidido no intervenir en casi nada y muchos de nuestros pensadores parecen dormitar en sus bibliotecas. Salvo honrosas excepciones (Cercás, Marías, Pérez Reverte, entre otros), lo hemos comprobado con dos asuntos que afectan precisamente a los intelectuales: primero, con el Procés, con el silencio de tantos liberales de toda España y de Cataluña; segundo, lo hemos visto con la ley Celáa, ante la que tanto eximio escritor ha callado, aunque atenta contra la lengua castellana (España es el único país del mundo que ha rebajado su propia lengua en su propio territorio). Pero nadie del Instituto Cervantes ni casi ningún escritor ha abierto la boca.

El silencio de la izquierda oficial

Parece subsistir en estos ausentes, en este absentismo, aquella cantinela de ‘hacerle el juego al enemigo’ con la que los que éramos comunistas o de izquierda encubríamos o dejábamos en sordina las masacres y desastres del gulag y del estalinismo. Ahora ya no hay bloques, ahora hay libertad de expresión pero la usan y no la ejercen. Hay muchos ejemplos de ese silencio, como es la dictadura en Cuba, la opresión de los uigures, tibetanos, royinghas. La izquierda oficial, uniformada, bien callada, pues sólo tiene ojos para los palestinos.

Hoy, el fiasco de Biden pone en evidencia esa ideologización, pues si hubiera sido Trump estarían las campanas intelectuales al vuelo. O el silencio de todas las activistas españolas del Me too y similares, incluidas conspicuas ministros que siempre hablan, como Belarra o Irene Montero, que no han dicho una palabra sobre lo que se cierne sobre las mujeres afganas.

Esto es más grave en la izquierda, o lo que resta de ella, que se suponía heredera del materialismo desde Diderot y que pensábamos que eran librepensadores. Los militantes de la casi extinta izquierda substituyen la realidad por su percepción de la realidad. No ejercen de materialistas aunque algunos presuman de marxismo (mal leído y peor digerido) sino que demuestran su completo idealismo, su ignorancia deliberada de la realidad.

Para ellos no existe la dictadura china o birmana, pero sí el imperialismo americano. Todavía estamos esperando que la izquierda diga algo sobre Lukashenko, el dictador de Bielorrusia. Tienen siempre a su disposición un juego de medidas diferentes, su propia vara de medir, adaptadas a su ‘realidad’, según su conveniencia. Se fabrican su re-presentación del mundo en vez de observarlo.

Así, en España, los del PSOE no critican lo que hace el gobierno ni los conservadores critican al PP. Para no hacerle el juego a la derecha o para no hacerle el juego a la izquierda. Pero esa inactitud produce considerables réditos: puestos en la administración, dádivas, favores, tribunas, palcos. Callado se está más cómodo.

Y hay otra No Intervención, otro absentismo moral e intelectual más solapado, que es la pasividad de los cobardes, los acomodaticios, los indiferentes y conformistas (que tan bien describió Moravia), los neutros, los pusilánimes. La de los que nunca ‘se significan’, nunca se comprometen. Un ejemplo gracioso de esa actitud indolente es la descripción que hace Ramón J. Sender de Mr. Witt (“Mr. Witt en el Cantón”), quien le daba la razón a los cantonalistas y a sus oponentes, según hablase con unos u otros. Así mantenía su rara posición de neutralidad, sin ser atacado por ninguno de los bandos.

Entre nuestros pensadores más egregios tenemos también varios ejemplos de esa no intervención histórica, como Ortega y Gasset, que fue un no intervencionista tras salir de España. Claro que siguió pensando, escribiendo, pero no levantó la voz contra la dictadura franquista (ni dijo una sola palabra sobre el Holocausto a pesar de ir a dar conferencias a Alemania después de 1945, cuando todavía estaban calientes las cenizas de los hornos crematorios). 

María Zambrano, y muchos otros liberales de su generación como Luis Jiménez de Asúa, Manuel García Pelayo, Manuel Granell o Salvador de Madariaga, sí se comprometieron abiertamente contra el franquismo. Antonio Machado sí intervino, su hermano Manuel, no. Azorín también acató y calló, como Gregorio Marañón -que llegó a prologar un libro del nazi belga Léon Degrelle- y otros intelectuales cuya obra es relevante, magnífica, pero su actitud moral fue discutible. Pío Baroja calló, pero no acató. Curiosamente, algunos que podemos considerar del bando vencedor se manifestaron y se expusieron, se comprometieron, como José Luis Aranguren o Dionisio Ridruejo, incluso Laín Entralgo, por citar tres de los más egregios.

 

No intervino más tras la victoria de Franco

El que no interviene, el ausente, se suele refugiar en sutilidades, en la bazofia ecléctica que denunciara Engels, o se escabulle en la erudición y libros de tiempos pasados, o hace alarde de un sabio escepticismo, en fin, el no compromiso. Es como si careciera de células nerviosas o de retina o de tímpanos. O es pura egolatría la que le impide ver, oír y sentir lo que no sea su propio hedonismo. El absentista moral pone un tabique entre su yo y la realidad. El mundo para él es pura sensación.

Por último, hay que relacionar la no intervención con el tiempo, con la edad. Se suele intervenir más al ser más joven y menos en la senectud, debido a esa desgana, cansancio o desengaño de los que hablaba en este mismo cuaderno de bitácora o blog.

Si los intelectuales no luchan por la libertad, no ejercen su misión educadora, si se ausentan y no se comprometen, quien ejercerá (o va a seguir ejerciendo) la hegemonía cultural e ideológica serán los medios controlados por las empresas digitales, los nacionalismos más engañosos y xenófobos, como en Cataluña, o el poder del Estado o de las regiones con sus prebendas de cargos, premios, jurados y ediciones. En definitiva, los ciudadanos seguirán postergados, no escuchados.

Para ausentes, ya tenemos a los jefes, a los ministros, a los consejeros de empresas, a la mayoría de los diputados y políticos, a los alcaldes alejados de sus ciudadanos. Los intelectuales no deben abstenerse, especialmente cuando se trata de criticar o debelar -con las armas del pensamiento- la impostura, mendacidad y soberbia de los poderosos o para defender a los más humildes, por ejemplo, a los inmigrantes, a los jóvenes repartidores, a los sin techo.

“Así, el sabio, que no lo es, o lo es sólo en su imaginación, se coloca siempre por encima de todos los acontecimientos y todos los males”. (La Bruyère).

El color del tedio (Estados de alma 3)

https://laplumadelcormoran.me 2021/07/22

O tédio é fraca compensação dos compromisos
(El tedio es una pobre compensación de los compromisos)
Nuno Júdice

Un tédio a tudo amolece-me. Sinto-me expulso da minha alma
(Un tedio a todo me reblandece. Me siento expulsado de mi propia alma)
Fernando Pessoa

No tenía noción del tiempo, sino del tedio

(Anónimo)

La poesía de Nuno Júdice (Algarve, 1949) siempre tiene algo de filosófica, como toda la buena poesía, y es oscura y lejana, como él mismo dice en un poema. Pero no sé si estoy de acuerdo con ese verso, salvo que quiera decir que nuestros compromisos, nuestra responsabilidad como personas, como ciudadanos, cuando no es atendida ni sirve para nada, da en el tedio, en una cierta desgana.

Fernando Pessoa ha expresado todas las variantes y todos los síntomas del tedio. El “Livro do desassossego” que, como he dicho en alguna parte, no entendí bien hasta que vine a vivir a Lisboa por primera vez, en el lluvioso otoño de 1989, es una de las más consistentes obras sobre el tedio.

Para Pessoa, el tedio es apartarse (o ser apartado), es magno, inerte, es cansancio del alma, incluso “el tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas e de las ideas, la perenne identidad de todo”. Puede ser también “estancamiento de pensar y de sentir”. Es “esa trabajosa inutilidad de todos los días iguales”.

Pessoa habla del color sin color del tedio, aunque principalmente lo asocia al gris. Otro portugués (realmente, es éste un país de saudade y de las mejores experiencias del tedio, Fidelino de Figueiredo, escribió la novela filosófica “Sob a cinza do tédio” (“Bajo la ceniza del tedio”). Este olvidado ensayista portugués (1889-1967) parece querer decir que el tedio es gris. No estoy seguro. El tedio es incoloro, como la lluvia, ni siquiera es sombra (que suele ser azul).

Pero el tedio puede ser creativo, no estéril. También dice Pessoa que “en la putrefacción hay fermentación”. Viene el tedio de una cierta saturación: saturación cultural, mental, informativa. Pero es quizá un descanso necesario de la mente, del ánimo. Después de horas o días de tedio, puede surgir esa idea que dormitaba y que no podía salir, oculta por la vida cotidiana, debido a la domesticidad.

 

 

“Sabio, sigue afirmando Pessoa, es quien monotoniza la existencia, pues así cada pequeño incidente tiene el privilegio de la maravilla”. “Monotonizar la existencia para que ella no sea monótona”.

El tedio es una contraposición subjetiva con la realidad, que es activa, cambiante, viva. Es un ensimismamiento necesario previo a la acción, como la concentración del jugador de ajedrez antes de mover la ficha. Ese sería el ensimismamiento positivo, productivo, el que precede a la acción.

¿Qué se puede hacer no para vencer, pues es invencible, sino para esquivar o engañar el tedio? Tenemos siempre, como dice Pessoa, “los artificios de la imaginación”.

El tedio no es el aburrimiento, ese feliz acontecimiento de los niños ahítos de los juguetes y del recreo, que felices, descubren de pronto que ‘se aburren’. El tedio es una pequeña muestra de la muerte, del final inerte, del apagar de las pasiones, intereses, motivos. Ya han acabado los artificios con que nos engañábamos. No es el ensimismamiento creador que mencionaba arriba, que puede ser germinal, fértil. Es un no-salir, es decir, un no existir. Se deja de hablar, ya no hay nada que decir, el tedio es mudo.

Aquel artificio que era el trabajo, la ocupación, ese gran subterfugio para tapar la inanidad de la existencia bajo la apariencia de producir algo, deja de ser un remedio. Trabajo, horarios, órdenes que dar y que cumplir para encontrar un sentido a la vida. El tedio aparece cuando uno se da cuenta de que todo era pura vanidad, puro artificio.

El tedio es interno, es suspender la existencia, el desinterés y la desgana de los que hablaba en esta páginas hace unas semanas.

( https://laplumadelcormoran.me/2021/06/25/desgana-y-pesimismo/ ).

Ya no hay intención, ya no hay esfuerzo. Suele coincidir con una pérdida de energía, como puede ser la progresiva pérdida de la virilidad o la menopausia. Ya no hay afán realizador tan propio del hombre, del que hablaba el filósofo orteguiano Manuel Granell.

Pero ante el tedio hay que resistirse, no dejar entrar al viejo, como ha dicho Clint Eastwood (“don’t let the Old man in”, es su fórmula mágica para seguir siendo activo y con ilusiones y proyectos a sus 90 años).

Siempre queda, en el tedio improductivo, el remedio pasivo, indoloro e incoloro, de contemplar el fuego en la chimenea o ver caer la nieve, sin pretender sacar ninguna conclusión, simplemente contemplar. Como me decía mi amigo Abud, “ser uno más es lo más difícil”. A veces, nos gustaría ser como esos ancianos que descansan en la tarde contemplando su huerta, nada más, esos que he visto la semana pasada en Alfarim, en esa hondonada llena de lujuriantes huertas silenciosas, umbrías, fértiles. O como esos viejos que dibujan con la punta de su garrota líneas en los paseos enarenados del parque provinciano.

Necesitaría un viento que barriese ese tedio apabullante que crece con la edad, y ese viento sólo puede salir de nosotros mismos. No esperemos nada de fuera.

 

Nuestro bienestar desencantado (Estados de alma 2)

https://laplumadelcormoran.me/2021/07/03

Francisco Nieva utilizó esta frase que describía y describe perfectamente un tono vital común, y continuado, en nuestra intelectualidad. Lo hacía en 1969 al comentar el montaje de Marsillach de la pieza “Biografía”, de Max Frisch. Francisco Nieva, que a su arte dramático y escenográfico unía la escritura y la pintura, nunca tuvo pelos en la lengua. Hablaba y escribía con una claridad cervantina (no en vano era de Valdepeñas, Ciudad Real), aunque también se recreó -y creó- en la serie que comienza con “Viaje a Pantaélica”, un disparate genial en tres volúmenes difíciles de encontrar (y de leer).

Nieva también habla en alguno de sus artículos (vean “El Reino de Nadie”, Espasa, 1996), pues era un articulista singular, especial (admirador de Larra), de los “contentitos”, esos que se acercan al Poder, sea el político, sea el del periódico y editoriales que marcan el canon literario y bien pensante en España (el lector avezado ya sabrá de qué periódico hablo). Los contentitos eran quizás esos que frecuentaban, encantados de la vida, ‘la Bodeguilla’ de Felipe González y los que hoy pululan en torno al gobierno y a su periódico oficial.

No es que yo haya estado nunca de lleno en el mundo de la cultura, pero lo observo un poco, desde fuera. Librerías, museos, academias de pintura, amigos metidos de lleno en presentaciones de libros, revistas y suplementos culturales de periódicos (para mí, los mejores el de La Vanguardia y del ABC).

Y, mirando lo que hace el gobierno, los movimientos de alcaldes y otros altos representantes (sedicentes) de la Nación, me da la sensación de que la Cultura está muy lejos del Poder. No es malo eso porque así es más independiente, más ácrata, más fresca. Pero hay como un distanciamiento, una especie de alienación.

La mayoría de las gentes de la cultura se queda al margen. Podríamos decir, medio siglo después, que esa es una situación habitual en la burguesía pensante española y en la mayoría de los intelectuales. A pesar de que somos una democracia avanzada nunca ha estado la cultura, en el sentido más amplio de la palabra -músicos, bailarines, pintores, dramaturgos, escritores, poetas-, más alienada y marginada respecto a los centros de poder. La falta de apoyo y de interés por la cultura, cuando vemos lo que sucede en Francia o el Reino Unido, es lamentable.

Las librerías están hueras de políticos, directivos, empresarios. A las librerías van jóvenes, gente con espíritu inquieto (y nada menos inquieto mental que un empresario inmobiliario, un alcalde o un cargo político: están a otra cosa).

Lo que sí hay es el adorno cultural del Poder. Para no parecer del todo ígnaros, las instancias del Poder, estatal, autonómico y local, deben hacer algunos ejercicios publicitarios. Inaugurar ARCO, ir a la Feria del Libro, en fin, lo que sale en la televisión. Cierto que hay muchos premios literarios y artísticos, que muchos bancos, para lavar sus culpas y sus inicuas prácticas usurarias, han creado fundaciones para darse cierto pisto, un barniz benefactor. Las eléctricas que afean el paisaje y las telefónicas que ensombrecen las fachadas de tantos pueblos de España con sus cables ¡resulta que tienen fundaciones culturales! También algún alto cargo y hasta algún ministro se deja ver, para que le vean, en alguno de esos festivales estivales de las Españas.

Pero, a pesar de ese espolvoreo de dinero, de ese mecenazgo condicionado y limitado, el mundo de la cultura está ajeno al Poder. Más bien, totalmente marginado. Al Poder, con mayúscula, no le interesa.

Veo al menos cuatro razones por las que al Poder (al político y al económico) no le interese la cultura.

  1. La primera es que como la política se ha convertido en espectáculo y publicidad, ¿para qué necesitan la cultura los políticos? No es para ellos una herramienta útil.

  2. La segunda razón del desinterés de los que mandan por la cultura con mayúscula es que la cultura es a largo plazo, incluso imperecedera, y los políticos, sobre todo estos de hoy, son efímeros, pasajeros.

  3. La tercera es que la cultura no da beneficios inmediatos, monetizables, no es un bitcoin. Que la cultura sea buena para la nación y para su prestigio e imagen, eso no les interesa. Tienen otras prioridades mucho más interesantes (de tipo de interés y de lucro).

  4. La cuarta es que no tienen tiempo para esas memeces de la cultura. Hay cosas más excitantes como tener poder, coche oficial, escolta, más dinero, más fusiones de bancos, telecomunicaciones, más urbanizaciones, más destrucción del paisaje, etc. Eso es más rentable.

Lo que no es necesariamente malo, pues puede dar más independencia a los que trabajan en al ámbito cultural. Pero no deja de ser triste, entristecedora, esa incultura que se nota en los políticos, en los directivos de empresas, esa insensibilidad (salvo para hacerse las fotos y hacerse publicidad de sí mismos) de lo que se supone sería la élite económica y decisoria del país.

Pero como el Poder siempre ha necesitado sus funcionarios culturales, sus escribanos, disponer de una prensa adicta, sigue habiendo intelectuales a sueldo de partidos, bancos y gobierno, más o menos indirectamente. Así lo vemos en los periódicos de Madrid, siempre sesgados hacia el PP o hacia el gobierno, periódicos que se leen sobre todo para confirmar creencias, para contribuir a la indignación mañanera, y menos para reflexionar o informarse objetivamente, como se ha visto recientemente con el problema de los indultos.

Por eso, además de que se compran menos periódicos -y no es sólo porque se lean en el ordenador sino porque a veces son tan sesgados y orientados ideológicamente que ya cansan-, muchas personas del mundo de la cultura, miles de profesionales, se sienten desposeídos, ignorados y, en definitiva, en ese bienestar desencantado que Nieva describiera tan bien.

Para que hubiera un fomento de la cultura desde el Poder, éste tendría que apostar por:

La anticipación, adelantándose a las tendencias, invirtiendo en los medios digitales, extendiendo la fibra óptica por toda España.

La Innovación, apostando por la juventud, por las lenguas de España y de Portugal, y no solamente por las tendencias políticamente correctas de obligado cumplimiento.

La Comunicación, facilitando la existencia de medios digitales e impresos que transmitan cultura, mejorando las TVs públicas, que son lastimosas en materia cultural, invirtiendo en la Radio Clásica, que en la mitad del territorio no se consigue captar bien, etc, etc.

Mientras, los cuatro ilusos seguiremos en nuestro bienestar desencantado.

Desgana y pesimismo (Estados de alma 1)

https://laplumadelcormoran.me/2021/06/25

Decía Baroja, inveterado pesimista, que lo que se consideraba sabiduría y ponderación de los viejos no era en realidad sino la desgana, el cansancio y la desilusión. Esto les hacía más remisos a opinar o sostener las ideas y, en cierto modo, no eran más tolerantes sino más desinteresados. Los viejos van creyendo menos en las ideologías, son menos contundentes en sus creencias, se van despegando de lo inmediato. Y, además, piensan que no sirve nada para nada.

Puede haber otros motivos, pero entre los libros procedentes de la biblioteca de don Ramón Martínez Ruiz, el hermano de Azorín, que ejerció como médico en La Puerta de Segura (Jaén), he encontrado “Essais optimistas”, de Élie (Ilya) Metchnikoff. En el campo se suele poner uno a leer esos libros que llevan años como esperándote. Su lectura me ha hecho pensar sobre las razones del, de mi pesimismo. Pesimismo que se acentúa al leer la prensa española y contemplar la situación de España (“cuando me paro a contemplar su estado”, parafraseando al poeta…).

Metchnikoff, (Ivanovka 1845-Paris, 1916), fisiólogo, obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1908. Además de la flora intestinal, la fagocitosis y los problemas de la biología del intestino, estudió la vejez, la longevidad, la muerte, introduciendo el término gerontología. Cuando habla de pesimismo sabe bien de lo que habla pues se había intentado suicidarse dos veces. Afirma que el optimismo se adquiere a la edad madura, cuando se entiende el sentido de la vida, mientras que el pesimismo pertenece sobre todo a la juventud. Hombre de gran cultura, mencionó entre los pesimistas más conspicuos a Leopardi, Byron y Lermontov. Metchnikoff estudia el “Fausto” de Goethe como uno de los libros en los que luchan el pesimismo y el optimismo.

 

 

En España, el pesimismo ha sido siempre una constante. Jaime Gil de Biedma ya lo decía, “en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles…”, o aquel otro poema, “De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. Parece que la realidad confirma esa propensión al pesimismo. Un pesimismo que en España que va de Larra a Unamuno, de Jorge Manrique a Goya.

El nacionalismo periférico, en el fondo, no es más que un recurso contra ese pesimismo. Piensan los secesionistas que, refugiándose en su región, en su lengua exclusiva y excluyente, separándose, podrán quitarse el peso opresor de la España negra que imaginan y tanto denuestan. El separatismo catalán y vasco, en el fondo, no son más que deseos de salir de la realidad pues no creen en España. O sí creen, para odiarla.

Pero la impresión que da nuestro país al visitante parece la contraria: un país siempre alegre. Risas, risotadas, griterío, juerga, la España de charanga y pandereta que decía otro escéptico, don Antonio Machado. España, país de turismo y de bares, de fiesta, de jarana: es sólo apariencia. En el fondo, seguimos teniendo “el espíritu burlón y el alma quieta”. Los alardes de ruido y alegría son apariencias. El español siempre ha sabido buscar remedios contra esa tristeza, ese pesimismo: la intoxicación externa con la bebida y el tabaco -que en España son los más baratos de Europa-, las adicciones (es uno de los países donde se consume y trafica más droga). No es casual que la comida, el “comidismo”, triunfe en España; es otro recurso para inventarse una felicidad.

“Antes de nada, quiero ponerte en compañía de gentes alegres para que veas lo fácil que es la vida. Para el pueblo aquí reunido, todos los días son fiesta. Con poco talento y mucho placer, todos giran danzando en estrechos círculos, como gatitos persiguiendo su cola. Mientras que no se quejen de dolor de cabeza, el tabernero les sigue fiando y están satisfechos y despreocupados”. (Mefistófeles, Fausto I)

Tras 1812, el 98, y después 1939, tres motivos para nuestro pesimismo histórico. El 39 ha sido, por ahora, el último desastre para las ideas, el pensamiento y el optimismo. Hoy, con el panorama político desierto de ideas, ayuno de entusiasmo y generosidad, nos acercamos otra vez a ese abismo al que siempre hemos conseguido precipitarnos, en una especie de suicidio colectivo. El fin de la última guerra civil, la cuarta en dos siglos, en el fondo fue como suicidarse como país, una vez derrotados, vencidos, exiliados y fusilados los que estorbaban. Pero, en fin, no toquemos la historia porque cuanta más historia sepamos, más pesimistas nos haremos.

El 98 fue quizás la plasmación más creativa, más conocida, de ese pesimismo histórico que siempre ha latido en los españoles. Pero nuestro pesimismo nunca ha sido agresivo ni odioso, como lo han sido el de Louis Ferdinand Céline, Marcel Jouhandeau, François Mauriac y tantos otros franceses, el del austríaco Thomas Bernhard o el de Peter Handke.

¿Cuáles son los remedios parciales contra el pesimismo que nos invade? Vivir al día, pensar poco, estimularse o evadirse con fiestas, fútbol, bares. Otro, más sofisticado, es el nuevo narcisismo apoyado en la espléndida forma física, los gimnasios, el deporte y la comida ‘bio’. Es el mito de la eterna juventud que Metchnikoff ya analizó hace más de un siglo.

Pero hay otros remedios paliativos contra este mal: ser más introvertidos, desentenderse, irse al campo (“lo cierto es que la vida recoleta y apartada entraña una serie de grandes ventajas”, Theodor Fontane), encerrarse a leer libros, a ser posible antiguos, que nos saquen de la realidad. Lo mismo que las clínicas del dolor, hemos de inventar las clínicas del dolor anímico.

 

 

Y, sin embargo, nuestro pesimismo respecto a España no se sostiene en los hechos. Si viajamos por el país notaremos que se vive bastante bien en todas las provincias, los pueblos están tranquilos, los servicios públicos funcionan razonablemente bien. Probablemente nunca se ha vivido tan bien como ahora, aunque haya mucho que mejorar pasando por más calidad que cantidad, por más estética y menos lucros. La vida política, ramplona y zafia, no representa la realidad del país.

El español, como es un pueblo antiguo con mezcla de latinos, celtas, bereberes y judíos, tiene cierta sabiduría antigua; ha criado una coraza para ser inmune a los políticos que le engañan, a los capitalistas que le explotan, a los alcaldes que los ignoran y no sirven para nada. La inmensa mayoría de los españoles, vive y deja vivir, ama a los niños, es bastante compasiva, dona órganos, respeta a los viejos, acepta a los inmigrantes. Los españoles somos, eso sí, más incívicos en el ruido, griterío y otros detalles, a menudo desabridos o puramente maleducados, pero, en general, mucho más amables que muchos de nuestros amigos europeos.

Bueno, yo, para intentar desatrancar este pesimismo he encontrado de momento un remedio: leer a Theodor Fontane, concretamente “El Stechlin” -otro libro que llevaba esperando unos años en la estantería-, que es un retrato amable de la aristocracia de la Marca de Brandeburgo venida a menos en el último tercio del XIX. (“No parece estar triste, o quejoso con la patria, ¿verdad?”). Thomas Mann, que le admiraba (también le gustaba a Walter Benjamin, que encontraba su lectura ‘confortable’, puede que se inspirara en él para escribir esa otra novela alemana que deja poso, “Los Buddenbrook”. Remedios temporales contra el pesimismo y la desgana. Pero hay muchos más libros.

 

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