Esperando el meteorito

Miguel Candel||

Profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Barcelona. Miembro de Alternativa Ciudadana Progresista (ACP)||

En algún momento de este largo “decamerón” que estamos viviendo sin que un ingenioso Boccaccio amenice nuestras horas de larga espera y corta esperanza, se me ocurrió decir por las redes sociales que, en tanto los “dinosaurios” reinen sobre la tierra, la única esperanza de supervivencia para los “mamíferos”, mientras esperan la llegada del gran “meteorito” que todo lo cambie, es mantenerse pequeñitos y numerosos, a la vez que incordiantes. Eso, en aquellos esperanzados tiempos de exilio en París mientras mandaba en España “el ratón del Pardo”, la dirección del Partido Comunista (aquellos que, según se decía, tenían el dedo índice desgastado de apretarlo cada día de Año Nuevo contra el siguiente 1 de enero del calendario al grito de “el año que viene, en Madrid”), eso, digo, lo habrían calificado de “atentismo”, ingenuo galicismo que endulzaría un poco el reproche.

 

 

Y, sin duda, es reproche merecido, aunque sólo sea por aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”. Pero me temo que la alternativa, lanzarse a por todas sin esperar tiempos mejores, es peor. Es peor (y creo que la experiencia lo ha demostrado) para los “mamíferos” de la alegoría ―léase, los que compartimos las tesis fundamentales de la concepción social, económica e histórica (ésta, no tanto) de Karl Marx― pretender luchar frontalmente contra los gigantes reptilianos (los “capitalosaurios”) en su terreno, el terreno de la política económica, que dominan a placer, aunque hoy día ya sólo sea por la inercia y el temor de las grandes masas ante lo desconocido (“más vale pájaro en mano que cien volando”, “lo mejor es enemigo de lo bueno”, etc.).

Cierto que, desde la Revolución de Octubre hasta nuestros días, los saurios han cedido espacios, en parte por miedo a posibles reediciones o clonaciones de aquella revolución (la prueba es que, en cuanto desapareció el Estado heredero directo de aquélla, los grandes saurios recuperaron buena parte de la ferocidad que llevan en el ADN y volvieron a ensanchar su territorio de caza). Pero no es menos cierto que esas bestias, o las más inteligentes entre ellas, saben que para poder comer gallinas día tras día no hay que comérselas a todas: hay que preservar un buen porcentaje de ellas para que sigan poniendo huevos.

Por eso le hicieron caso a lord Keynes y aceptaron pagar salarios (no todos) por encima del mínimo vital y aportar, vía impuestos, los recursos necesarios para crear el “welfare state”. De manera que es presuntuoso atribuir todos los episodios de mayor equidad en el reparto de la riqueza exclusivamente a la acción política de la izquierda de origen marxista o similar. Aunque, como dice el filósofo argentino Ernesto Garzón Valdés, el capitalismo es una “institución suicida” por naturaleza, ha sabido hasta ahora frenar sus tendencias autodestructivas con su instinto de supervivencia (lo cual no quiere decir que vaya a seguir haciéndolo siempre; y, por supuesto, si llegara el día en que dejara de hacerlo, se habría acabado el “atentismo”).

En cualquier caso, la forma más peligrosa de “atentismo” sería esperar a llegar al gobierno de un país para así, y sólo así, desarrollar grandes programas de cambio social. Al carácter de conflicto, por civilizado que sea, que tiene la vida política se le puede aplicar el adagio militar de que “ningún plan de campaña sobrevive a la primera batalla”. Porque a los mamíferos que ocasionalmente lleguen a controlar de verdad un trozo del territorio donde predominan los dinosaurios les ocurrirá muy probablemente una de estas dos cosas: que acabarán siendo devorados, como en el Chile de 1973, o que “para luchar contra el dragón se convertirán en dragón”, como advierte William Blake.

Lo segundo es lo que ha ocurrido, en variantes aparentemente muy diferentes, con la revolución rusa y la revolución china. En la primera, el dragón se llamó estatalización a ultranza; en la segunda, vía libre a la empresa capitalista con control político de partido único. (Una aclaración importante: esta última consideración no implica jugar con la moviola y rebobinar la historia para concluir que más valdría no haber asaltado el palacio de invierno ni haber llevado la larga marcha hasta Pekín: Lenin y Mao hicieron con toda probabilidad lo mejor que podían hacer en su momento histórico y con la experiencia hasta entonces acumulada.)

En cualquier caso, la experiencia acumulada en este otro momento histórico parece aconsejar enormes dosis de prudencia antes de dar “grandes saltos adelante”. Es utópico el intento de “asaltar los cielos” sin tener muchos pies firmemente apoyados en tierra, es decir, sin contar con un amplio consenso social. ¿Quiere eso decir que no hay que mover un dedo hasta que el meteorito del Yucatán acabe con los dinosaurios? En absoluto: hay que roer sin cesar las patas de los monstruos para que se anden con cuidado. Guerra de guerrillas antes que grandes batallas en campo abierto, donde el simple coletazo de un gran saurio puede barrer del mapa a miles de nuestros congéneres de sangre caliente.

Olvidémonos, pues, hasta nuevo aviso, de crear engendros como aquellos presuntos partidos “de lucha y de gobierno” que ni luchaban ni gobernaban (como no fuera en gobiernos municipales), reconozcamos lo absurdo de pretender ejercer un parlamentarismo “revolucionario” o “institucionalizar la revolución”. El oxímoron, como la disonancia en música tonal, tiene su gracia, pero sólo en literatura; en política, al pan, pan y al vino, vino.

Dicho de otra manera: la fuerza de los débiles estriba ante todo en no amenazar con una fuerza que no tienen (los antiguos aqueos, según la Ilíada, atemorizaban más a los enemigos avanzando en silencio que ―como solían hacer otros pueblos― profiriendo alaridos). Las alharacas sin fuerza real sσlo sirven para “vacunar” al sistema contra la “fiebre roja”.

Por tanto, en lugar de invertir todos los esfuerzos en montar plataformas electorales con más cabeza que cuerpo, que difícilmente llegarán a poder competir con los grandes partidos tradicionales, en lugar de apostar por improbables “sorpassi”, mejor dedicarse a mostrar el “impasse” a que conducen las políticas totalmente sometidas a los intereses del capital y apoyar aquellas otras que lo estén menos.

Porque la historia enseña que ninguna de las grandes luchas de los “de abajo” contra los “de arriba”, desde la revuelta de los irmandiños en la Galicia medieval hasta la Revolución Francesa, pasando por la rebelión hussita y las revoluciones inglesa y americana, ha llegado a ser grande sin el apoyo de una parte de los “de arriba” descontentos con los “de más arriba”.

Eso sin contar que las democracias modernas, por deficientes que sean, no son meros trágalas legitimadores del poder de las élites, sino el fruto de siglos de paciente lucha popular por el reconocimiento de la igualdad de derechos. Ese marco democrático limita, por poco que sea, la libertad de movimientos de los poderosos y permite la difusión de las ideas de progreso social, acelerada periódicamente como reacción indignada a los abusos y la prepotencia de algunos de los “de arriba” (y también ―todo hay que decirlo― como reacción al servilismo de muchos de los “de abajo”).

De manera que, mientras esperamos el meteorito, mejor será que no gastemos las escasas fuerzas de las que hoy dispone la izquierda no conformista en intentar dar vida a tigres de papel que rugen pero no muerden o en erigir ídolos electoralistas con pies de barro, sobre los que la derecha de siempre concentrará inevitablemente su potente artillería.

Sigamos con nuestra labor capilar de difusión de ideas antagónicas de las dominantes y apoyemos, todo lo críticamente que se quiera, las políticas que supongan algún avance, por modesto que sea, hacia cotas más altas de democracia y justicia social. Cierto que sería mejor que los múltiples grupos e iniciativas dispersas de esa izquierda irredenta confluyeran cada vez más, incluso orgánicamente. Pero sin caer en la tentación de Fausto y vender el alma por un puñado de cargos con los que al final se acaba, en el mejor de los casos, apoyando maniatados la misma política que sería posible apoyar con las manos libres.

A propósito, ¿será acaso la actual pandemia el equivalente de nuestro “meteorito”? Es pronto para decirlo. En todo caso, mejor no precipitarse como Pablo Iglesias y dejar que vaya calando la conciencia del desastre que supone el neoliberalismo. De momento, ya empieza a haber inquietud en algunos dinosaurios: ciertos editoriales recientes del Washingron Post y el Financial Times (y alguno más, que probablemente saldrá de la redacción del New York Times a medida que cunda el caos sanitario en la ciudad de los rascacielos) suenan bastante a una versión documentada del dicho “el que avisa no es traidor”.

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1 comentario de “Esperando el meteorito”

  1. ALFREDO FERNANDEZ VICENTE. Montevideo. Uruguay.
    16 abril, 2020 at 14:41

    A propósito de cinismos sáuricos como ese de reservar gallinas para comer luego.
    Un expresidente y dirigente político dinosáurico de primer plano de este paisito del Plata, en una reunión con cámaras empresariales usó esta otra imágen: - hay que desplumar al pollo pluma por pluma, para evitar cacareos escandalosos.
    No imaginas como festejaron los comensales!

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